Pronto

La maestra que me enseñó a leer y a escribir tenía el pelo corto y rizado, llevaba unas gafas de carey que le empequeñecían los ojos y olía a pastel de calabaza. Se llamaba Lesya. Yo era una niña tímida y retraída que pasaba la mayor parte del tiempo en su mundo. En los recreos me sentaba a dibujar. Cuando volvíamos al aula, le enseñaba mis obras y ella siempre tenía una sonrisa como respuesta. «Son dibujos muy bonitos, Svitlana, vas a ser toda una artista», me decía.

Luka era el hornero del barrio. Todas las mañanas de invierno me embriagaba el olor a pan recién cocido que despedía su obrador. Era una panadería modesta, pero limpia, blanca, llena de cortezas crujientes, hojaldres brillantes y bizcochos esponjosos. Mi abuelo me compraba allí el almuerzo: dos panecillos de leche y una chocolatina. La mujer de Luka salía del despacho para dármelo en mano y pellizcarme las mejillas. No me acuerdo de su nombre, para mí siempre ha sido la mujer de Luka.

El primer chico que me besó sabía a zumo de melocotón. Aunque, en realidad, lo besé yo a él. Teníamos doce años y toda la vergüenza del mundo acaparada bajo las ramas de un álamo. Era primavera. Oleg me tomó de las manos, ésa fue su manera de dar el primer paso. Luego cerró con fuerza los ojos y esperó. Han pasado los años y sigo considerándolo lo más tierno que me ha ocurrido en la vida.

Durante mucho tiempo, mi mejor amiga fue Lera. Jugábamos a saltar a la cuerda y subíamos a toda clase de columpios para agarrarnos con las piernas y soltarnos los brazos, porque balancearnos cabeza abajo era lo más loco y divertido que podíamos hacer entonces. Luego llegaron las borracheras y los bailes sorteando las luces de colores que se reflejaban en la bola de la discoteca. El tiempo nos distanció. Conoció a un hombre, se casó, tuvo hijos. Espero que fuera feliz.

La biblioteca empezó a ser mi refugio cuando entré a la universidad. Empecé la carrera de bellas artes, pero descubrí que no tenía suficiente talento, así que me asusté y dejé de ir a clase. Estuve dos meses simulando que estudiaba cuando la verdad era que deambulaba por el campus buscando un lugar donde dejar de sentir aquel desasosiego. Hay pocos tormentos mayores que la sensación de perder el tiempo, de estar donde no quieres, de no saber dónde sí quieres estar, de no encontrar el camino de baldosas amarillas, o del color que sea, que te lleve a algún destino al que llegar y decir «yo soy esto». La biblioteca me salvó. Los libros me lo han dado todo. Porque me descubrí entre sus páginas amarillentas, algunas acartonadas, otras de piel de cebolla. Porque así decidí cambiar de carrera. Y porque allí conocí a Marko.

Él se sentaba siempre en la misma mesa, con la misma ventana a su derecha, porque es zurdo. La primera vez que me senté al otro extremo, ni me di cuenta de que estaba allí. Había cogido un ejemplar de Matar a un ruiseñor, que había empezado a leer de pie, junto a la estantería donde se encontraba, y recorrí los pocos metros que me separaban de la primera silla que encontré, inmersa en la lectura. Fue el segundo día cuando me fijé en su presencia. Decidí conscientemente que aquella también sería mi mesa cuando volví a verlo allí el tercer día.

Antes de Marko, mi abuelo era mi única familia. Mis padres murieron siendo yo tan pequeña que no recordaría sus rostros de no ser por las fotografías que se acumulaban en una pequeña caja de cartón. Mi abuelo la guardaba en su armario. A mi abuela no llegué a conocerla. No tengo hermanos. A mi abuelo lo enterré hace poco.

