Canción de Papá Noel

Se despertó fatigado, hastiado, malhumorado, agotado, derrotado. Contra su voluntad, el mundo le había contagiado de su enfermedad. Y no, no se trataba del Covid; sino del egoísmo, el egoísmo salvaje de arrimar el ascua a su sardina, hacer leña del árbol caído y pescar en río revuelto. La enfermedad había sacado lo peor del ser humano.

Los elfos lo miraron ponerse en pie para calentarse un chocolate a la taza. Necesitaba endulzarse. Había galletas de jengibre, pero hasta el apetito había perdido. Sus mejillas no estaban sonrosadas, sus ojos lucían ojeras y la barba llevaba varios días sin arreglar.

Con la taza humeante asida por sus regordetas y enormes manos, se asomó a la ventana. Un campo de brillantes refulgía con el débil sol de la mañana del 24 de diciembre. La nieve parecía recién tamizada sobre la ladera. Pero hasta le costaba ver belleza en el paisaje, blanco hasta el dolor de ojos.

—Noel —dijo uno de sus elfos. —Es la hora. Hay que prepararse.

—¿Tú crees que este año es oportuno? —preguntó entre la duda y la ironía.

—Este año más que nunca, Noel —respondió. —Hay que creer en él.

Ante las palabras del elfo, acudió a su sillón y se sentó. Cerró los ojos. «Hay que creer en él», se decía. Pero le costaba. La humanidad tampoco creía ya. Y era vital. La magia de la Navidad no residía en su figura, ni en los regalos; tampoco en las luces, los dulces, las fiestas. Se suponía que aquellos días eran una celebración del amor. Pero en el mundo el amor se agotaba.

Sus escasas motivaciones se diluían entre las sombras que generaban estos pensamientos. De repente, notó que alguien le daba varios toquecitos en el brazo. Abrió los ojos de nuevo y vio al mismo elfo de antes portando el Espejo de la Infancia. Jamás había tenido que usarlo, pero ante las extremas circunstancias era preciso. Urgente, incluso. Se lo colocó frente al rostro y pudo verse a sí mismo a los cinco años. No hizo falta más. Cerró los ojos e inmediatamente sintió la conexión.

Todos los niños del mundo aparecieron en su mente. Sonrió, volvía a ver la luz dentro de él. Pero se percató de algo insólito: todos los niños del mundo abultaban diez veces más que otros años. No podía ser. ¿A qué se debía? Entonces, una revelación tuvo lugar en su interior: la mayoría de aquellos niños estaban encerrados en almas mayores. Centró toda su atención en ellos. Estaban angustiados. Habían sido olvidados. Los adultos en los que se habían convertido los tenían prisioneros, incomunicados, aislados y atormentados.

—Gracias —dijo dirigiéndose al elfo. —Muchas gracias.

Se levantó, pidió a los elfos que se pusieran manos a la obra, y salió de la cabaña. Había llegado la hora de organizar a los renos. Tenía mucho trabajo que hacer. Se enfrentaba, posiblemente, a las Navidades más complicadas en mucho tiempo. Pero ya no perdió la luz que lo inspiraba: el amor.

Con mis mejores deseos de salud, paz y prosperidad, que paséis una Feliz Navidad.

© Vicente, 2020