Cuento de Navidad en Praga (4 y último)

(Tercera parte, aquí).

Llevé suficiente desayuno para Claudia y para mí en una bandeja hasta mi habitación. De alguna manera, centrarme en eso ayudó a que la primera oleada de frustración, que había sentido al ver el retraso de mi avión, se disipara algo. Mi nueva compañera de aventuras se percató y cuando me vio llegar con el montón de bollos y magdalenas, y las dos tazas de café con leche, me sonrió, me ayudó a dejarlo todo en la mesa de la habitación y me dio un abrazo.

Dedicamos la mañana a ayudar a Stefan con las labores de retirada de nieve en el acceso y salida de emergencias del albergue, con la recogida de basuras y reposición de víveres en las máquinas de la cantina y con alguna tarea de limpieza. El pobre también estaba pendiente del vuelo que lo llevaría a Leipzig, para poder reunirse con sus padres en Halle. No dejó de nevar hasta las dos de la tarde, más o menos, después de que los tres comiésemos juntos allí mismo. Al final Stefan aflojó con el tema de Claudia y comenzó a tratarla como a una más del equipo, aunque conmigo seguía claramente disgustado.

Aprovechando la tregua meteorológica, propuse ir a dar una vuelta hasta donde el estado de las calles nos permitiese. Stefan rehusó, como ya me temía, pero Claudia, mucho más animada que el día anterior, no se lo pensó dos veces. Así que allá fuimos, forradas de ropa como dos inuits, en dirección a la Ciudad Vieja.

Nunca dejará de sorprenderme cómo pueden las aborígenes de tal asentamiento caminar por los adoquines con zapatos de tacón de aguja. No me lo explico. Que oye, los adoquines son preciosos, máxime en una ciudad que ha logrado conservar ese combinado de tintes medievales, renacentistas y barrocos que hacen de Praga lo que es. Ponerle asfalto, pues le va tan mal como a un santo un par de pistolas. Pero que los adoquines formen parte de su encanto sigue sin entrar en conflicto con el hecho de que son agotadores para el caminante. Así que mis respetos y admiración a las checas. Esta mediterránea anduvo por allí con sus botas de montaña, feas como el demonio, pero calentitas y cómodas.

Las máquinas quitanieves se afanaban en dejar las calles transitables. Entre eso, el espíritu navideño y la fiebre turística, cuando subíamos por la calle Jilská ya estábamos envueltas en un torrente humano del que yo no daba crédito. “Pero esta gente no tiene casa, no tiene familia, ¿o qué?”, pensaba a la vez que me sorprendía el gesto de alegría inocente con el que Claudia contemplaba todo a su alrededor. Parecía una niña en medio de una juguetería. Había gente por la calle, gente en las cervecerías, gente en las tiendas de recuerdos, gente en las terrazas, gente yendo en la misma dirección y gente contradirección, gente en la absentería (¡a esas horas!, bueno, claro, con el frío que hacía), gente sacándose selfis… Cualquiera diría que una ola de (más) frío nos tenía a diecisiete grados bajo cero.

Dejamos la plaza Malé para adentrarnos en la de la Ciudad Vieja justo por donde está el archiconocido Reloj Astronómico. Faltaba menos de media hora para que diesen las tres en punto, y una aglomeración de brazos en alto sosteniendo móviles apuntaba en su dirección para capturar el momento. Buscamos un hueco entre la multitud y nos paramos a verlo, junto a los demás.

arriba

—¿Cómo funciona? ¿Lo sabes? —me preguntó Claudia, de nuevo casi desnucada, mirando hacia lo alto de la torre.

—Claro, no es difícil, lo que pasa es que tiene muchos elementos dando diferente información al mismo tiempo, pero piensa que este reloj tiene más de seis siglos. Las aplicaciones del calendario solar que tenemos instaladas en el móvil no han inventado nada nuevo.

—Seis siglos…

—Es del año 1410. Entonces se creía firmemente que la Tierra era el centro del universo y que el sol daba vueltas a su alrededor. Vamos a centrarnos en la esfera de arriba: justo en el centro está la Tierra. La parte superior representa al cielo, por eso es de color azul. En esa zona, a la izquierda, se puede leer ORTVS, en referencia al punto cardinal este; y a la derecha OCCASVS, el oeste. Después está la parte roja, donde aparece escrito, a la izquierda, AVRORA, es decir, el amanecer; y a la derecha, CREPVSCVLVM, o sea, la puesta de sol. Ya sabes, porque amanece por el este y anochece por el oeste. La parte más oscura, justo debajo de la Tierra, son las horas en que el sol está oculto, la noche.

—Ajá.