Marko tiene el pelo lacio y rubio, los ojos azules y una barba rala y suave que me hace cosquillas cuando me besa el cuello. Su voz es grave, pero dulce, casi susurrada. Es delicado en todo lo que hace: cuando dobla cuidadosamente la ropa, cuando acompaña a su madre al médico, cuando prepara espaguetis a la carbonara. Nos damos paz porque es lo que somos. Cuando supe que estaba embarazada de una niña, decidí que se llamaría Orynko porque significa justo eso: paz. Marko sonrió nada más decírselo.

Es profesor. Enseñaba literatura en un instituto, a estudiantes de secundaria superior. Cuando lo conocí, empecé a escribir unos diarios. Marko salía a menudo. Escribía cosas como: «Me gusta la luz cuando lo ilumina a él. A su alrededor, los rayos caen hasta estrellarse contra la superficie de las cosas, donde se desvanecen, sin más; pero él los retiene: en su pelo, en la montura metálica de sus gafas y en su piel blanca, que resplandece como si fuera una estrella». Era muy cursi. Pese a ello, dejé que los leyera tiempo después de empezar a salir.

La niña me da patadas contra las costillas. Retumban contra mi cuerpo las bombas fuera de mí y sus piececitos dentro de mí. Parece mentira que vida y muerte retumben con la misma fuerza. Centenares de personas estamos apelotonados en el andén de una estación de metro, envueltos en mantas, presentes y ausentes al mismo tiempo. Los sonidos vienen y van como oleadas: los llantos, las protestas, el silencio y los suspiros. Marko no está conmigo. Se fue al frente. Pienso en él tanto y tan fuerte como me veo capaz, por si así él pudiera sentirnos con él. No sé nada desde que nos despedimos días atrás.

Escribo todo esto porque tengo miedo. Porque tengo dolor. Porque tengo amor. Porque tengo vida. Porque tengo una hija dentro de mí. Porque tengo todo que perder y no quiero perderlo. Porque no sé qué hacer con todo eso que tengo. Porque pienso en Lesya, en Luka y su mujer, en Oleg y en Lera, y deseo con toda mi alma que estén bien. Que estemos bien. Pronto.

© Vicente Ruiz, 2022

Atlas, el tolerante

PROFE: ¿Qué opináis de la palabra «tolerancia»?

ESTUDIANTE 1: A mí no me gusta.

PROFE: ¿Por qué?

ESTUDIANTE 1: Porque suena a tragar con algo que en el fondo no queremos o no nos sienta bien.

ESTUDIANTE 2: Es verdad.

PROFE: Ejemplos.

ESTUDIANTE 2: Yo tengo intolerancia a la lactosa, pero de vez en cuando puedo tomarla y no me sienta mal.

(Risas).

PROFE: No, no os riais, que ese ejemplo es bueno. Decidme más.

ESTUDIANTE 1: Yo creo que se habla más de tolerancia con las minorías.

PROFE: Por ahí ya vamos afinando. Desarrolla.

ESTUDIANTE 1: Por ejemplo, estamos hartos de ver películas o series donde se trata el tema racial de Estados Unidos. Aquí con la inmigración pasa lo mismo. Se supone que el tolerante no es racista, pero yo creo que el hecho de aceptar a los negros…

ESTUDIANTE 3: Tía, no digas «negros».

ESTUDIANTE 1 (ignorando el comentario): … como si les estuvieses perdonando la vida es igual de racista.

PROFE: ¿Por qué no puede decir la palabra «negros»?

ESTUDIANTE 3: Porque es ofensivo.

PROFE: ¿Es ofensiva la palabra o la intención con la que se dice?

(Silencio).

ESTUDIANTE 1: No la dije con intención de ofender.

PROFE: Ya lo sé, pero ayuda a lanzar una reflexión. (A todos). Vuestra compañera ha empleado «los negros» hablando de racismo para dejar claro que ellos son la minoría frente a «los blancos». No es ofensivo, aunque en ese contexto es mucho más políticamente correcto decir «los afroamericanos». Cuando uséis las palabras, tened en cuenta lo que significan por sí mismas, según la intención con que las decís, en el contexto en que estáis y por la audiencia que tenéis. (Pausa). Seguimos: la tolerancia con las minorías, pues, significa perdonarles la vida, según vuestra compañera, ¿no?

