San Juan

Cuando hubo terminado de colocar la nevera y el bolso, Nicolás tendió su mano a Remedios.

—Con cuidado —le susurró cariñoso.

Remedios llevaba al brazo un rollizo retoño que ese mismo día había cumplido su primer año de vida. Juan, que así se llamaba el infante, sufría sobre la frente el peso de un mechón de pelo lacio y rubio, como su padre; y cuando estaba despierto, taladraban sus grandes ojos negros, que eran los mismos de su madre.

La barca bailó en el agua durante unos segundos, los que tardó en estabilizarse con los tres cuerpos a bordo ya acomodados. Eran cerca de las diez de la noche, al día siguiente todo el mundo madrugaría para ir a trabajar, así que no encontraron apenas a nadie, sólo a un par de pescadores apuntados en las rocas de la orilla, cuando se dirigieron a la pequeña rampa de entrada al mar.

Remó Nicolás a un tempo largo, porque no había prisa y la brisa era agradable, envuelto en la cálida melodía que entonaba la grave voz de Remedios, que no articulaba ningún texto, pero sí notas musicales unidas bajo un amplio arco de ligadura y prosodiadas a placer, según fuese dónde respirara y si le pillaba muy grave, o muy agudo.

—Los cantos de mi Remedios —susurró nuevamente Nicolás. —Los remedios de mi alma.

Ella le miró cómplice y dejó que le asomara la sonrisa a la tonadilla que se tornó un tarareo suave, siempre al ritmo del chapoteo calmo que provocaban los remos al entrar y salir del agua.

Bordeó la barca la costa, desdibujando el reflejo de la media luna, que le servía a Nicolás de candil para orientarse. A la vuelta del peñasco, en la primera cala, desembarcó con Remedios y Juan todavía a bordo.

—Ojo al pisar las rocas, mi vida —murmuró ella. Él le guiñó un ojo y tiró del cabo hasta arrastrar la barca sobre suelo firme.

Estiró la toalla donde tendieron a Juan, que continuaba durmiendo plácido, ajeno a todo, bien protegido de la arena y de la maresía. Junto a su pequeño cuerpo, Remedios y Nicolás sacaron del bolso los enseres para su cena y su cena de la nevera, pues se trataba de una ensalada ligera, un vino dulce y un poco de fruta. Había sido pensat i fet, dicho y hecho, hagamos esto hoy, ya que anoche tuvimos otra cosa que hacer.

Mientras el resto del mundo quemaba sus hogueras, Nicolás y Remedios, sacrificaban a Litha, la golden retriever que habían adoptado dos años atrás, en la víspera del solsticio, después de que alguien la abandonase atada a una verja, desnutrida y deshidratada. Enfermó de repente; en el veterinario no pudieron hacer más que eutanasiarla y, a la vuelta, la enterraron en el jardín tragándose las lágrimas entre palada y palada, de la pena tan grande que tenían. A la mañana siguiente, mientras Nicolás preparaba el desayuno y Remedios daba el pecho a Juan, se les ocurrió la idea de celebrar San Juan esa misma noche.

Y allí estaban, cenando; retirando Remedios a Nicolás el mechón lacio y rubio de la frente; mirándose Nicolás el reflejo en la inmensa oscuridad de los ojos de Remedios; pendientes ambos de los suspiritos de Juan, que soñaba con algo alegre, a juzgar por la comisura que se arrejuntaba con el moflete.

Cuando acabaron, Remedios recogió los platos y Nicolás preparó una pequeña hoguera. Tan sólo era un puñado de ramitas y hojas secas que prendieron enseguida.

—Ya sabes, lo malo del último año —murmuró él.

Ambos escribieron lo mismo. Hicieron sendas bolitas con los papeles y las lanzaron al fuego. Se miraron.

—Te quiero —dijo uno, no importa quién. El otro suspiró:

—Amor mío. —Juan se removió en su lecho arenoso. Se tumbaron junto a él y cerraron los ojos.

