Entre Kansas City y el muelle de Nueva York…

… se habla con acento sevillano. Bajas, siguiendo los arcos del acueducto, por la calle Menéndez y Pelayo y te metes por la Puerta de la Carne, para acabar yendo de tasca en tasca por Mateos Gago. Que si los montaditos de pringá, que si el vinito de naranja. Al fondo, una fuente se presenta a los pies de la Giralda, flanqueada por la catedral, el patio de Banderas del Alcázar y el Archivo de Indias. Siguiendo las líneas del tranvía, te plantas en la puerta de Jerez. Otra fuente, el rectorado, las casitas. Y la gente, con su cantilena, su seseo aleatorio y sus eses aspiradas.

Sevilla y Valencia comparten legado, el que nos dejaron en herencia los árabes, con sus zaguanes y sus patios vestidos de azulejos y las calles aderezadas de naranjos. Las palmeras adornan los jardines, los de Cristina, los de Murillo, el Prado de San Sebastián, el parque de María Luisa. Las callejuelas, angostas y alborotadas, se enredan en los pies de los caminantes, que, si andan sin mapa, es fácil que terminen pasando por la puerta de la misma iglesia varias veces.

A orillas del Guadalquivir, la Torre del Oro, bonita y luminosa, fiel al significado de su nombre, que no viene dado por el preciado metal que pudiera ser traído de América, ya que de allí vino, sobre todo, el argentado; sino por la apariencia dorada de sus paredes, hechas con cal y paja prensada, cuando le daba el sol. Cerca, por oposición, otra torre más chica, la de la Plata.

La plaza de España, con todas las provincias, los canales, las barquitas, las calesas de caballos, todo lleno de turistas nipones fotografiándose de mil maneras. La Maestranza, el puente de Triana, la estatua de Don Juan Tenorio, la de Zurbarán, la de Velázquez, la calle Sierpes y la confitería La Campana, con toda su solera y encanto; la Carbonería, el flamenco, la cerveza Alhambra con papas, los turistas americanos flipando con el taconeo de la bailaora y el quejío del cantaor.

Entre el muelle de Nueva York y Kansas City se me han quedado un montón de cosas por ver y hacer en este viaje por trabajo, en las horas libres de callejeo: la Macarena, la catedral por dentro, subir a la Giralda, el Real Alcázar, el Palacio de Las Dueñas, las Setas, el barrio de Triana… Si sabes que hay un Rinconcillo dando de comer desde 1670, inmediatamente quieres saber cómo sabe todo allí.

Ahora que he vuelto, ¿dónde encuentro yo un montadito de pringá con un vinito de naranja que lo acompañe? ¿Dónde escucho el canto de ese acento? ¿Dónde encuentro callejas en las que me llegue el rumor de una fuente escondida en un patio? Habré de volver allí, a Hispalis, a Ishbiliya, a la perla del Guadalquivir, a Sevilla: entre Kansas City y el muelle de Nueva York.

 

© Vicente Ruiz, 2020