ESTUDIANTE 1: Más o menos, sí.

ESTUDIANTE 3: Pero entonces, si el tolerante en el fondo no lo es, ¿qué es ser intolerante?

PROFE: A ver, el intolerante a la lactosa.

ESTUDIANTE 2: ¡Presente!

(Risas).

PROFE: La lactosa es la minoría, o sea, los afroamericanos. Vuestro compañero es la cultura mayoritaria: los blancos. Está claro que su intolerancia no es voluntaria, pero obviemos eso en este paralelismo. A él le incomoda tratar a diario con afroamericanos. Los tolerantes no tenemos este problema. Según tú (mira a Estudiante 1), los tolerantes somos igual de intolerantes que él (señala a Estudiante 2).

(Silencio).

ESTUDIANTE 3: Claro, lo que yo decía: si ninguno somos tolerantes, estaríamos matándonos todos con todos.

ESTUDIANTE 1: Es que tampoco digo que el tolerante sea igual de intolerante, pero sí creo que disimula mejor su intolerancia.

ESTUDIANTE 2: Madre mía, qué lío…

(Risas).

PROFE: O sea, que la tolerancia es una pose, un postureo, como decís ahora los jóvenes.

ESTUDIANTE 1: Yo creo que sí.

ESTUDIANTE 3: Pues yo creo que no.

ESTUDIANTE 1: Pues no estás tolerando mi opinión, petarda.

ESTUDIANTE 3: Si no la estuviera tolerando, no te dejaría expresarla, melona.

PROFE: ¡Juego, set y partido! (Risas). ¿Qué significa el verbo tolerar? Ésa es la cuestión. Buscadlo.

ESTUDIANTE 4: Según la RAE, llevar con paciencia; permitir algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo expresamente; resistir, soportar, especialmente un alimento o una medicina…

ESTUDIANTE 2: La lactosa.

ESTUDIANTE 4: Y respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

PROFE: Gracias. Hemos estado enfocando la conversación todo el tiempo desde la perspectiva que nos ha dado vuestra compañera (señala a Estudiante 1): la tolerancia aplicada a las minorías. Sin embargo, en ninguna de las acepciones que da la RAE se hace mención alguna a minorías ni a mayorías, sino a ideas, creencias o prácticas ¡diferentes! (Silencio). ¿Os suena Zeus? (Afirmación colectiva). Zeus castigó a un joven titán a sostener la bóveda celeste, a cargar el cielo sobre sus hombros. Este joven titán se llamaba Atlas, por eso los libros de mapas toman su nombre, porque siempre es representado como un hombre que levanta en sus brazos al mundo. Pues bien, adivinad qué verbo comparte raíz etimológica con el nombre de Atlas.

ESTUDIANTE 3: ¿Tolerar?

PROFE: ¡Bingo!

ESTUDIANTE 1: Pero, profe, si el origen del verbo tolerar es el castigo a Atlas, entonces tengo razón: la tolerancia se ve como un aro por el que hay que pasar para quedar bien de cara a la galería.

PROFE: ¿Estáis de acuerdo?

ESTUDIANTE 3: Yo no, ya lo he dicho antes. Pero no lo sé argumentar. Pero siento que no va conmigo, yo no hago una pose ni nada de eso, y desde luego no hago nada de cara a la galería.

PROFE: No estoy de acuerdo con que no sepas argumentarlo. Inténtalo. ¿Cómo ves tú la tolerancia?

(Silencio).

ESTUDIANTE 3: Me pongo en el lugar de la otra persona y me pregunto cómo me gustaría que fueran las cosas.

PROFE: Eso tiene un nombre, ¿alguien lo sabe?

ESTUDIANTE 4: Empatía, ¿no?