Cuando amaneció ya no era San Juan y el fuego se había extinguido. Nicolás recogió los bártulos y los puso en el interior de la barca. Remedios cogió a Juan que empezó a hacer pucheros de hambre. El balanceo del bote durante el camino de vuelta lo amansó, pero llegando a la rampa de la playa rompió en llanto. Después de que Nicolás la ayudase a salir de nuevo a tierra firme, Remedios comenzó a dar de mamar a su hijo. Así Juan se calló y entonces otro sollozo llegó por el aire. Ella lo escuchó primero. Hubo de esperar a dejar de trasegar con la barca y las cosas que había dentro hasta poder oírlo también Nicolás, que se acercó a la fuente del sonido. Y allí estaba, en una caja de cartón, junto al basurero.

—Pero, cariño, mira qué tenemos aquí —dijo sonriendo abiertamente.

—¿Qué es? Ahora no puedo —respondió ella.

Así que Nicolás se agachó en cuclillas, introdujo las manos en la caja y sacó de ella un cachorrillo de pastor. Remedios rio.

—No puede ser —dijo. Nicolás le guiñó un ojo:

—Es macho. ¿Cómo lo llamamos? ¿Ra? —le preguntó. Remedios volvió a reír:

—Demasiado corto —respondió.

Juan dejó de mamar y volvió a dormirse. «Qué bendito es este niño», pensaba su madre mientras se tapaba el pecho de nuevo. Nicolás se acercó con el cachorro.

—¿Qué tal Helios? —insistió.

—¿Todo ha de girar en torno al sol? —preguntó Remedios.

—¿Hay algo que no lo haga?

Nicolás vio a su mujer en el fondo de sus ojos, sonriéndole y respondiendo:

—Bienvenido a casa, Helios.

© Vicente Ruiz, 2019

Rosa de otoño

Nació en San Juan, esa ciudad chiquita al pie de los Andes, cuyas aceras visten bloques de piedra, quebrados por los terremotos y barridos por el Zonda en las mañanas de invierno; pero creció en Mendoza, tierra bañada en vid, lo que, ya adentrada en sus años mozos, le hizo aferrarse con absoluta fidelidad al dicho que todo mendocino le espeta al visitante: «Y si usted vino a Mendoza y no bebió vino, ¿a qué vino?».

Nunca conoció a su padre. Su madre murió siendo demasiado pequeña como para acordarse del timbre de su voz. Así que sólo guardaba unos pocos recuerdos felices de su infancia: las meriendas de la abuela Cecilia, a base de mate y membrillo con nueces; el sonido del pedazo de tiza contra el suelo de cemento cuando dibujaba la rayuela; la risa de Laurita, su prima linda, asomándole entre los rizos que le caían siempre sobre la cara; el canto agrietado del tío Luis, sentado en el patio de la casa y abrazado a su guitarra, pelada y llena de muescas y de cuerdas dadas de sí, desafinadas, entonando con amargura:

Verás que todo es mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa.
Yira, yira.
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.

A los quince años, con la valija atiborrada más de alimentos que de ropa, subió al colectivo que la llevó hasta Buenos Aires, abandonándose a los sueños de convertirse en bailarina y entregarse a la vida nocturna porteña de tangos y milongas, bebiendo vino y lanzando el humo de los cigarros fumados al aire cargado con la humedad del río de la Plata. Así empezaron los años de entrelazarse las piernas con Marcelo, el muchachito que le sonrió nada más llegar a las calles de la Boca y corrió hasta ella para ayudarle a cargar la valija donde ella le mandase, antes de saber que compartían la misma ilusión.

Los zapatos negros de los dos se deslizaron sobre los adoquines de Caminito y de San Telmo, por los brillantes azulejos marmoleños de los cafés del barrio de Montserrat y en el desgastado parqué de los teatros de la calle Corrientes.

Corrientes, tres cuatro ocho, segundo piso, ascensor.
No hay porteros ni vecinos, adentro cóctel de amor.
Pisito que puso Maple, piano, estera y velador,
un teléfono que contesta, una fonola que llora viejos tangos de mi flor
y un gato de porcelana pa’ que no maúlle el amor.