—Mira las líneas doradas que salen del centro, donde está la Tierra, hacia arriba. Cada una de esas divisiones del cielo son las horas solares. Además, hay un círculo concéntrico a la Tierra que también divide. Las horas solares son más pequeñas dentro de ese círculo y más grandes fuera, porque son más cortas en invierno y más largas en verano. Y esto está en relación con la parte oscura de la noche, claro. Ahora, ¿ves la saeta donde está la mano dorada? Bueno, pues esa mano nos señala cuántas horas solares, indicadas con los números arábigos, han pasado desde el amanecer.

—¡Ostras, Pedrín!

—La posición de esa misma mano sobre los números romanos nos está dando la hora local. Como verás, no es un reloj convencional con seis horas en la mitad izquierda y otras seis en la derecha. Este reloj nos marca el mediodía arriba y la medianoche abajo. Las doce horas a la izquierda son ante meridiem, y las doce horas a la derecha, post meridiem. O sea, las horas AM y PM de los relojes digitales.

—Hala… ¿Y esos números tan raros que hay en el anillo de fuera?

—Son los números schwabacher, la tipografía en que están escritos. Esos números cuentan las horas como se hacía antiguamente en Bohemia, desde la primera hora del anochecer. Por eso, ese anillo gira en relación con el disco que hay en el interior y que te voy a explicar ahora, porque el anochecer se da a una hora distinta en verano y en invierno.

—Sigue, porque estoy maravillada con la máquina ésta.

—Normal, si es que es un tesoro, una joya, una… un… Bueno, sigo. El disco interior es el anillo zodiacal. Como verás, los signos aparecen en orden contrario a las agujas del reloj. Es porque así se proyecta en plano la bóveda celeste, en este caso, del hemisferio norte. Fíjate que en la misma saeta donde está la mano, hay un sol a la altura del anillo zodiacal, que nos dice que ahora estamos ya en capricornio. Y luego, observa que justo en la línea divisoria entre piscis y aries, hay una pequeña saeta fija con una estrellita dorada, ¿la ves? Esa estrella nos dice la hora sideral, y también nos indica el equinoccio de marzo. En ese momento del año, el sol y la estrella están juntos.

—Anda…

—El anillo zodiacal se mueve acompañando al sol en su paso por las horas, señaladas por la mano, girando así por toda la esfera cada 24 horas. Pero, además, gira sobre sí mismo, en relación con el anillo exterior de los números schwabacher, a lo largo de los doce meses del año. Al hacerlo, el sol sube y baja por la saeta de la mano. De este modo, nos informa de lo cortas o largas que serán las horas solares. En los signos correspondientes a los meses de invierno, el sol está en el círculo concéntrico en que las divisiones son más pequeñas; mientras que en verano el sol está más cerca del anillo exterior, donde las divisiones son más grandes. Por eso giran ambos, el uno en relación con el otro: recuerda que el de fuera es la hora de Bohemia, que va con el anochecer. Y por si esto fuera poco, hay una saeta con una bolita, ¿la ves? Este reloj también nos dice dónde anda nuestro satélite y en qué fase lunar se encuentra.

—Entonces, a ver, recapitulando: la hora local, la hora solar, la hora bohemia, la constelación zodiacal de ese momento…

abajo

—Espérate, que no he acabado. Vámonos a la parte de abajo, el calendario, que es una réplica de 1870. El original está en el museo de ciudad. Como podrás observar, contiene dos anillos de esferas: en el interior, más pequeñas, están pintados los doce signos zodiacales; en el exterior, más grandes, los doce meses del año con información sobre el proceso de las cosechas correspondiente a cada uno. Alrededor de la esfera, además, hay 365 divisiones con el nombre del santo del día.

—Vamos, el internet de la época.

—Pues casi. A ambos lados hay cuatro figuras: el filósofo, el ángel, el astrónomo y el cronista. Y, por último, en la parte de arriba, hay otras cuatro, que son alegóricas: la vanidad, la avaricia, la muerte y la lujuria. A las horas en punto, todos mueven la cabeza, menos la muerte. Las puertas de arriba se abren, para que los apóstoles se asomen y el gallo salude. Y finalmente suenan las campanas de la hora que sea.

Evidentemente, nos esperamos a las tres para que Claudia viese el reloj en acción. Creo que a estas alturas ya se había olvidado del novio y de la checa, y que estaba disfrutando. Me sentí bien por ella y por mí, porque me gustaba ser útil y haber podido ayudarla. Al final, ayudarnos los unos a los otros también da sentido a nuestra vida y nos define como personas.

Una hora y tres bolsas de souvenirs convertidos en regalos de Navidad más tarde, paseábamos por el otro lado del río, la parte baja de Malá Strana, donde vimos el muro de John Lennon. Cruzamos el puente de las legiones y nos metimos en el Café Slavia, uno de los lugares emblemáticos de la ciudad.

