Del cielo a Madrid

Lo primero que dicen de Madrid es que desde el momento en que te quedas a vivir en ella, ya eres madrileño. Incluso una vez conocí a un señor que afirmaba rotundamente que los madrileños más madrileños son los que llegaron de fuera de Madrid. Tiene su lógica, si te paras a pensarlo. Supongo que es la manera en que las familias que fueron a la capital a por una vida mejor y la encontraron, aun con mucho esfuerzo, agradecen que sus hijos tuvieran mayores esperanzas que las que podrían haberles proporcionado en sus lugares de origen. Pasa en otros sitios también. En Valencia, no había un valenciano más valenciano que mi abuelo, que era aragonés. Y recuerdo, por poner otro ejemplo más, a Serrat, en una entrevista de televisión, contando que su madre, zaragozana, había dicho una vez: «Yo soy de donde son mis hijos».

De Madrid es todo el mundo que vuelca en ella sus ilusiones, coge la maleta y su book fotográfico, o su guitarra, o su máquina de escribir (bueno, quizá esto ya no), o su repertorio de roles, o su cámara de fotos, o lo que sea que le haga soñar y querer vivir esos mismos sueños, y se lanza a sus calles a empapelarlas con su currículum.

De Madrid es todo el mundo que huye de sus fantasmas, de sus realidades oscuras y de sus miedos, o todo el mundo que huye de huir y va allí a enfrentarse definitivamente con todo. Porque no es el paraíso, pero tiene muchas dosis de oasis, las de las oportunidades que te brinda una ciudad grande y llena de gente de lo más variopinta.

De Madrid, supongo, es todo el mundo que quiera formar parte de su mosaico. Lo descubrí la primera vez que planté los pies a las puertas de Atocha; cuando, al día siguiente, desayunaba churros y un café con leche en el barrio de la Prosperidad; mientras paseaba por el Retiro, admirando la rosaleda, el Ángel Caído, los caminos y sus caminantes, fotografiando el Palacio de Cristal y las barcas sobre el estanque; al bajar por la calle de Alcalá, atravesar la Puerta del Sol, adentrarme por Postas y acabar con la boca abierta ante la majestuosidad de la Plaza Mayor; cuando me perdí en el rastro, entre la calle Toledo y la Ribera de Curtidores y todos los trastos, cachivaches, antigüedades y demás enseres que fui encontrándome por el camino; mientras me emocionaba con Goya, Velázquez, Rubens y todos los demás, a lo largo de las galerías interminables del Museo del Prado; al disfrutar de una cerveza y unas tapas en La Dolores; cuando vi caer la noche sobre el Manzanares desde el puente de Segovia para después acabar en el Mercado de San Miguel; mientras regresaba por la Castellana al abrigo del apartamento.

La línea entre el madrileño y el foráneo es tan fina como quiera que lo sea el foráneo. Porque en Madrid sólo depende de ti, si te sientes en casa o no. Yo lo noté casi al instante y ese sentimiento fue creciendo paulatinamente durante las horas que disfruté de la ciudad. Quise quedarme. Buscar trabajo, un piso y continuar saboreando las mieles de sus anchas calles, sus largos paseos, sus frondosos jardines, su oferta cultural, social, gastronómica. Volver a empezar. Porque Madrid es lugar de principios.

Luego resultó que no se puede abrir una nueva etapa sin haber cerrado la anterior. Madrid dejó de ser una posibilidad para quedarse en un mero sueño. O, quizá mejor que eso, la excusa para volver.

De Madrid al cielo, dicen. Por suerte, no soy creyente.

© Vicente Ruiz, 2018

Las palabras raras

Si estuviésemos en la campiña inglesa decimonónica, seguramente me definiría como institutriz. Pero estamos en el siglo veintiuno, así que ahora lo llamamos «profesora de clases particulares». Un trabajo que tiene tanto de inestable como de apasionante: lo primero, porque dura lo que la necesidad del alumno de mejorar su rendimiento académico con vistas a un objetivo específico (que normalmente suele ser aprobar); lo segundo, porque es aquí cuando te das cuenta de lo personal e intransferible que es el aprendizaje.

Me gusta que en mis clases haya una doble tarea: la de trabajar contenidos y, al mismo tiempo, técnicas de estudio. Los contenidos suelen ser idiomas. A veces, el propio. La mayoría del tiempo, el mismo lenguaje usado para explicar el idioma. Se puede… «enseprender»… «aprenseñar»… partiendo de lo que acontece a cada segundo. Es muy bonito cuando sucede.

Mi alumno, un mozalbete al borde de los quince años, al que no terminan de crecerle los pelos de las piernas y todavía luce rostro de bebé, arruga la nariz y repite la palabra que acabo de decir. Aprende palabras conmigo que, por lo visto, nadie usa en su entorno. Las palabras raras, las llama. Rimbombante. Alcahueta. Ungüento. Benévola. Acicalar.

—Acicalar es un verbo preciosísimo, ¿sabes lo que significa?

—Pues no.

Y entonces se lo explico. Me pone ejemplos con «rimbombante», para comprobar que ha entendido el significado. «Sí, vaya, que un ungüento es como una pomada, pero en lugar de ser de farmacia, es casera». Es chaval es despierto, inteligente y abre horizontes a buena velocidad. Pero es perezoso. Necesita a alguien que le empuje. En realidad, ése es mi verdadero trabajo. Empujarles, repetirles, insistirles, recordarles, hacerles avanzar, llevando en cada paso la carga de los anteriores. Es la única manera de asimilar lo aprendido: machacar.

—El prefijo infra- está relacionado con inferior, supra- con superior y ultra- con ulterior.

—¿Ulterior? ¿Qué significa?

—Lo que está más allá. Ultramar, ulterior al mar, lo que está más allá del mar.

—Hala… Ulterior… Cómo mola, me lo voy a poner de nombre en el videojuego.

Mientras regreso a mi coche, bajando hacia la plaza, detrás de la iglesia, pienso en la jornada de hoy.

—Me llevas al retortero —le decía mientras recogía mis cosas.

—¿A lo qué?

Com cagalló per sèquia, rei.1 —Se echa a reír.

—Eso tú a mí, con todas tus palabras raras.

—Buena cosa es.

—Correcto.

Mañana más.

 (1) Expresión popular valenciana que significa «Como cagallón por acequia».

© Vicente Ruiz, 2018