Hacían cola a la puerta del Tortoni para verlos burlar al aire que los envolvía, como si de un solo cuerpo se tratase, pero con cuatro piernas que se anudaban y se desnudaban entre los roces y los giros, los pasos acariciantes quitándole peso al ritmo marcado del bandoneón. Él pasó de agarrarla con los brazos desnudos, la vieja camisa amarillenta arremangada hasta los codos, a llevarla abrazada entre los trajes hechos a medida, de chaqueta cruzada, con el pañuelo de seda al cuello. Ella empezó teniendo que retirarse las greñas antes de juntarle la cara, con unos calcetines de algodón de colegiala dentro de los viejos zapatos que le venían grandes, porque no eran suyos, sino de la madre de Marcelo; y acabó enfundada en vestidos de terciopelo y tul, con una abertura que arrancaba arriba del muslo, desde donde se perdían las miradas en las piernas cubiertas con medias de rejilla hasta el tobillo adornado con la pulsera de las sandalias.

No les sorprendió el éxito. Sabían cuán atrayente era la magia que desprendían juntos. La pena fue que duró poco, porque todo lo que sube baja y ellos habían subido demasiado rápido. El giro de aquel tango que bailaba el destino ocurrió, literalmente, de la noche a la mañana: esperó a la cena para decirle que estaba embarazada y él reaccionó corriendo a la calle furioso para volver en la madrugada borracho como una cuba. No vio venir el tranvía. En la calle que hacía esquina con su casa se le escapó la vida al cuerpo de Marcelo.

Se pasó llorándolo los meses siguientes mientras las esperanzas le iban como el tango:

Era para mí la vida entera,
como un sol de primavera,
mi esperanza y mi pasión.
Sabía que en el mundo no cabía
toda la humilde alegría
de mi pobre corazón.
Ahora, cuesta abajo en mi rodada
las ilusiones pasadas
yo no las puedo arrancar.
Sueño con el pasado que añoro,
el tiempo viejo que lloro
y que nunca volverá.

En el parto hubo complicaciones serias y después de horas de sufrimiento, el bebito le nació azul. Los médicos lograron revivirlo, aunque Marcelito, que así lo llamó, no había venido al mundo para quedarse mucho en él y se lo llevó una neumonía antes de cumplir los tres años.

Ya no levantó cabeza. Y así le llegó la vejez de repente, apenas rebasada la veintena, sin padres, sin hombre, sin hijo y sin porvenir. Se le encaneció el pelo, se le colgaron de los ojos todas las penas vividas y nunca más nadie volvió a verla sonreír.

Décadas después arrastraba las alpargatas por otro Buenos Aires muy distinto al que la recibió. Agarraba el subte para pedir limosna por los vagones, por los corredores, en las escaleras. En el mercado de San Telmo, los vendedores le decían «la loca» y en Caminito, los dueños de las terrazas la alejaban para que no espantara a los turistas. A veces se quedaba mirando la puerta del Tortoni desde la acera de enfrente con la nostalgia golpeándole en el pecho hasta el dolor.

Barrio, barrio,
que tenés el alma inquieta
de un gorrión sentimental.
Penas ruego,
es todo el barrio malevo
melodía de arrabal.
Viejo, barrio,
perdoná si al evocarte
se me planta un lagrimón,
que al rodar en tu empedrao
es un beso prolongao
que te da mi corazón.

Cabeceaba sentada en el banco de un parque después de haberse bebido una botella de vino mendocino que había comprado con el dinero de cuatro días de limosnas que no gastó en comer, tras haber bailado con el fantasma de Marcelo y de haberle cantado «Por tus ojos negros» a su niñito querido, lamentando que la vida le estuviese durando tanto. Unos jóvenes con cámaras de fotografiar comentaron cerca que Buenos Aires era la París de América. Ella se giró y les gritó, con la lengua hecha un trapo: «Yo nunca estuve en París. ¿Bailan el tango allá?». Los chicos, que se habían asustado, no respondieron. Ella continuó: «Si no bailan el tango allá, París nunca será la Buenos Aires de Europa». Los chicos se fueron sin hacerle mucho caso. Entonces, ella cerró los ojos y se quedó dormida.

A la mañana siguiente, un barrendero la encontró muerta. Era noviembre: primavera en Buenos Aires, otoño en París.

© Vicente Ruiz, 2018