Ejercicio de escritura

Qué bonito es escribir. Un infierno. Tan satisfactorio. Horas y horas dándole vueltas al parrafito ése de los cojones. Hay algo en la escritura que no tiene ningún otro oficio. Las ganas de tirarse por el balcón. Cuando fluye, todo cobra sentido. Pero ¡qué puta mierda de capítulo!

Divino me ha quedao. ¿Y este personaje? ¿Qué pinta aquí este puto personaje? El mejor protagonista de la historia. Voy a rociar el portátil con amoníaco. Pulitzer, ven a mí. No le va a gustar a nadie. Buah, lo voy a petar. ¿Y si lo vuelvo a empezar? Así se queda, oye.

Todo esto, mejor lo borro. Joder, he perdido lo que había borrado. Que no se me olvide esto luego. Mierda, no me acuerdo de lo que se me ha ocurrido antes. Así está perfecto. Si estuviese en papel, lo quemaría. No me publicará nadie en la vida. Se me van a rifar. Ahora me toca ir atrás para meter pistas de esto que se me acaba de ocurrir. ¿Cómo sigo? Supercoherente esto. Nada tiene sentido.

Qué divertido este diálogo. Ni puta gracia tiene. Voy a guardar esta versión por si acaso. Inicio, guardar como: Novela2 (28).docx. Por si acaso, lo guardo en Dropbox. ¿Cuál era la versión buena? Vic, ¡céntrate! Voy a la nevera un momento.

Me fluye, me fluye (se acuesta a las 5:32h AM). Voy a aprovechar que anoche no me fluía y me acosté pronto para escribir por la mañana (pasa la mañana mirando Twitter e Instagram). Tengo mis mejores ideas ahora que estoy en el cine. 3h delante de la pantalla y ni una frase entera.

¿Y si convierto la novela en un guion? «Int. Salón casa. Noche: Cuentacosas escribe chorradas». Mejor sigo con la novela. Buah, qué historión me está saliendo. Debería estudiar las oposiciones. No se ha escrito nada así. Fijo que esto ya lo ha contado alguien.

Qué bonito es escribir. No, en serio. Creo. El problema es que cuesta. Cuesta mucho. A veces es agotador. No encuentras las palabras; o las encuentras, pero no tienes claro lo que quieres transmitir; o lo tienes claro, pero tu cabeza no está despejada; o lo está, pero no encuentras las palabras. Da igual, relatos más largos, o más cortos, o series. Da igual reflexiones, que ficción. Da igual narrativa, que algo dialogado en formato teatral, que poemas que no riman, o, aunque rimen, da igual. Pasas horas enteras y seguidas, bueno, a veces, intermitentes, con las yemas de los dedos pegadas a las teclas y las pupilas, ahí al fondo de tus ojos, pegadas a las letras que van brotando en la pantalla del portátil, al tiempo que la mente las pronuncia, y tú las escuchas en el silencio de la burbuja que has creado para ti. ¿Lo leerá alguien? ¿Y sentirá algo al leerlo? ¿Conectará conmigo sin saberlo?

Qué bonito es escribir. No, en serio. Creo. Voy a probar con el dibujo.

© Vicente Ruiz, 2021

Política

(Dos personas entran en un gastrobar y se sientan en la mesa libre que hay justo en el centro del local).

PERSONA 1: ¿Qué te ha parecido la obra?

PERSONA 2: Fantástica, qué manera soberbia de azuzar a la supuesta intelectualidad de la derecha desde el discurso final por la defensa de los derechos civiles.

PERSONA 1: Cierto.

PERSONA 2: También me ha gustado la manera de compensar eso cuestionando el progresismo a través de sus incoherencias, poniendo en evidencia así lo endeble de nuestro sistema de valores.

PERSONA 1: Totalmente de acuerdo.

PERSONA 2: Luego están las interpretaciones, ¿eh?

PERSONA 1: Sí, qué elenco, si es que tenemos unos actores fabulosos.

PERSONA 2: La dramaturgia española está de enhorabuena.

PERSONA 1: Voy a subir a Instagram una foto que he hecho al escenario antes de que empezase la función.

PERSONA 2: Sí, yo también.

PERSONA 1: ¿Tú crees que todo lo que hacemos lleva implícita una marca ideológica?

PERSONA 2: ¿A qué te refieres?

PERSONA 1: Sí, por ejemplo: ir al teatro es muy de abogar por la cultura, y la cultura es cosa de la izquierda, claramente, porque todos sus portavoces son de izquierdas, así que ir al teatro es de izquierdas.

PERSONA 2: Pues no me lo había planteado nunca, mira…

PERSONA 1: Sin embargo, presumir de haber ido al teatro a través de una red social con las fotos que nos hemos hecho en nuestros dispositivos de la manzanita mordida, haciendo uso de los datos móviles de una macrocompañía de telecomunicaciones es algo más de derechas.

PERSONA 2: ¿Tú crees?

PERSONA 1: Claro… ¿No?

PERSONA 2: Entonces, si yo ahora me pido una cerveza, ¿eso es más de izquierdas que pedirse un vino?

PERSONA 1: Hombre, pues depende de la cerveza que te pidas, porque pedirse una IPA es lo más pijo que hay.

PERSONA 2: Bueno, pijoprogre más bien, ¿no?

PERSONA 1: No. Pijo. A secas.

PERSONA 2: Pues como pedirse un vino y enjuagarse la boca con él, perdona que te diga.

PERSONA 1: Es que también dependerá del vino, digo yo.

PERSONA 2: ¿Y si te tomas un calimocho? Eso debe de ser antisistema total.

