Seguir viviendo

Las olas se derraman sobre la arena a escasos centímetros de mis pies, calmadamente, en contraste con los tiempos de debacle y ruido. Es lo que siempre me ha gustado de la naturaleza, que nos deja al margen. Sólo invita a su juego a los seres que respetan sus plazos. Y ahí no entramos nosotros. Si nos incluyese, la naturaleza saldría perdiendo. Se protege bien. Por eso me gusta.

Son olas de agua cristalina, aún fresca, dulcemente seductora, diciendo: “Báñate en mí”. Nada me parece más tentador que ese imperativo, pronunciado por los amantes que se deleitan, sin ansias, con tiempo, sin deudas, así como debe hacerlo quien se adentra en el mar. Qué es quien se baña en él para él, y viceversa, sino un amante. Cómo se entregan mutuamente, sino como se entregan los amantes.

Son olas llenas de destellos de sol, luciérnagas de la mañana, rielando sobre la superficie del agua, trémula y danzarina, juguetona entre las suaves corrientes que la hacen respirar. Si esas refulgencias tuviesen un sonido propio, sería la risa de niñas traviesas con las trenzas a medio deshacer y las rodillas sucias; pequeñas granujillas que estiran la mano hacia los caramelos, mientras vigilan que ningún adulto les pille. Esos caramelos reflejados en los ojos de las niñas son los rayos del sol en el agua.

Vivir es como montar en bicicleta. No se olvida. Sales al sol. Como los caracoles. Sales al sol porque es junio y el sol es el rey de la vida ahora. Metes los pies en la arena y te dejas envolver por la brisa cargada de salitre, de la humedad cálida, del aliento del mar, que te besa con cada ola y te dice: “Báñate en mí”.

Y es lo único que puedes hacer, dejarte abrazar por quien bien te recibe, así tal y como eres, sin darte la espalda, sin retirarse, porque no se retira quien vuelve otra vez a arroparte; no se va quien siempre está, del verbo estar como el mar: serenándote los tormentos, curándote las heridas, acallando las penas, meciendo los consuelos. Y ayudando a seguir viviendo.

© Vicente Ruiz, 2020