El otro San Valentín

—Usted es una firme defensora de los solitarios, ¿no es así?

—Sí, bueno, dicho así, suena como si fuésemos un colectivo discriminado o sufriendo algún tipo de penurias y tampoco es eso, hombre. Pero, si bien no está mal visto, al menos sí que somos bastante incomprendidos. Hablo de la soledad elegida, libre y voluntariamente.

—Pero a la gente le gusta estar rodeada de los seres queridos, estar solo en el mundo debe de ser muy triste…

—Por eso he aclarado. Estar solo por elección no supone estar solo siempre, ni sentirse solo. También tenemos familia y amigos. Ser un solitario no ha de implicar necesariamente ser un misántropo o un ermitaño. Salimos, tenemos aficiones, pero elegimos cuándo compartir nuestro tiempo y con quién. Somos más selectivos.

— ¿Y no hay que estar hecho de una pasta especial?

—Para todo hay que estar hecho de una pasta determinada, bien sea para ser astronauta o para trabajar en una funeraria. No somos especiales en ese sentido. Lo que pasa es que la mayoría de la población es extravertida y el mundo favorece esa extraversión desde bien pequeños. En el colegio, por ejemplo, se valora mucho el trabajo en equipo y la participación en clase, algo que los niños retraídos no llevan bien. Hablo por experiencia. El análisis y la reflexión es un trabajo individual y es tan importante como la lluvia de ideas o cualquier otra clase de colaboración en grupo.

—Entonces, ¿qué fue primero, la introversión o la soledad?

—La introversión es un rasgo de la personalidad que suele ir ligado al carácter solitario, como la timidez o la alta sensibilidad. No sé en qué medida, desconozco porcentajes y no soy ni psicóloga ni socióloga, pero tiene sentido que haya relación. Para mí, el dilema del huevo o la gallina con la soledad va en otra dirección. El solitario es el rarito del grupo, el intensito. Eso provoca el alejamiento de los demás, porque al ser así, nunca será el alma de la fiesta, el que cuente los chistes, el que organice el cotarro ni el que baile en el centro de la pista. Eso lo hacen los extravertidos. Y la mayor parte de la gente, que es gregaria, sigue a los que son así. A nosotros no nos buscan si no es porque quieran ser escuchados y necesiten un consejo o una opinión lo más objetiva posible sobre lo que les pase. Pero no contamos para las actividades sociales, especialmente las lúdicas, porque no participamos de ellas del mismo modo que los demás. Así que parte de nuestra soledad es impuesta. Si pienso en mí misma, me pregunto si de niña era retraída únicamente por naturaleza o porque la mayoría de los niños no quería jugar conmigo. Hay una retroalimentación ahí.

—¿Y, según usted, a qué se debe que no los busquen, que los niños no jugasen con usted, que parte de esa soledad sea impuesta?

—A la incomprensión, lo he dicho antes. Parece que, si te invitan a una fiesta de cumpleaños, o a una cena con amigos que hace tiempo que no ves, o a cualquier evento social que implique alegría y diversión, sólo haya una manera de participar. Y no es así. A mí me han llegado a reprochar haber permanecido en silencio durante un encuentro con amigos para tomar café. No lo entiendo, es mi manera de disfrutar de su compañía, especialmente si hay muchas personas. Si somos siete, hablaré menos que si somos tres. Y cuánto hable dependerá de los otros dos, porque si algo no me gusta es interrumpir o romper el ritmo y el tono de una conversación que parece fluida sin mi intervención. Eso no significa que no disfrute o que no me guste estar allí. De hecho, si estoy es por algo. Pero mi manera de estar incomoda a los demás, porque no hablo si no me preguntan o si creo que lo que yo pueda aportar es irrelevante.

—Ya, pero si no habla, no se le puede conocer, lo que lleva a que no cuenten con usted, ¿no cree?

—De nuevo, la incomprensión. Me responsabiliza a mí de esa parte de mi soledad que es impuesta. No digo que sea culpa de los demás, sino de ambas partes. Sin embargo, el esfuerzo lo hemos de hacer los introvertidos. Si queremos aceptación, hemos de cambiar nosotros. Es injusto. A veces no sabemos o no podemos hacerlo. Muy pocos han sido los extravertidos que se han adaptado a mi modo de ser. Con ellos sí hago el esfuerzo.

—Y esa parte de soledad impuesta, ¿en qué medida causa la soledad por elección?

—No lo sé, supongo que depende de la persona. A mí me gusta estar sola, soy tranquila, reflexiva, introspectiva, mis aficiones también son de carácter solitario. De niña ya se me veía venir, mis profesoras mencionaban mi retraimiento en sus informes y tenía costumbre de jugar sola. Pero no soy huraña. Contra lo que pueda parecer, soy sociable. Busco la proximidad, los lugares comunes cuando conozco a alguien nuevo. Si la otra persona es muy invasiva, marco las distancias, porque necesito mi espacio y mi tiempo. Pero me gustar estar con los demás. El problema, por lo visto, es que no soy como los demás esperan.