PROFE: ¡Muy bien! (A Estudiante 3). Empatizas con la otra persona y te replanteas la situación desde su perspectiva. ¿Qué más?

ESTUDIANTE 3: Pienso que, si puedo entender cómo ve la otra persona el mundo, puedo estar más cerca de ella. Y creo que la tolerancia va de eso. No de pensar igual o sentir igual, porque eso es imposible. Pero sí de darme cuenta de que el mundo no es sólo como yo lo veo.

PROFE: ¿Ves cómo sí sabes argumentar? (A todos). Empatizar, entender, acercarse… Son verbos relacionados con tolerar. (A Estudiante 1). ¿Qué piensas de esta opinión?

ESTUDIANTE 1: Es que, visto así, no es un castigo.

PROFE: Porque has estado contemplando como castigo la actitud del tolerante por corrección política, y eso no es tolerancia, sino condescendencia. Dale la vuelta: contempla ahora como castigo al que debería ser tolerado y no lo es. Podríamos decir que el castigo a Atlas evitó que el cielo cayera sobre la tierra, es decir, otro castigo aún mayor.

ESTUDIANTE 1: ¿La tolerancia evita la intolerancia, aunque sea para quedar bien?

ESTUDIANTE 3: Claro, es que la tolerancia tendrá niveles también, ¿no?

PROFE: Otra pregunta interesante se plantea aquí: ¿se mide la tolerancia en valores absolutos?

ESTUDIANTE 4: Yo creo que si dices «yo soy tolerante, pero con condiciones», ya no estás siendo tolerante.

PROFE: O sea, que sólo hay dos alternativas: ser tolerante o no serlo.

ESTUDIANTE 1: Pues entonces, no se puede ser tolerante y no tolerante a la vez.

ESTUDIANTE 2: La tolerancia de Schrödinger.

(Risas).

PROFE: Con respecto a un mismo tema, no. Puedes ser tolerante con algunas cosas e intolerante con otras.

(Todos callan).

ESTUDIANTE 3: ¿Y se puede ser tolerante con los intolerantes?

PROFE: Me encanta cuando llegáis solitos donde yo quiero que lleguéis.

ESTUDIANTE 1: Si no se puede ser tolerante con los intolerantes, pero podemos ser intolerantes en algunos temas, entonces no podemos ser tolerantes con nosotros mismos.

PROFE: ¡Bravo!

ESTUDIANTE 3: ¿Y por qué tenemos que ser tolerantes con nosotros mismos si tenemos actitudes intolerantes que no son buenas?

PROFE: Que no son buenas, ¿para quién?

ESTUDIANTE 3: Para todos.

PROFE: Imposible que llueva a gusto de todos, en tanto colectivo.

ESTUDIANTE 4: Pues para la mayoría.

PROFE: Cuidado con eso: si volvemos al debate inicial, las políticas éticas que han hecho avanzar a las minorías en la sociedad se han construido muchas veces con la indiferencia de las mayorías, porque «a mí plin, no me afecta». (Silencio. A Estudiante 3). Has planteado dos cuestiones muy interesantes que también se relacionan con la tolerancia: cuestionarse a uno mismo, dudar de uno mismo; y aquello que es bueno.  

ESTUDIANTE 1: ¿Dudar nos hace más tolerantes?

PROFE: Dudar nos ayuda a ver que no siempre tenemos la razón. O que nuestra razón puede mutar. Y eso es bueno, porque la vida es cambio constante.

ESTUDIANTE 1: ¿Bueno, en qué sentido?

PROFE: En el sentido kantiano: «Obra sólo según una máxima tal, que puedas querer al mismo tiempo que se torne en ley universal». No se trata de que algo sea bueno cuantitativamente para la mayoría. Sino cualitativamente para todos, ¡en tanto individuos!