Venero las ciudades que defienden la cultura como uno de sus bastiones identitarios y consiguen así mantener en pie con el paso del tiempo cafés de tertulia, teatros, museos y otros puntos de encuentro en que los intelectuales de cada época contribuyan a solidificar sus cimientos. Praga es así, ha sido cuna de escritores, poetas, filósofos, músicos, dramaturgos, pintores… Y se nota. Uno de los escenarios en que confluyeron los artistas en esta ciudad es el Café Slavia, que aparece citado en la literatura de Franz Kafka, Rainer Maria Rilke y Jaroslav Seifert, tres de los nombres propios más conocidos en el mundo ligados a esta región. En la portada de la carta aparece “El bebedor de absenta”, de Viktor Oliva. Envueltas de tal halo de cultura e intelectualidad, merendamos acompañadas por el sonido del piano que un señor rechoncho de coloradas mejillas tocaba absolutamente ensimismado. Siempre me cautivó la facilidad que tienen los músicos para evadirse del mundo.

Justo cuando acababan de atendernos, vimos tras los cristales que comenzaba a nevar de nuevo. Saqué mi móvil y consulté el estado de mi vuelo. “Delayed”. Mira, de verdad, qué incertidumbre. Le comenté a Claudia que íbamos a merendar tranquilamente, pero que regresaríamos al albergue nada más terminar. Al menos, yo. No tenía mucho equipaje que hacer, pero quería estar lista para salir hacia el aeropuerto, no fuese que en cuanto volviesen a estar operativos los aviones, no me pillase allí y lo perdiera. Claudia se solidarizó con mi preocupación hasta tal punto que se tomó su capuccino y su pedazo de tarta antes que yo.

Pero cuando salimos del café, vimos que la cosa se ponía aún más seria. No sólo nevaba, hacía un viento racheado preocupante y una sensación térmica de menos ochocientos grados. Un horror. Tardamos el triple en regresar de lo que nos había costado el paseíto del mediodía. Me pregunté cómo estarían lidiando con este temporal las checas que calzaran zapatos de tacón de aguja, pero volví al presente cuando, nada más llegar al albergue, me encontré a un apesadumbrado Stefan.

—My flight’s been cancelled. Do you know something about yours?

—Ay, su puta madre…

Traté de sacarme el móvil con los guantes puestos, pero como la abertura del bolso no era muy grande y yo con los guantes soy peor que Tarzán bordando florecillas, no atinaba a agarrarlo y se me escurría, y al escurrírseme, no sé yo cómo, siempre acababa debajo de todas las demás cosas, que tampoco eran tantas, pero dado el nivel de ansiedad y nervios que estaba comenzando a alcanzar, era como si mi bolso se hubiese convertido en el de Mary Poppins y el móvil se me hubiese quedado atrapado entre la maceta, el perchero y el paraguas, y yo en lugar de dedos tuviese pinzas de depilar las cejas. Un desastre todo. Al fin, pensé con suficiente lucidez, me quité un guante y pude mirar el móvil. Ahí estaba la palabra fatídica.

—Oh my goodness…

—Cancelled?

—Yes.

Me dejé caer en lo primero que pillé, que no fue nada estable. Claudia intentó agarrarme a tiempo, pero no lo consiguió. Stefan seguía apesadumbrado e inmóvil. Y yo acabé sentada de una culada en el suelo. Permanecimos en silencio durante bastantes minutos. O igual sólo fueron unos pocos que a mí se me hicieron eternos, a saber. El caso es que sólo pude llegar a dos conclusiones. La primera era que menudos tres pringados de pacotilla estábamos hechos. Y la segunda, que Stefan y yo debíamos ir al aeropuerto igualmente a hablar con las compañías, para ver si podríamos salir en otros vuelos o nos iban a indemnizar de alguna manera.

Cuatro horas más tarde estábamos los tres cenando dos pizzas en la cantina del albergue. Las previsiones meteorológicas apuntaban a que el temporal iba a durar dos días más y el aeropuerto estaba atestado de viajeros que se iban a ver atrapados en Praga en contra de su voluntad durante las fiestas más familiares del año. Masticábamos cabizbajos, pensativos, ausentes, en silencio. Conformábamos una estampa de lo más deprimente. Y continuamos siendo patéticos cuando recogimos la cantina arrastrando los pies (y el ánimo), a ritmo de procesión de Semana Santa. En aquel momento, yo creo que Claudia era la que mejor se encontraba, porque hacía lo posible por animarnos a Stefan y a mí, pero la pobre no lo conseguía.

Al día siguiente, nos levantamos más tarde, desayunamos desganados y ganduleamos toda la mañana. Continuamos estando más bien en silencio durante la comida. Nadie se atrevió a proponer planes de ningún tipo, así que Stefan se metió en la oficina, a trabajar en Dios sabe qué, y yo intenté centrarme en la lectura de “A sangre fría”, de Capote. Claudia desapareció sin que nos diésemos cuenta. Nos dimos cuenta cuando, sobre las cuatro de la tarde, volvió a aparecer dando gritos como una loca.