—¿Y cómo se lleva todo esto en una relación de pareja?

—Jaja… Pues imagínese. Si es complicado en las relaciones laborales y en la amistad, en un plano más íntimo… Por suerte, he logrado un buen equilibrio: estoy bien y a gusto con mi vida en la soledad que yo he elegido; eso me hace llevar bien la parte de soledad que me viene impuesta. Una pareja me supondría romper ese equilibrio, sacrificar la estabilidad que tengo ahora. Tendría que ser alguien sumamente especial. Y, además, que me correspondiese, que quisiésemos lo mismo, que nos entendiésemos… Es prácticamente imposible.

—¿Y eso no le frustra? ¿No le da miedo morir sola?

—No necesito a quien no tengo. Lo contrario sí sería frustrante. Y todos nos enfrentamos solos a la vida y a la muerte. Podemos sentirnos apoyados, abrigados, amados y consolados en muchos momentos, pero la realidad es que pasamos por todo en soledad. Por mucho que empaticen los demás con nosotros, somos nosotros los que sufrimos, gozamos, nos asustamos, en cualquier momento, por la razón que sea. Elegir una pareja y mantenerla únicamente por llegar al final en compañía es lo más alejado al amor y lo más similar al egoísmo que me han planteado nunca.

—Pero imaginarlo desde el presente, aún joven y en plena forma, no es realista. Llegado el momento, ¿no cree que podría pensar estar equivocada ahora?

—Seguramente. Ahora veo que me equivoqué en el pasado muchas veces, pero era lo que me servía entonces. No disponía de otros recursos. No creo que nadie nazca sabiéndolo todo. Y lo que yo llegue a saber a los 80 años, si llego a cumplirlos, tampoco será verdad absoluta. Los mecanismos con los que explicamos nuestra existencia son personales e intransferibles, y únicos de cada momento vital.

—Da la impresión de que se es más feliz siendo un solitario o un introvertido.

—Se es más feliz siendo uno mismo, sin más. No hay nada que produzca más desdicha, desasosiego, estrés y frustración que disfrazarse de quien no se es. Hubo un tiempo en que no me aceptaba a mí misma. Necesitaba la aprobación de los demás, continuamente, quizá porque no sabía lo que era, y en cambio, la mía propia me la negaba. Tenía 20 años. Es una condena ser así a esa edad, en que salir de fiesta es la gran ocupación de los grupos sociales; grupos sociales, recordemos, mayoritariamente extravertidos. Al final sólo conseguía desinhibirme bebiendo. Por suerte, la autoconciencia es una de las características de la introversión. Nunca llegué a perder el control, ni siquiera me emborrachaba, sólo bebía hasta pillar el famoso puntito alegre. Pero es triste entrar en esa rueda; y más aún, hacerlo por ese motivo.

—¿Qué les diría a esos solitarios que se han sentido así, incomprendidos o, incluso, apartados?

—Nada, aceptarse y quererse cuando uno es minoría es un proceso interno por el que se pasa cuando se está preparado. En cambio, a los demás sí les diría que fuesen más flexibles. Que toleren más y juzguen menos. Seremos raritos e intensitos, pero no somos extraterrestres. Nos gusta que cuenten con nosotros, las muestras de cariño, el contacto humano, social, etc. Sólo nos relacionamos de otro modo, porque tenemos otras necesidades y exteriorizamos las cosas de forma distinta, si lo hacemos.

—¿Cómo vive una solitaria el día de San Valentín?

—Como cada día. Quizá lo único diferente sea que me acuerdo más de mis amigos enamorados de sus parejas y de mis exparejas, que espero que sean muy felices. Es bonito estar enamorado. Pero puede ser bonito también no estarlo y disfrutar del 14 de febrero como del 13 o del 15. El amor empieza en uno mismo.

—Pues feliz día de San Valentín, Vic.

—Feliz día.

© Vicente Ruiz, 2019

La muralla

—¿Y tú, Violeta? ¿Estás enamorada?

Ya estamos. Qué cruz de comidas familiares, de verdad. Cuando no es un tío, es una prima, cuando no, el sursuncorda. Que tengo cuarenta años, por favor.

—Pues se ha quedado buena tarde —respondo mirando al infinito.

Todos ríen la gracia. Pero a mí sólo se me levanta una comisura, la otra se ha puesto a recordar cuando dos noches antes, en una cena de amigos, el puñetero de Leo me hizo la misma pregunta. Delante de «la persona». Ten amigos confidentes para esto.

«La persona». No soy de tener relaciones. Relaciones serias, quiero decir, con un cierto grado de compromiso. Siempre me ha costado mucho encontrar con quien ir cogida de la mano por la calle, porque me cuesta la vida entera tener gestos de cariño o de complicidad fuera del ámbito íntimo, son cosas que por lo general me incomodan. Soy así de rara. Pero no son sólo los gestos. Hay cosas peores. Eso de abrirse en canal al otro. Confiar hasta ese punto y dejarse llevar. No es que no quiera hacerlo, es que no sé hacerlo con tranquilidad. Siempre tengo la impresión de que aburro. O de que tal vez no debería de estar hablando de tal cosa o contando tal otra. Casi nunca encuentro con quien todos estos detalles fluyan solos.

