París (5): Louvre y Tullerías

(Cuarta parte, aquí).

Después de comer, cogí el metro en Saint-Michel, hice transbordo en Châtelet y me planté en pocos minutos en el Louvre. La red de metro parisina funciona de modo excelente. Con lo grande que es esta ciudad, cruzar de punta a punta los veinte distritos ronda los tres cuartos de hora (de Porte de Versailles a Porte de Vantin, por ejemplo): 14 líneas combinadas con los trenes RER y una frecuencia de paso de 2 minutos hacen posible que el desplazamiento sea rápido y cómodo. Eso sí, con cuidado de los carteristas, de los que megafonía advierte hasta en cuatro idiomas distintos.

Una vez en la Rue Rivoli, a la entrada por el pasaje de Richelieu, por poco activos que uno tenga los sensores es fácil caer en el síndrome de Stendhal. Fue sobrecogedor contemplar la magnificencia del Palacio del Louvre sobre la vasta planicie que bordea el Sena. Caminé hasta el patio cuadrado del Pabellón Sully, cuerpo origen del complejo, que ya por sí solo es abrumador. Al volver al patio de Napoleón, donde se levanta la gran pirámide, flanqueada por las otras tres pequeñas, volví a sentirme como un parásito microscópico en medio de tanta belleza. El ala Richelieu a mi derecha, el ala Denon a mi izquierda y, frente a mí, el Arco de Triunfo del Carrusel; más allá el jardín de las Tullerías, después el obelisco de la plaza de la Concordia y, por último, al otro lado de los Campos Elíseos, el Arco de Triunfo de París. El día claro y soleado me permitía tener esta visión.

Dediqué un tiempo a fotografiarlo todo desde todos los ángulos posibles y luego decidí liarme otro cigarrillo en el jardín, cerca del arco del Carrusel, y así aprovechar las últimas horas de luz solar antes de adentrarme en las galerías del museo y continuar deleitándome con mi stendhalitis aguda, de cuadro en cuadro, de escultura en escultura, de salón en salón.

El trabajo artístico cumbre de este centro es la Gioconda, de Leonardo da Vinci, que todo el mundo cataloga como decepcionante al ser de dimensiones más bien modestas, aunque a mí me satisfizo igualmente estar frente a ella. Al fin y al cabo, más allá del selfie con la Mona Lisa, yo sentí gratitud por la oportunidad. Me ha pasado varias veces en la vida, en según qué lugares, ante según qué escenarios, qué paisajes o qué obras. Lo maravilloso del Louvre es que es algo que uno puede experimentar cada dos pasos, porque hay tantas maravillas ahí dentro, tan importantes en la Historia del Arte, en la Historia del mundo, tan inspiradoras, tan emocionantes. Por supuesto, no basta una tarde. Ni dos. El Louvre tiene 18 kilómetros de galerías: si pasásemos tan sólo 30 segundos delante de cada obra aquí expuesta, tardaríamos 3 meses en verlo todo. Pero desistir la visita por este motivo es deleznable. Antes de entrar, me aseguré de dónde estaban las obras que quería ver y pasé las siguientes 3 horas disfrutando.

A la salida ya era de noche, una noche aún añil, estrellada y fría. Con los sentidos (y los sentimientos) extasiados y el estómago hambriento, me dirigí hacia la Ópera de Garnier en busca de algún sitio donde cenar. Y justo cerca de allí, en el Boulevard des Italiens, encontré una buena pizzería. Hora y poco más tarde, paseé tranquilamente, mientras me fumaba otro pitillo, en dirección al metro. Aunque todavía era pronto para retirarme, llevaba a cuestas la gelidez del viento y el cansancio de todo lo recorrido a lo largo del día. Sé que eran las once menos diez cuando llegué al hotel, pero no recuerdo el momento en que apagué la luz.

(Sexta parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018

París (4): Quartier Latin

(Tercera parte, aquí).

París debe su nombre a los parisios, un pueblo galo que se asentó en la Île de la Cité hasta que llegó Julio César en el año 52 a.C. y fundó la nueva ciudad, Lutecia, en la orilla izquierda del Sena. Así llegó hasta allí la cultura romana, cuya principal vía de transmisión, el latín, continuó en vigencia como lengua común durante la Edad Media, cuando la zona, bautizada ya como Barrio Latino, se convirtió en la sede de las Grandes Escuelas y de la Sorbona, la Universidad de París, y en el hogar de estudiantes y maestros de toda Europa. Quizá por el carácter inconformista y revolucionario natural en los jóvenes que se abren al mundo, el Barrio Latino fue el escenario de movimientos como el de mayo del 68, aunque los hubo antes y después igual de importantes. Pero además de esto, aquí está la mayor concentración de restaurantes y cafés, cines y teatros de arte y ensayo, locales de música en vivo y librerías que se puede encontrar en toda París.

Mientras degustaba el sándwich que me había comprado en el Boulevard Saint-Michel, me adentré por la Rue de la Huchette, donde me recibió la mezcla de olores procedentes de distintos tipos de cocina, desde las más familiares (francesa e italiana) hasta las más exóticas (hindú o japonesa). Entre restaurante y café, entre café y chocolatería, entre chocolatería y cine, entre cine y librería, me salían al paso tiendas de souvenirs acampando en las calles peatonales, con delantales luciendo estampada la torre Eiffel, camisetas con la fachada de Notre-Dame o sudaderas universitarias.