—Stefan! Come here!

Atónita ante esta nueva faceta autoritaria de mi recién hallada amiga, contemplé cómo Stefan obedecía cual perro pachón. Nos miró a ambas. Yo los miré a ambos. Claudia nos miró a ambos. Menos mal que no había más gente a la que mirar.

—Esto no puede ser. This cannot be. Nos hemos quedado aquí solos, sí, pero es Nochebuena y algo que habrá que hacer. We’re here alone, yes, but it’s Christmas Eve and we have to do something. No podemos quedarnos tristes y furiosos encerrados en este sitio. We cannot stand sad and angry closed in this place. La vida también es esto, ¿no? Pero es Navidad, estamos juntos, celebremos eso. Life is this too, isn’t it? But it’s Christmas time and we’re together, let’s celebrate that.

Aguanté dos segundos la risa después de que terminase y luego exploté a carcajadas. Durante todo el discurso su tronco había estado rotando hacia uno y otro lado, según el idioma que emplease, para dirigirse a Stefan y a mí, y eso me había hecho muchísima gracia. Ahora sabía qué había estado haciendo todo el tiempo que había estado por ahí perdida.

—¡Seguro que lo has escrito, lo has memorizado y lo has ensayado en el baño!

Claudia agarró un cojín del sofá donde me había acomodado a leer y me lo tiró a la cabeza. Stefan al principio nos miraba como si estuviésemos locas, pero luego se relajó y terminó sonriendo y todo. Cuando se me pasó la risa, me dirigí a él:

—She’s right.

—I know.

—Shall we go out for dinner?

—Where?

—Wherever, it doesn’t matter, the first place we see that looks familiar and cosy.

—All right. Let’s do it.

Claudia empezó a dar saltitos. Y luego nos abrazó. Y después nos tiró del brazo para que fuésemos a arreglarnos para salir. Y finalmente acabamos los tres cenando en Nochebuena estofado de carne y brindando con cerveza en las “siete cucharas”. A la salida, vimos un chiringuito abierto donde hacían trdelniks con almendras, con virutas de colores y con Nutella, y fuimos los tres de cabeza a comprarnos uno cada uno. A falta de turrón…

Mientras nos deleitábamos con el postre, paseamos por Malá Strana subiendo hacia el castillo. Tuvimos un momento de silencio que dedicamos a pensar en nuestras familias y amigos. Decíamos alguna chorrada de vez en cuando, provocando risillas tontas, pero sentíamos la nostalgia a flor de piel, la propia y la de los otros dos.

Cuando llegamos al mirador, nos vimos ante una estampa preciosa. Una Praga blanquísima se extendía a nuestros pies. Era tan intenso el blanco de la nieve, que aun en la oscuridad de la noche contrastaba con el cielo negro. Miles de lucecitas brillaban, en las calles, en las casas, en las carreteras allá más lejos. Era una imagen realmente hermosa.

—You know what? —empecé a decir. —Maybe Claudia is a kind of angel sent from heaven to remind us nothing that could happen is so serious if you have someone who makes you forget it for a while.

—That’s true —respondió Stefan. —Thank you, Claudia.

—You two are so cute… I wonder why you’re not together… —dijo la muy cabrona.

—I wonder too.

Tras soltar eso, Stefan me miró con unos ojos dulces que no le había visto en la vida, pasó su brazo por mis hombros y me atrajo hacia sí. El beso me lo dio en la frente, pero a mí me pareció tan tierno que me derretí pese a toda la nieve que nos rodeaba. Seguramente se me puso cara de idiota porque Claudia se vengó de mi reacción de la tarde y la que reventó a carcajadas en ese instante fue ella. Le pegué con suavidad en el brazo por su maldad.

—Me salvaste la vida. —dijo poniéndose más seria. —Aquí el único ángel eres tú. Feliz Navidad, Nat.

—Feliz Navidad.

—Merry Christmas.

Y así fue como pasé aquellas Navidades en Praga. Y me volví a liar con Stefan. Y me hice superamiga de Claudia. Y todo lo demás, no importa, porque lo único que realmente cuenta es el amor y la amistad, que no en vano comienzan igual. Pues, ¿dónde nace la Navidad, si no en el acto de amar?

 

© Vicente Ruiz, 2019

 

Queridos lectores:

Os deseo felicidad. Y si sentís que os da la espalda, deseo que encontréis la fuerza para buscar en vuestro interior y encontrar la luz que os traiga el amor de vuelta. Sin él, no puede haber felicidad posible. 

Que tengáis unas felices fiestas.