«Pues con lo guapa que eres», dicen unos. «Ay, con lo que tú vales», lamentan otros. Oigo comentarios de este tipo una y otra vez, con Perico y con Mengana, es como una letanía, como un vía crucis, como un bocinazo al oído, como si me cayera una campana encima y entonces alguien comenzase a tañerla con el martillo de Thor, y yo ahí, tapándome los oídos, cerrando fuerte los ojos, haciéndome bolita, queriendo desaparecer.

Basta.

—Sí, lo estoy —dije. Todos me miraron sorprendidos. Proseguí, ya que el capullo de Leo me había dado pie. —Pero no importa, no está a mi alcance. Es como la maternidad, los hijos que ya no tendré. Es una parcela que se quedará en barbecho. Puedo vivir sin hijos y ser feliz. También puedo vivir sin pareja y ser feliz.

—Pero, mujer, que hay más peces en el mar. —Leo, por Dios, cállate ya.

—No necesito otro pez. Ni siquiera necesito el pez que quiero. Sigo con mi vida, tengo suerte de disfrutar de buena salud, vivir de algo que me gusta, en un piso que siento como mi hogar, de contar con amigos que me quieren y de tener una familia que me apoya. ¿Que no tengo a nadie a quien contarle mi día cuando llego a casa después del trabajo? Pues no. Tampoco tengo un Ferrari aparcado en la puerta. Ni dinero para irme de viaje una vez al mes. A veces cuento los días con los dedos de las manos y me faltan manos para llegar al que toca el ingreso de la nómina. Sí, en ocasiones echo de menos un abrazo. Y un beso. Un beso largo, lento, de los que te hacen suspirar por la nariz mientras sueltas lo que llevas en las manos para rodear el cuerpo del otro. Pero puedo vivir sin el Ferrari, sin viajar una vez al mes, haciendo cuentas de lo que tengo que pagar y lo que no. Y desde luego, puedo vivir sin el abrazo y sin el beso.

—Pero eso… Es muy triste, ¿no? —suelta mi amiga Ruth.

—Claro, es mucho mejor vivir en una frustración eterna porque encontrar al amor de tu vida, al final, no depende de ti —ironizo.

—Pero se es más feliz en pareja. Vamos… es que ni punto de comparación… —insiste, la muy petarda.

—Yo creo que se es feliz de forma distinta. No me creo menos feliz que tú. Ni más, por supuesto.

—¿Y por qué tiene que ser esa persona y no otra? —pregunta Ruth a pesar de mi mirada asesina.

—Querida amiga, ¿por qué te casaste con tu marido? ¿Acaso fue una elección consecuencia de un «pito, pito, colorito»?

—Pero tía, llevábamos tres años de novios, nos teníamos muy fichados ya, ¿eh?

—Pero te casaste. Porque era él. Porque pensabas en tu futuro y lo veías a él. ¿O no? No me digas que te casaste por montar la fiesta, que te tiro un zapato a la cara.

—Si dice eso, yo le tiro otro —apunta el marido en cuestión, Rober.

—Lo que quiero decir es: ¿cómo descartas ya de antemano cualquier otra alternativa? —Ruth a la suya.

—Por favor, Violeta, deja que mi mujer aclare primero que se casó porque nos veía juntos toda la vida.

—Ay, cállate, pedorro. Pues claro que me casé por eso, ¿tú te crees que te iba a estar aguantando aún si no fuese así? —dice Ruth, como si Rober no tuviera que aguantarle a ella. —Responde, Vi.

—Sois como Pepa y Avelino —pienso en voz alta. —Porque ya no soy una jovencita, cariño. Ya tengo mis golpes y mis cicatrices. Siempre fue difícil. A medida que pasan los años, aún lo es más.

—¿Y esa persona? —Leo, erre que erre.

—Esa persona es extraordinaria. Es la única que tumbaría la muralla. Pero no será así y no pasa nada. La vida es corta. Me ocupo y me preocupo de mí y de los que ya están en mi vida. No necesito a los que no están.

—¿Y no te preocupa morir sola? —Ruth, la alegría de la huerta.

—Todos morimos solos.

—Touché —dijo «la persona». —La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes. Schopenhauer. Violeta, los has dejado noqueados, enhorabuena —dijo sonriéndome. —Ha sido un placer veros, pero me voy a casa ya.

Y así fue como se levantó, dio la espalda a mi muralla y se alejó, sonriente.

—Pues se ha quedado buena tarde —contesté en la comida familiar, dos días después. —Me voy a dar un paseo.

Y así fue como me levanté, cogí mi muralla y me alejé, sonriendo.

© Vicente Ruiz, 2018