No, nada

«Hay muchas maneras de decir te quiero. Yo me las aprendí todas en el colegio, cuando me negaron el derecho a querer y a que me quisieran. Así, ponía una de mis pulseras trenzadas de colorines en el pupitre de la única niña que no me pegaba, ni se negaba a responderme si le hacía una pregunta. Dejaba un dibujo bonito dentro de la mochila del único niño que me decía que tenía las manos suaves y me sonreía al verme. Dejaba un caramelo en el bolsillo de la chaqueta a la profe que me limpiaba la cara, me peinaba las greñas o me sacudía el polvo de las rodillas.

De ahí, cuando el te quiero cobra otro significado, pasas a mirar a escondidas; a hacer como que no sabes que te está mirando, aunque te esté mirando o, peor, no te mire en realidad; a averiguar qué música escucha, qué películas ve, qué libros lee; a fijarte en qué ropa lleva puesta o cuáles son las últimas zapas que se ha comprado; si le gusta montar en bicicleta o es más de caminar; y, sobre todas las cosas, con qué se ríe, porque lo más bonito de este mundo es verle reír.

Lleva años adquirir maestría en el arte de decir te quiero de otras maneras que no sean diciendo te quiero. Tiempo de invisibilidad, de pasarte la vida mirando desde el otro lado del cristal, atrapado en un tren del que no puedes salir, aunque pare en múltiples estaciones, y al que no sube nunca la persona que tú quieres. Así que aprendes a dibujar mensajes en el aire, a que las sonrisas escondan el 98% de lo que las inspira y a que los silencios griten con desesperación cuánto te gustaría que las cosas fuesen distintas.

Envías mensajes a las 3 de la mañana preguntándole cómo está, porque no puedes dormir, y en la quietud de la noche el recuerdo de su rostro es la única luz que te alumbra; envías fotografías de atardeceres que te habría gustado presenciar a su lado; envías fragmentos de libros que hablan de cosas que habéis debatido; envías canciones o vídeos de YouTube sobre lugares que habéis visitado o películas que habéis visto, siempre por separado. Envías y envías…».

—¡Bicho!

Su irrupción en el despacho detuvo el tecleo en el portátil. Para cuando levantó la vista de la pantalla, ya había percibido el olor a naranja de su perfume; y al conectar con sus ojos, dejó de sentir el suelo bajo los pies, otra vez más.

—Tengo que bajar al súper un momento, enseguida vuelvo.

—Te quiero —murmuró al cuello de su camisa.

—¿Decías algo?

—No, nada.

«… toda tu colección de maneras de decir te quiero, porque decir te quiero resulta demasiado fácil para todo el mundo, y tú no quieres ser como los demás; así que tu tequiero más profundo es precisamente el que te callas, aunque lo sientas a punto de explotar en la garganta; de desbordarte la mirada; de partirte el pecho. Y no deja de ser curioso, que todas las maneras de decir te quiero cobren vida con un tequiero ahogado, abandonado en el silencio, nunca dicho para siempre».

© Vicente Ruiz, 2021

Valientín

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Llevaba su vida con tranquilidad, en paz, calmadamente, o como se dice ahora, con los chacras alineados y los biorritmos en su sitio, encaminando sus pasos por la rutina, como todo el mundo, pero sin alteraciones turbulentas, en ese bienestar insonoro, inoloro e insípido, donde no estalla el júbilo, pero tampoco hay lamento, donde descansa la sonrisa serena. Y entonces, hala, aparición estelar, destello cegador, no por la belleza, o al menos no por la exterior, lo que deslumbraba era lo de dentro, la inteligencia, el sentido del humor, el corazón, que es mucho peor, porque engancha mucho más y, si es auténtico, si no es fingido, tanto tendrían que cambiar las cosas para que no fuera perpetuo.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Se ponía de los nervios cada vez que le salía su nombre, como si le delatase eso, el simple hecho de nombrarle, como cada vez que se perdía en la sonrisa que le salía por los ojos, o como todas las ocasiones en que habría deseado parar el tiempo, cómo entendía ahora el dichoso bolerito, detener el reloj para retener ese momento, poder recortarlo, envolverlo en un pañuelo blanco de algodón, meterlo en un cofrecito de madera de nogal tallada con las dos iniciales, forrado de terciopelo verde, y cerrarlo con un candadito, por si acaso pudiera escaparse, para así volver ahí, a ese instante, cada vez que necesitase sentir de nuevo la plenitud de estar en su compañía.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Se le retorcían las entrañas cada vez que le hablaba de otra persona, porque en el fondo ya lo sabía, pero ojos que no ven, corazón que no siente, y prefería no tener ninguna confirmación, que hiciese lo que quisiese, pero que no se lo contase, porque entonces se le clavaba ese aguijón asqueroso entre el pecho y el ombligo, recordándole que no estaba a su alcance, que dejase abierta de una vez la puertecita de la cabeza para que se escapasen todos los pajaritos que había adentro, que estas cosas siempre les pasan a los demás, y que lo mejor era esa amistad, esa amistad esdrújula, porque era sólida y mágica.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Cosas. Eso es, cosas. Las había superado, había sobrevivido a ellas, se había enfrentado a ellas, las cosas le habían hecho caer y le habían obligado a volver a levantarse, las había ganado y las había perdido, había aprendido de ellas, había crecido con ellas, las había arrugado hasta hacer una bola con ellas y las había lanzado a la basura, y las había convertido en porcelana para protegerlas tras una vitrina, las cosas le habían abierto la piel, habían cicatrizado y habían vuelto a enternecerle, pese a todo. Y, sin embargo, qué cosas las cosas que, después de todas ellas, no sabía cómo decírselo.

Y todo el mundo le decía que fuese valiente y que se lo dijese. Pero es que tenía la firme convicción de que para no arriesgar y resignarse también hacía falta tener coraje. No se ama, ni más ni mejor, a gritos que en silencio. Y por eso, tal vez, no sabía cómo decírselo.

© Vicente Ruiz, 2020