Primavera en Pekín (4)

(Tercera parte, aquí).

Puyi era un niño de 2 años cuando accedió al trono del imperio. Y se crió y reinó siendo tratado como a un dios en la Ciudad Prohibida, un recinto de 72 hectáreas, amurallado y rodeado por un foso con agua de 52 metros de ancho. Lo cuenta “El último emperador”, de Bernardo Bertolucci. También cuenta cómo lo tuvieron engañado haciéndole creer que seguía siendo el rey, aunque fuera las fuerzas republicanas hubiesen tomado el poder.

Cuando entré en el primer patio de aquel lugar, una vez traspasada la puerta de Tiananmen, recordé las escenas finales de la película. Un Puyi envejecido vuelve al lugar donde reinó, a su infancia y adolescencia, y observa con nostalgia, mientras pasea por las estancias entre los visitantes que le rodean y no le reconocen.

Aquella mañana de finales de abril, pude ver que ese final era fiel a la realidad: la Ciudad Prohibida estaba llena de visitantes, en su mayoría chinos, que se aglomeraban en grupos liderados por guías, ocupando prácticamente la totalidad de los patios. Era difícil asomarse al interior de las estancias, cerradas al público y sólo visibles a través de las puertas acordonadas o protegidas con cristal. Pude ver el trono imperial, pero fue imposible fotografiarlo.

Sin embargo, con la citada película en la retina, no resulta difícil imaginarse el día a día de Puyi, rodeado de atenciones, comodidades y lujo, con su caravana de sirvientes y concubinas allá donde fuese, yendo y viniendo por las calles, patios, edificios y jardines de la Ciudad Prohibida, adonde peregrinan hoy día miles de chinos en busca de su legado.

Fue impactante. Como todos los lugares emblemáticos por su relevancia en la historia, estar allí te coloca en otro estado. La Acrópolis, el Coliseo, Notre-Dame, la sabana africana, las cataratas de Iguazú, la Gran Muralla… Todos estos lugares existían para mí antes de que mis pies los pisaran. Pero yo no existía para ellos. A eso me refiero. Estar en estos sitios, trascendentales por lo que vieron y por quienes lo vieron, por la herencia que nos dejan, maravillas de la naturaleza o de la historia del arte, patrimonio de nuestro pasado, te hace sentir parte de ellos. O, al menos, así es como lo vivo yo.

Aquella tarde tuvimos otro concierto. Y por la noche estuvimos disfrutando de un buen helado en una terraza cercana a la residencia. Durante unos minutos tomé conciencia de que estaba a 9.000 km de casa, en el otro lado del mundo, en otra cultura, en medio de personas con otros rasgos físicos, que escriben usando otro alfabeto y entienden la vida de manera muy diferente a la nuestra. Y me sentí afortunada por tener la oportunidad de vivir esa experiencia.

Adaptada ya al nuevo horario, me fui a acostar a una hora prudencial. Al día siguiente nos esperaba otra jornada intensa, entre los deberes musicales y las visitas culturales…

 

(Quinta parte, aquí).

 

© Vicente Ruiz, 2019