ESTUDIANTE 2: No entiendo, antes has dicho que es imposible que llueva a gusto de todos…

PROFE: ¡En tanto colectivo! (Silencio). Por ejemplo: yo tengo seguro médico privado. Pero apoyo totalmente a la sanidad pública. Pago a gusto los impuestos que reviertan en la sanidad pública y creo que todos los recursos de índole sanitaria deberían destinarse en exclusividad a la sanidad pública. Lo mismo con la educación. Diréis que es contradictorio.

ESTUDIANTE 1: Un poco.

PROFE: ¿Estáis todos de acuerdo? (Asienten en conjunto). Pues lo defiendo, egoístamente, porque me puede beneficiar como individuo: ¿y si algún día no me puedo costear el seguro médico privado y tengo que depender de la sanidad pública?

ESTUDIANTE 1: Entonces, ¿para qué tienes un seguro médico privado?

ESTUDIANTE 4: ¿Y por qué no podría tenerlo? Es libre de ir al médico que quiera.

PROFE: ¡Y damos la bienvenida al debate a la libertad!

ESTUDIANTE 1: Claro, la tolerancia va de darle libertad al otro.

ESTUDIANTE 3: No, tía, la tolerancia va de darnos libertad los unos a los otros.

ESTUDIANTE 1: Vale, acepto barco, pero entonces, ¿tenemos que darle libertad a quien quiera quitar libertad?

PROFE: Antes has cuestionado si debíamos ser intolerantes con nuestras actitudes intolerantes porque supondría ser intolerantes con nosotros mismos.

ESTUDIANTE 1: Claro, si somos intolerantes con nosotros mismos, no somos libres.

ESTUDIANTE 3: Es que, si tu libertad nace de tu intolerancia hacia mí, por ejemplo, tu libertad no es mi libertad. Y entonces tiene sentido lo del seguro médico privado: ¿y si la situación fuera al revés? ¿Y si lo que estuviera en juego fuese tu libertad?

ESTUDIANTE 4: Pues también vaya mierda que cosas como el respeto, la libertad, la tolerancia y todo eso se basen en el egoísmo puro y duro.

PROFE: Ah, ¿pero hay algo que no se base en el egoísmo? (Silencio). La tolerancia, la empatía, el respeto, la libertad, ¡hasta el amor! Todo lo que se considera bueno desde el punto de vista ético, se considera así porque beneficia al colectivo sin dejar de beneficiar al individuo. Pero es éste es el punto de partida. Y eso implica límites. Límites impuestos por el «yo»: tu libertad no debe de pisotear la mía a nivel individual, porque entonces deja de haber libertad a nivel colectivo. Y si deja de haber libertad a nivel colectivo…

ESTUDIANTE 3: … dejará de haber individuos libres… Y sin individuos libres…

ESTUDIANTE 1: … No hay libertad. La pescadilla que se muerde la cola.

PROFE: «Lo que no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja», Marco Aurelio. La abeja marca. Atlas levanta el cielo. Es un castigo de Zeus, sí. En el acto de tolerar puede haber implícito un esfuerzo. Pero es un esfuerzo con un fin noble: evitar un castigo mayor.

ESTUDIANTE 1: La falta de libertades.

PROFE: ¿Qué sería lo contrario de levantar? ¿Qué haría Atlas si ya no pudiera sostener el mundo?

ESTUDIANTE 3: Dejarlo caer.

PROFE: Si el antónimo de tolerar es dejar caer, aplicado a las libertades, la intolerancia es lo único que no debe tolerarse.

ESTUDIANTE 1: Claro, porque la intolerancia anularía a la tolerancia.

PROFE: Y aquí os presento al señor Karl Popper que, en 1945, y fijaos bien qué año os acabo de decir, describió la paradoja de la tolerancia: para que una sociedad pueda considerarse tolerante, ha de mostrarse intolerante con la intolerancia.

ESTUDIANTE 2: Pero entonces los intolerantes podrían decir que los tolerantes son intolerantes con ellos.

PROFE: Por eso es una paradoja.