PERSONA 1: Claro, superantisistema, sí. Un calimocho, que lleva Coca-Cola, que es la compañía representativa de Yankilandia en todo el mundo, cuna del capitalismo más exacerbado.

PERSONA 2: Pues te lo pides con refresco cola de marca blanca.

PERSONA 1: ¿De qué cadena de supermercados para enriquecer a qué empresario que luego va a evadir impuestos en Andorra?

PERSONA 2: Entonces ni cerveza ni vino… ¿Un gintonic?

PERSONA 1: No, porque ahora, además de sembrar un jardín tropical dentro de la copa, te lo acompañan con un surtido de gominolas, que no sé si será de izquierdas o de derechas, pero te deja las muelas picadas y, además, engordan.

PERSONA 2: Es verdad.

(Ambas personas leen y releen con detenimiento la carta).

PERSONA 1: ¿Lo tienes claro?

PERSONA 2: ¿El té es de derechas?

PERSONA 1: El té es chino, y si es chino, es comunista.

PERSONA 2: Demasiado extremo, entonces.

PERSONA 1: ¿Qué te parece un chocolate a la taza?

PERSONA 2: Uf, ahora no me apetece a mí un chocolate a la taza…

PERSONA 1: Pero ¿cómo lo considerarías?

PERSONA 2: El chocolate es universal. Si hay algo que une al mundo es el chocolate.

PERSONA 1: Pero tienes razón, a estas horas como que no pega ya un chocolate a la taza…

(Se acerca el camarero).

CAMARERO: ¿Qué les pongo?

AMBAS PERSONAS: Agua.

CAMARERO: ¿Del grifo o embotellada?

© Vicente Ruiz, 2020

Hijas

—Que no es que sea supersticiosa, mamá, es que la realidad es la que es, que no es otra, y es que el año pasado no adorné la casa y mira tú el 2020 de mierda que hemos tenido todos.

Paula era así. Y como su madre ya la conocía, pues lejos de sorprenderse, se temía lo peor.

—Hija, a ver si con las lucecitas ahora se va a poder ver tu terraza desde la estación espacial.

—Muy graciosa —dijo. —Oye, he hablado con Elena.

—Ay, la echo de menos, ¿se lo has dicho, que la echo de menos?

—¿Y darle la turra más, aparte de lo que se la das tú?

—Qué despegadas que sois, no sé a quién habréis salido, porque a mí no.

—Pues resta.

—«Piis risti» —remedó la madre a la hija. —¿Y qué te ha contado tu hermana?

—Que se está pasmando de frío, pero que está bien, entretenida estudiándose el acento escocés, porque en cuanto cogen carrerilla a la hora de hablar, la pobre se queda con la misma cara de Joey intentando multiplicar 853 por 517.

—Qué valiente es, ¿eh?

—Ya te digo, anda que me iba a plantear yo ahora irme a vivir a otro sitio.

—Mira, como te me vayas tú también, me da un patatús, que no gano para disgustos yo.

—¿Qué es ese ruido, mamá, qué haces?

—Es que ha saltado el pitorro de la olla exprés, he salido corriendo de la cocina y he cerrado la puerta.

—¿Por qué?

—Por si las moscas.

—Mamá, que es una olla exprés, no una bomba nuclear.

—Sí, bueno, nunca se sabe.

La sintonía del Skype comenzó a sonar desde el portátil de la madre.

—Mira, hablando de la reina de Roma…

—¿La olla exprés?

—¿Qué dices de la olla exprés? Tu hermana Elena, que me está llamando por Skype.

—Ah.

—Hola, Elenita, cariño, ¿cómo estás?

—Que te estoy llamando al móvil y me sale comunicando.

—Pauli, que me estaba haciendo una relación de todos los adornos navideños que ha puesto en casa.

—Mamá, que sigo aquí —dijo la aludida. —Oye, te cuelgo y me meto en el Skype yo también.

—Vale.

—¿Qué te dice? —preguntaba Elena. —Dile que se meta aquí.

—Pues eso me estaba comentando, que ahora se conectaba… Ay, mírala.

—Holiiiii, hermana —saludó Paula. —Mamiiii, así mejor, ¿verdad?

—Pues sí —sonrió la madre. —Qué guapas sois… En eso sí habéis salido a mí, mira.

—¿Cómo llevas mi ausencia?

—Mal.

—La lleva tan mal que ha puesto una bomba nuclear en la cocina —bromeó Paula.

—¿Cómo? Que estoy en Escocia y no entiendo ya las bromas valencianas.

—Hija, por Dios.

—La mamá, que no se lleva bien con la olla exprés —reía Paula.

—¿Pero cómo es posible eso, madre?

—A ver, que es que le tengo respeto, porque me da susto cuando se le sube el pitorro.

—Mamá, por favor, esa frase fuera de contexto te queda muy rara —empezó a despiporrarse Elena, seguida de Paula, ante la indignación de la madre.

—Si es que yo no sé para qué digo nada, que os reís de mí a la menor ocasión.

—Ay, mamá, pero qué harías tú sin nosotras —respondió Paula todavía riéndose.

—Que sepáis que, si seguís dándome estas sesiones de Skype, me dolerá menos pasar la Navidad lejos de casa —dijo Elena.

—Ay, mira, me voy a poner un vino, para la depresión y eso —comentó la madre.

—¡Cuidado con la bomba! —dijeron las hermanas.

—¡Quién teme una bomba teniendo de hijas a dos terroristas!

Para Paula Hijamayor y Elena Hijapequeña: la mamá os quiere mucho.

© Vicente Ruiz, 2020