Volver a empezar

El título de esta breve entrada es una perífrasis que infunde esperanza, por lo que respecta al significado del verbo principal, que centra su foco en el hecho de iniciar algo. Pero, así mismo, la primera parte indica una reiteración en ese acto: empezar una vez más. Y eso contrarresta lo positivo de arrancar un nuevo proyecto porque encierra una acumulación de otros anteriores fracasados.

Volver a empezar, cuando una se encuentra, partiendo de la esperanza de vida de una persona sana, en el ecuador de su recorrido vital, no es nada fácil. A esta edad, la mayoría de la gente está asentada en vidas estables: un trabajo, que podrá ser más o menos satisfactorio, pero en el que ya llevan años invertidos; una situación personal igualmente sólida y de carácter permanente; y, por tanto, una visión de futuro que se define por la seguridad, el sosiego y el deseo de que haya el mínimo de sucesos posibles que puedan alterarlo.

Partir de cero, con el peso de media vida de cosas pasadas que no han salido bien y el de la incertidumbre de cosas futuras, es agotador. Por eso, cerrar puertas a lo que fue antes de abrirlas a lo que será es importante. Y por eso también es agotador cuando en la carga arrastras varios meses de desgaste físico, mental y emocional.

Hoy he dado la señal para mi nuevo hogar, en otra ciudad, lejos de toda mi zona de confort, pero cerca de nuevas oportunidades. Vuelvo a empezar con vértigo, pero con ilusión, a pesar de lo cansada que estoy después de semanas, meses, en que todo ha salido mal, todo se ha juntado para tenerme ahora tocando fondo. Dejo de mirar ya la puerta cerrada y giro la vista hacia la que se acaba de abrir, porque ahí es donde tengo ahora puestas todas mis esperanzas. Y cruzo dedos y respiro hondo deseando que todo me salga bien, de una puñetera vez.

Estaré, pues, temporalmente fuera de servicio en este sitio. Voy a estar muy ocupada reconstruyéndome a mí y levantando una nueva vida, y las pocas energías de que dispongo ahora mismo, las necesito todas para eso.

Volveré. Hasta entonces, cuidaos mucho.

© Vicente Ruiz, 2022

Una notita escondida en el marco de la puerta

Ayer descubrí una película preciosa, obra maestra de David Lowery, minimalista y al mismo tiempo grandiosa, que relata la historia de un fantasma (de hecho, se llama así: A Ghost Story). El marido de un matrimonio joven muere en un accidente de tráfico y lo que vemos es su duelo, no el de la viuda, que atravesamos casi de puntillas, aunque la secuencia en que la vemos comer tarta sentada en el suelo de su cocina sea desoladora y nos parta el alma. Sin embargo, el marido, que adopta la apariencia clásica del fantasma, una sábana blanca con dos redondeles vacíos y oscuros a modo de ojos, duele.

Cómo es posible que duela un fantasma es algo que no sé explicar, pero duele. Duele verlo plantado en una esquina del dormitorio donde su mujer llora; sentado en el sofá viendo a su mujer besar a otro hombre; arrodillado frente al marco de la puerta donde su mujer había escondido una nota. Duele ver a un fantasma atrapado en el marco de una pantalla de 4:3; entre los marcos de las puertas, de las ventanas; en las estancias cuadradas de la casa. Duele verlo viajar a través del tiempo, conociendo la casa encantada por él mismo, en diferentes momentos, con distintos habitantes. Y, sobre todo, duele verlo incapaz de soltar.

En otro escrito que dejé por aquí hace casi cuatro meses ya, hablaba del duelo y de que no es necesario que la muerte se cruce en el camino para vivirlo. No, al menos, literalmente, porque en sentido figurado toda pérdida es una muerte: alguien deja de existir para nosotros, aunque siga existiendo para los demás. Y, a pesar de que la vida da muchas vueltas y un reencuentro futuro es posible, cualquier pasado también murió. Y todo lo muerto transita durante un período de tiempo como fantasma.

Hace unas semanas, una buena amiga me hablaba de mi fantasma. Es un fantasma conocido, el de la persona amada que ha decidido seguir su camino al margen de ti. Por eso, porque también ha tenido el suyo propio, me decía que aún pasaría semanas dejándome secuestrar por él. Me llevaría a una habitación preciosa, con una luz mágica, dorada, envolvente; pero, si me fijaba bien, vería una estancia siniestra, cubierta de polvo, sin vida. Es una habitación atrayente, porque en ella está el fantasma; pero peligrosa, porque los fantasmas no son la realidad.