A la vuelta de la Rue du Petit Pont estaba la pequeña Atenas; en la siguiente esquina, la iglesia de Saint-Severin se alzaba, como todo en París, solemne; enfrente, en la Rue Galande, otra iglesia, más pequeña, Saint-Julien-le-Pauvre, me saludaba de refilón. Junto a ella, dos nombres propios: Issac de Laffemas, poeta y dramaturgo, cuya casa sigue en pie desde 1639 allí mismo; y René Viviani, primer ministro francés en tiempos de la primera guerra mundial, al que dedicaron el parque que lleva hasta el Quai de Montebello. Por allí cerca, en la Rue de la Bûcherie, la famosa librería Shakespeare & Co. se hallaba en estado de overbooking de clientes.

Mientras caminaba por la Rue de Saint-Jacques hacia el cruce con la Rue Soufflot, recordé el capítulo de Rayuela en que Horacio Oliveira acompañaba a una pianista fracasada por aquellas mismas aceras en una noche de lluvia. Antes que Julio Cortázar, otros escritores foráneos recalaron en París: Ezra Pound, Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald o George Orwell, por ejemplo. Casi nada. Pensando en esto fui a toparme con el Panteón, que dejé atrás por la Rue Clovis, precisamente en busca del apartamento de otra pluma de primera división: James Joyce.

Cerca estaban las Arenas de Lutecia, anfiteatro romano del siglo I que dejaba constancia del origen del barrio; pero dadas las horas y el hambre, decidí volver sobre mis pasos para sentarme en una de las terrazas de la Rue Saint-Severin. El Barrio Latino también se caracteriza por disponer de los restaurantes con menús más asequibles de la ciudad. Y con el frío del otoño parisino y la caminata, la sopa de cebolla sonaba muy bien para comenzar a reponer fuerzas…

(Quinta parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018

París (3): Île de la Cité

(Segunda parte, aquí).

En el vértice más agudo del isósceles que dibuja la Place Dauphine se encontraba una modelo frente a un set de fotografía. El fotógrafo se disponía a disparar después de haber hallado el ángulo contrapicado adecuado para mostrar, tras la joven, un escenario urbano que se abría en el horizonte como si fuera una capa de superheroína. Intentando no torpedear la sesión de fotos, crucé la plaza triangular siguiendo mi costumbre de mirar hacia arriba y me encontré el mural de un gato, en lo alto de uno de los edificios, entre las chimeneas y las ventanas de una buhardilla. Sonreí y continué mi camino por la isla.

Gran parte de ésta la cubre el Palacio de Justicia, construido sobre el otrora Palacio Real de San Luis. Este Luis, que antes de santo fue rey, Luis IX, dejó su impronta en las instalaciones del castillo con una de las joyas arquitectónicas más bellas del mundo. La historia empieza con la vuelta de una de las Cruzadas en que participó, de donde se trajo las reliquias de Cristo, corona de espinas incluida. Durante un tiempo estuvieron custodiadas en el interior de Notre-Dame; pero el rey se cansó un día de tener que recorrer la distancia que había entre el palacio y el templo cada vez que quisiera contemplarlas. Así que mandó construir la Sainte-Chapelle dentro de la fortaleza, en el tiempo récord de seis años. La capilla, maravilla del gótico, no tiene muros: en su lugar, las vidrieras iluminan de colores la estancia, mientras nos hablan de diferentes libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, así como de la vida y pasión de Cristo y del Apocalipsis.

A la salida del Palacio de Justicia, justo en la esquina antes del Pont au Change, la Tour d’Horloge (la torre del reloj) nos recuerda a otro rey, Carlos V, que fue quien mandó construir este primer reloj público de París; el primero, al menos, mecánico, porque relojes solares ya había (aunque lo que no hay mucho por estas latitudes es sol, precisamente). Desde dicho puente, impacta la visión del exterior del recinto, reforzado por torreones con tejados cónicos, dando así la impresión de robustez y, al mismo tiempo, grandiosidad. No acierto a imaginar cómo sería la vida en aquellas estancias siglos atrás, en contraposición a la de la mayoría de la población entonces, campesina y pobre, que sí me resulta más próxima.

En la popa de ese barco imaginario que es la Île de la Cité, la gran señora, Nuestra Dama, se alza colosal. Uno podría quedarse observando cada relieve, cada figura, cada arco, cada columna, cada gárgola, sin ser consciente del paso de las horas, del cambio de color del cielo, del ir y venir de los turistas a su alrededor. Notre-Dame es como un amor platónico al que no puedes dejar de mirar; aunque le des la espalda para alejarte hacia otro lugar, es inevitable hacerlo sin dejar de girar la cabeza para volver a verla una vez más. Fue lo que hice yo entonces, a pesar de que sabía que volvería a estar frente a ella antes de marcharme de París.

Al otro extremo del Boulevard du Palais, el Pont Saint-Michel me llevaba a la plaza de mismo nombre, donde se levanta la fuente, también homónima, que me daba la bienvenida al Barrio Latino. Pero antes de tomar ninguna dirección, me senté un momento a descansar. Mientras me liaba un cigarro, vi varios grupos de turistas reuniéndose bajo paraguas de colores chillones que seguramente empezaban sus rutas justo ahí. Eran las doce del mediodía y qué mejor lugar de encuentro que la fuente de Saint-Michel. Los vi partir al término de mi pitillo. Me acerqué a una tienda de sándwiches y con el primer bocado encaminé mis pasos hacia el Quartier Latin…

(Cuarta parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2018