Querido tío Antonio

Llevo mucho sin escribirte. El tiempo ha pasado sin rémora y yo no he sabido encontrar el momento de coger papel y pluma, y ponerme a ello. No daré excusas; trataré de mejorar en el cumplimiento de mis compromisos. Por el momento, aunque tarde y mal, aquí estoy de nuevo, contándote.

Estuve en Madrid en noviembre, con tus hijas. Están bien, muy bien. Sobre todo, cuando están juntas, que se pasan el rato riendo, así, con todos los dientes. Se miran y les brillan los ojos. Veo esa unión que hay entre las hermanas que se han criado juntas. Siempre añoré eso, una hermana mayor con quien entenderme; que se apoyase en mí y yo en ella. Eso es lo que veo cuando las miro. Y es muy bonito.

Me quedé una semana. Tenía ganas de disfrutar de la ciudad y de sus oportunidades. Pasé un día entero en el Museo del Prado. Vi la exposición dedicada a Sofonisba Anguissola y a Lavinia Fontana. Me encantó, fue una delicia descubrir a estas dos pintoras tan delicadas. También vi la sala con los dibujos de Goya. Luego me acerqué a contemplar sus pinturas. Goya es soberbio. Pero, ay, amigo, es que Velázquez también es mucho Velázquez. Subí a ver el Tesoro del Delfín y me quedé a vivir durante un tiempo entre los bodegones, las pinturas dedicadas a los sentidos y los paisajes de la escuela flamenca. Qué barbaridad, qué maravilla todo. Con Sorolla me tomé el aperitivo, porque la comilona me la di en su casa-museo varios días después. Don Joaquín pintó la luz y el aire del Mediterráneo como nadie. También visité el Museo Reina Sofía: la chica en la ventana de Dalí; y, claro está, el Guernica.

Tu hija se pasó la semana llevándome a sitios donde tomarnos el tentempié. «Ésta es una de las tabernas más antiguas de Madrid», quedó acuñado como lema de mi estancia allí. La cerveza con papas en Santa Bárbara; mis primeros callos en Casa Ciriaco; el vermú con banderillas en Casa Emilio; el regreso a La Dolores; una comida tremenda en Casa Benito. Ella y tu yerno fueron muy generosos conmigo.

El día de Santa Cecilia fue muy especial, porque inauguré tres puentes nuevos. Los que me permiten acceder a personas mágicas, maravillosas. Habíamos hablado antes muchas veces, por mensajes, pero para mí fue importante que nos viésemos. Fue bonito ver sus ojos y sus sonrisas, escuchar sus voces, abrazarnos. Ahora ya nos tenemos. Y espero que sea por mucho tiempo.

Del concierto en el Auditorio Nacional con la Orquesta Nacional de España salí llorando. Aplaudía, me secaba los ojos y volvía a aplaudir y me los volvía a secar. Stendhal a máxima potencia. Tu hija se reía de mí. Normal. La última tarde, me fui a pasear a solas, calle Alcalá abajo, hasta la Cibeles. Hacía frío. Durante toda la semana hizo frío. También llovió. Pero esa última tarde pude salir sin el paraguas.

Pienso a menudo en aquellos días. Son lugares seguros en mi memoria. Recuerdo la primera tarde por Fuencarral, el mercado de San Ildefonso y Chueca; el fantástico hallazgo, toda una sorpresa, de la librería Miguel Miranda, en la calle Lope de Vega, una noche lluviosa; las mañanas empapadas por la Madrid más castiza, intentando, sin conseguirlo, visitar el Palacio Real; el sábado de tregua al sol por Chamberí; la tarde, encantados como niños, en la tienda de chocolates; o aquel último paseo bajo las recién inauguradas luces navideñas; mis pensamientos rondando la posibilidad de buscar un hogar allí, donde todo me recuerda a cariño, a bienestar, al refugio de la familia y la amistad. ¿Acaso no lo tengo ahora? Sí, lo tengo. Pero hay tanto mundo, tantas miradas, tantos cielos, tantos caminos que no he andado todavía. Ya ves, a todo le doy vueltas. Así estoy de tarambana.

Echo de menos tus cartas. Y tu risa de ojos achinados. Tu hija se ríe como tú. La miro a ella y te veo a ti. Igual que te miraba a ti y veía a mi abuela. No podéis negar que sois familia, caramba.