No puedo decir que no me atrape de vez en cuando, pero pongo todo mi empeño en zafarme de su sábana blanca, en no mirar sus ojos huecos, en no escuchar las palabras que un día me dijo y que al final resultaron no ser reales. Me reconozco en la Rooney Mara sentada en el suelo de la cocina comiendo tarta mientras llora desconsolada porque no volverá a ver a su amor; pero también en la que hace las maletas, asea la casa que va a dejar vacía, carga su coche, lo arranca y se va, dándole el sol del atardecer en la cara, sin mirar atrás. Porque su amor ya no está, pero ella sí y la vida sigue.

Desconozco si mi fantasma ya me ha soltado o se resiste, como el de la película. Puede que siga buscando las notitas que dejé en marcos de puerta imaginarios, como ésta, la última. Lo que sí sé es que sacarme de su vida fue lo que decidió hacer. Y, con ello, me obligó a mí a hacer lo mismo. Ya no tengo nada suyo a la vista; he guardado todo lo que me dio en el fondo de un cajón y he enviado los escasos archivos que tengo suyos a una carpeta de una dirección de email que ya no abro. A veces me pregunto cómo estará, si seguirá sufriendo, de pie en la esquina de una habitación vacía, preciosa, pero siniestra, mirando de reojo lo que escribo por entre los redondeles recortados de la sábana. Pero me respondo que no, que está bien porque tiene lo que quería. E, inmediatamente, salgo de donde cada vez entro menos.

El fantasma de la película, al final, consigue hacerse con la nota escondida por su mujer. No llegamos a ver nunca lo que dejó escrito en ella. No hace falta, lo verdaderamente importante ocurre después. Pero yo creo que podría decir perfectamente algo parecido a esto:

«Suéltame. Tú, mi amor, ya no estás. Pero yo sí. Y la vida sigue».

© Vicente Ruiz, 2022

Sonrisas y lágrimas

La alegría de ayer fue precedida por el llanto la noche anterior. Por eso me acompañó todo el día un dolor de cabeza, leve en comparación con mis migrañas, pero obstinado como la llamada de un comercial. Y es que, entre las alegrías, nunca dejan de estar las aristas de la realidad, con sus picos y sus filos, a modo de recordatorio de que hay que disfrutar de lo bueno y de lo bonito, pero sin perder el norte.

De las aristas que podemos encontrarnos, están los duelos. Casi siempre los vinculamos a la muerte de un ser querido, pero duelos hay tantos como tipos de pérdidas. Y todos pasan por las mismas etapas, en mayor o en menor grado, con distintas medidas de tiempo, dependiendo de los vínculos y las personas. Esas etapas, según la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, son cinco, a saber: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

No creo que haga falta explicar las dos primeras, así que pasaré directamente a hablar de la negociación, que no consiste sino en la creación ilusoria de una solución: es decir, aceptamos falsamente la pérdida, pero nos convencemos de que puede haber una salida (porque es la única cosa que encontramos que nos da esperanza). Digo que la aceptación es falsa porque le damos al duelo la razón como a los locos: vale, bien, ha ocurrido, ya está. Pues no, no está. La aceptación real lleva tiempo e implica abrazar el dolor, asimilar el vacío que nos han dejado y estar dispuesto a llevárnoslo con nosotros el resto de nuestra vida.

La negociación es una triquiñuela de nuestra mente, porque los mecanismos de autodefensa se activan solos. Por eso olvidamos lo que no nos interesa recordar. Por eso nos evadimos cuando lo que nos rodea no es de nuestro agrado. Por eso nos bloqueamos ante una experiencia extrema. El cerebro se protege como los bichos bola. El cerebro emocional, claro. La negociación es el rodeo que damos para no arrostrar el obstáculo en medio del camino. Rodeo inútil, porque al final nos damos cuenta de que, efectivamente, no sirve para nada y no queda otra que pasar por el amargo trago de asumir lo que nos duele. Esa travesía es la cuarta etapa: la depresión.

Menos mal que tenemos córtex. Las emociones son más rápidas, sí, pero de no tener un lugar donde procesarlas, no haríamos otra cosa que sufrir y hacer sufrir, porque ninguna emoción que no esté mínimamente controlada lleva a nada bueno. Ni siquiera las más positivas. De estas últimas, las hay que no quiero verbalizar. Me veo entre las fases dos y tres por momentos y pienso que a quién quiero engañar, porque a la tía del espejo es imposible. A veces, incluso salto a la uno, diciéndome que no, que no puede ser, que no tiene sentido.

Tenía la excusa de estar lidiando otra batalla. Pero la alegría de ayer la resolvía y me dejaba sin argumentos para continuar posponiendo un duelo que, como todos, ha llegado de sopetón y dejará hondas marcas en un lugar que llevaba mucho tiempo deshabitado. Porque, como decía un poco más arriba, pérdidas las hay de muchas clases. Incluida la de no haber tenido nunca la opción de ganar nada.

© Vicente Ruiz, 2022