ESTUDIANTE 1: Pero al final estamos hablando de libertad. Los nazis esos que ayer atacaron a un chico por ser gay, por ejemplo, son unos intolerantes porque pisotean la libertad del otro chico. La libertad del otro chico no les afecta en nada a la suya. Es un ataque gratuito. Así que a mí me da igual si me dicen que soy una intolerante con esos malnacidos, porque al final la libertad está de mi lado.

PROFE: Totalmente de acuerdo contigo en esa aplicación de la paradoja a un ejemplo de atentado contra los derechos humanos. Es algo obvio que cualquiera con valores demócratas debe condenar. Pero…

ESTUDIANTE 1: ¿Pero?

PROFE: Pero cuidado con cómo expresar esa intolerancia nuestra. Porque si la expresamos igual que ellos, seremos lo mismo que ellos.

(Silencio).

ESTUDIANTE 3: Como lo del significado de las palabras y la intención de las palabras al decirlas.

PROFE: ¡Exacto! (Silencio). Voltaire escribió que las opiniones divergentes hacen de la tolerancia una necesidad. Lo dijo en relación con las religiones: «Si en Inglaterra hubiera una sola religión, su despotismo sería tremendo; si sólo hubiera dos, los ingleses se degollarían entre sí; pero como existen treinta no les queda más remedio que vivir contentos y en paz».

ESTUDIANTE 4: Por eso las mayorías se echan a temblar cuando las minorías cogen fuerza, porque pierden poder.

PROFE: Tal vez entienden que podrían ver revertida la situación y pasar de opresor a oprimido, de tolerado a no tolerado, de libre a no libre…

ESTUDIANTE 1: Pero eso es ver el mundo en blanco y negro todo el tiempo. Que las minorías cojan fuerza o ganen poder no tiene por qué implicar un mundo al revés, sino un mundo mejor.

ESTUDIANTE 3: Depende. Si las minorías son talibanes, pues yo creo que la mayoría tiene razones para echarse a temblar.

ESTUDIANTE 4: A lo mejor la cosa es que la tolerancia sea una carretera de doble sentido.

PROFE: ¡Equilicuá! Volvemos a lo de antes: si no nos toleramos mutuamente, no hay tolerancia. Y si no hay tolerancia…

ESTUDIANTE 1: No hay libertad.

(Silencio).

PROFE: Mirad por la ventana: Atlas os sonríe orgulloso mientras sostiene el peso del mundo.

A L.

© Vicente Ruiz, 2021

QR

El teléfono móvil que le regaló a Felipe su hijo tenía botones grandes con números grandes. Lo llevaba siempre en el bolsillo de la chaqueta, por si acaso. Pero en realidad él no lo usaba para nada. Por eso lo llamaba el detector. Servía tan sólo para que su hijo lo localizara cada vez que quisiera llamarlo. Así que, aunque lo vendiesen como un dispositivo para mayores, en realidad era para jóvenes; para facilitarles la vigilancia, a modo de camarita posada sobre la cuna de los bebés. Algo así. Un teléfono móvil de botones grandes con números grandes para saber dónde andan los grandes.

Felipe salió al horno, a eso de las nueve y media de la mañana, a por su barra de pan y su bolsa de rosquilletas. Y después se dirigió al banco. Le dijo a la señorita de la ventanilla que «venía para pagar este recibo de una tele nueva que me he comprado porque la vieja dejó de encenderse», al tiempo que sacaba un puñado de billetes de veinte euros y los dejaba sobre el mostrador. Para su sorpresa, la señorita le respondió que «es mejor que lo pague por internet porque el horario para pagos de recibos no domiciliados son los martes y jueves de ocho y media a nueve y media». Felipe sacó su teléfono del bolsillo y vio que eran las diez menos cuarto. Miércoles. Así que volvió a meter el puñado de billetes en la cartera y se fue con el recibo sin pagar y la barra de pan y las rosquilletas de vuelta a casa.