Ahora tengo que dejarte. Meteré estas líneas en un sobre y lo guardaré donde todos los demás. Después, seguiré con mi vida sencilla y mi cabeza compleja, llena de miedos, dudas e inseguridades. Volveré a Madrid pronto, que ahora también siento como otro hogar lejos del mío, aunque sólo sea para contarte cómo va todo por allí. Pero, ya sabes, puedes estar tranquilo, todo sigue bien. Y lo que no está bien, se irá arreglando, poco a poco, o en eso habrá que confiar.

Cuídate mucho, tío, allá donde estés. Os llevo conmigo.

Con todo mi cariño,

Tu sobrina.

© Vicente Ruiz, 2020

Del cielo a Madrid

Lo primero que dicen de Madrid es que desde el momento en que te quedas a vivir en ella, ya eres madrileño. Incluso una vez conocí a un señor que afirmaba rotundamente que los madrileños más madrileños son los que llegaron de fuera de Madrid. Tiene su lógica, si te paras a pensarlo. Supongo que es la manera en que las familias que fueron a la capital a por una vida mejor y la encontraron, aun con mucho esfuerzo, agradecen que sus hijos tuvieran mayores esperanzas que las que podrían haberles proporcionado en sus lugares de origen. Pasa en otros sitios también. En Valencia, no había un valenciano más valenciano que mi abuelo, que era aragonés. Y recuerdo, por poner otro ejemplo más, a Serrat, en una entrevista de televisión, contando que su madre, zaragozana, había dicho una vez: «Yo soy de donde son mis hijos».

De Madrid es todo el mundo que vuelca en ella sus ilusiones, coge la maleta y su book fotográfico, o su guitarra, o su máquina de escribir (bueno, quizá esto ya no), o su repertorio de roles, o su cámara de fotos, o lo que sea que le haga soñar y querer vivir esos mismos sueños, y se lanza a sus calles a empapelarlas con su currículum.

De Madrid es todo el mundo que huye de sus fantasmas, de sus realidades oscuras y de sus miedos, o todo el mundo que huye de huir y va allí a enfrentarse definitivamente con todo. Porque no es el paraíso, pero tiene muchas dosis de oasis, las de las oportunidades que te brinda una ciudad grande y llena de gente de lo más variopinta.

De Madrid, supongo, es todo el mundo que quiera formar parte de su mosaico. Lo descubrí la primera vez que planté los pies a las puertas de Atocha; cuando, al día siguiente, desayunaba churros y un café con leche en el barrio de la Prosperidad; mientras paseaba por el Retiro, admirando la rosaleda, el Ángel Caído, los caminos y sus caminantes, fotografiando el Palacio de Cristal y las barcas sobre el estanque; al bajar por la calle de Alcalá, atravesar la Puerta del Sol, adentrarme por Postas y acabar con la boca abierta ante la majestuosidad de la Plaza Mayor; cuando me perdí en el rastro, entre la calle Toledo y la Ribera de Curtidores y todos los trastos, cachivaches, antigüedades y demás enseres que fui encontrándome por el camino; mientras me emocionaba con Goya, Velázquez, Rubens y todos los demás, a lo largo de las galerías interminables del Museo del Prado; al disfrutar de una cerveza y unas tapas en La Dolores; cuando vi caer la noche sobre el Manzanares desde el puente de Segovia para después acabar en el Mercado de San Miguel; mientras regresaba por la Castellana al abrigo del apartamento.

La línea entre el madrileño y el foráneo es tan fina como quiera que lo sea el foráneo. Porque en Madrid sólo depende de ti, si te sientes en casa o no. Yo lo noté casi al instante y ese sentimiento fue creciendo paulatinamente durante las horas que disfruté de la ciudad. Quise quedarme. Buscar trabajo, un piso y continuar saboreando las mieles de sus anchas calles, sus largos paseos, sus frondosos jardines, su oferta cultural, social, gastronómica. Volver a empezar. Porque Madrid es lugar de principios.

Luego resultó que no se puede abrir una nueva etapa sin haber cerrado la anterior. Madrid dejó de ser una posibilidad para quedarse en un mero sueño. O, quizá mejor que eso, la excusa para volver.

De Madrid al cielo, dicen. Por suerte, no soy creyente.

© Vicente Ruiz, 2018