El dolorcillo de la mano le recordó que no había pedido aún cita médica para que su doctora le dijese, una vez más, que tenía reuma, y así aprovechar para que le diera la receta de las pastillas para dormir.

—Es más rápido si pide la cita por internet —le dijo un joven muy educado al otro lado de la línea. —El teléfono casi nunca está disponible porque, o se nos satura, o no hay nadie para atenderlo.

—Pero yo no tengo internet —respondió Felipe.

—Pues menos mal que le he cogido la llamada.

Su hijo fue a por él poco antes de la hora de comer. Lo llevó a un restaurante en el centro, moderno, con comida sofisticada y decoración sencilla. Diáfana, decía su hijo. Naíf. Nunca sabía lo que significaban esas cosas. Eso pensaba cuando se sentó. Iba a preguntar a su hijo por la carta, pero entonces vio que acercaba su móvil a una pegatina que había en la esquina de la mesa.

—Te leo el menú, ¿vale? —le dijo.

—¿Es que no tienen cartas normales?

—Casi en ningún sitio hay ya cartas normales —contestó. —Ahora va todo por QR.

El QR es la evolución del código de barras. Una vez escaneado por el móvil, te da acceso a un enlace, o a una aplicación, o a cualquier cosa que contenga información sobre algo. Como, por ejemplo, la carta de un restaurante, localizada en la página web del mismo. Eso explicó su hijo a Felipe.

—Pues menos mal que vengo contigo —murmuró. —Llego a venir solo, o con un amigo viejo como yo, y no comemos.

—No exageres, papá —dijo el hijo, sin mirarlo, tecleando en su móvil.

—No exagero —refunfuñó. —¿Sabes que no he podido pagar el recibo de la tele en el banco esta mañana? Resulta que hay días y horas para eso. Habrase visto…

—Por cierto, hablando del banco: ya puedes trocear y tirar la cartilla, que las van a quitar.

—¿Y eso por qué?

—Porque no las usa nadie, papá —renegó.

—Lo dirás tú.

Felipe estuvo contemplando su libreta del banco, sostenida entre sus dedos temblorosos, durante unos minutos, horas después de la comida, en la quietud de su casa. Ni la troceó ni la tiró. La guardó en un sobre y luego metió éste en una cajita donde había otras cosas a las que también se les agotó el uso en su día. Un ajedrez magnético para viajes. Un bonobús de cartón. Una cartilla médica antigua, toda escrito a mano. Ahí estaba el final de sus tiempos, sus tiempos que se escribían a mano y no se tecleaban en internet. Lo que se escribía a mano tenía un espacio donde volver a encontrarlo. Y si no, podía quemarse, podía destruirse y desaparecer del todo, no ser nunca más. Pero internet… ¿quién controla eso? Lo que se escribe, lo que se borra, si es que se borra, a saber dónde va a parar.

Felipe se lamentaba, mientras avanzaba por el pasillo, cabizbajo, con la mente perdida en sus divagaciones. Su teléfono móvil de teclas grandes con números grandes empezó a sonar desesperadamente, a juzgar por el volumen del politono que le había elegido su hijo. Cosa más insoportable, pensaba Felipe, dónde lo habría puesto.

—Papá, dame los datos del recibo, que tengo tu sesión del banco abierta ahora mismo —dijo. —O casi mejor dime el importe y les hago un Bizum yo, y ya me lo darás.

—¿Un qué?

Indignado, le dijo que no hacía falta, que iría al banco a la mañana siguiente, y le colgó. Es que su hijo no entendía que él no era inútil, sino que el mundo lo estaba convirtiendo en uno. Hay otros tipos de dictaduras, pero ésas no interesan señalarlas. La dictadura de la vejez era la peor de todas. Todo eso pensaba cuando cruzó por delante de la puerta de la cocina y vio allí la barra de pan y la bolsa de las rosquilletas.

—Al menos esto sigue siendo sencillo.

© Vicente Ruiz, 2021