La muralla

—¿Y tú, Violeta? ¿Estás enamorada?

Ya estamos. Qué cruz de comidas familiares, de verdad. Cuando no es un tío, es una prima, cuando no, el sursuncorda. Que tengo cuarenta años, por favor.

—Pues se ha quedado buena tarde —respondo mirando al infinito.

Todos ríen la gracia. Pero a mí sólo se me levanta una comisura, la otra se ha puesto a recordar cuando dos noches antes, en una cena de amigos, el puñetero de Leo me hizo la misma pregunta. Delante de «la persona». Ten amigos confidentes para esto.

«La persona». No soy de tener relaciones. Relaciones serias, quiero decir, con un cierto grado de compromiso. Siempre me ha costado mucho encontrar con quien ir cogida de la mano por la calle, porque me cuesta la vida entera tener gestos de cariño o de complicidad fuera del ámbito íntimo, son cosas que por lo general me incomodan. Soy así de rara. Pero no son sólo los gestos. Hay cosas peores. Eso de abrirse en canal al otro. Confiar hasta ese punto y dejarse llevar. No es que no quiera hacerlo, es que no sé hacerlo con tranquilidad. Siempre tengo la impresión de que aburro. O de que tal vez no debería de estar hablando de tal cosa o contando tal otra. Casi nunca encuentro con quien todos estos detalles fluyan solos.

«Pues con lo guapa que eres», dicen unos. «Ay, con lo que tú vales», lamentan otros. Oigo comentarios de este tipo una y otra vez, con Perico y con Mengana, es como una letanía, como un vía crucis, como un bocinazo al oído, como si me cayera una campana encima y entonces alguien comenzase a tañerla con el martillo de Thor, y yo ahí, tapándome los oídos, cerrando fuerte los ojos, haciéndome bolita, queriendo desaparecer.

Basta.

—Sí, lo estoy —dije. Todos me miraron sorprendidos. Proseguí, ya que el capullo de Leo me había dado pie. —Pero no importa, no está a mi alcance. Es como la maternidad, los hijos que ya no tendré. Es una parcela que se quedará en barbecho. Puedo vivir sin hijos y ser feliz. También puedo vivir sin pareja y ser feliz.

—Pero, mujer, que hay más peces en el mar. —Leo, por Dios, cállate ya.

—No necesito otro pez. Ni siquiera necesito el pez que quiero. Sigo con mi vida, tengo suerte de disfrutar de buena salud, vivir de algo que me gusta, en un piso que siento como mi hogar, de contar con amigos que me quieren y de tener una familia que me apoya. ¿Que no tengo a nadie a quien contarle mi día cuando llego a casa después del trabajo? Pues no. Tampoco tengo un Ferrari aparcado en la puerta. Ni dinero para irme de viaje una vez al mes. A veces cuento los días con los dedos de las manos y me faltan manos para llegar al que toca el ingreso de la nómina. Sí, en ocasiones echo de menos un abrazo. Y un beso. Un beso largo, lento, de los que te hacen suspirar por la nariz mientras sueltas lo que llevas en las manos para rodear el cuerpo del otro. Pero puedo vivir sin el Ferrari, sin viajar una vez al mes, haciendo cuentas de lo que tengo que pagar y lo que no. Y desde luego, puedo vivir sin el abrazo y sin el beso.

—Pero eso… Es muy triste, ¿no? —suelta mi amiga Ruth.

—Claro, es mucho mejor vivir en una frustración eterna porque encontrar al amor de tu vida, al final, no depende de ti —ironizo.

—Pero se es más feliz en pareja. Vamos… es que ni punto de comparación… —insiste, la muy petarda.

—Yo creo que se es feliz de forma distinta. No me creo menos feliz que tú. Ni más, por supuesto.

—¿Y por qué tiene que ser esa persona y no otra? —pregunta Ruth a pesar de mi mirada asesina.

—Querida amiga, ¿por qué te casaste con tu marido? ¿Acaso fue una elección consecuencia de un «pito, pito, colorito»?

—Pero tía, llevábamos tres años de novios, nos teníamos muy fichados ya, ¿eh?

—Pero te casaste. Porque era él. Porque pensabas en tu futuro y lo veías a él. ¿O no? No me digas que te casaste por montar la fiesta, que te tiro un zapato a la cara.

—Si dice eso, yo le tiro otro —apunta el marido en cuestión, Rober.

—Lo que quiero decir es: ¿cómo descartas ya de antemano cualquier otra alternativa? —Ruth a la suya.

—Por favor, Violeta, deja que mi mujer aclare primero que se casó porque nos veía juntos toda la vida.

—Ay, cállate, pedorro. Pues claro que me casé por eso, ¿tú te crees que te iba a estar aguantando aún si no fuese así? —dice Ruth, como si Rober no tuviera que aguantarle a ella. —Responde, Vi.

—Sois como Pepa y Avelino —pienso en voz alta. —Porque ya no soy una jovencita, cariño. Ya tengo mis golpes y mis cicatrices. Siempre fue difícil. A medida que pasan los años, aún lo es más.

—¿Y esa persona? —Leo, erre que erre.

—Esa persona es extraordinaria. Es la única que tumbaría la muralla. Pero no será así y no pasa nada. La vida es corta. Me ocupo y me preocupo de mí y de los que ya están en mi vida. No necesito a los que no están.

—¿Y no te preocupa morir sola? —Ruth, la alegría de la huerta.

—Todos morimos solos.

—Touché —dijo «la persona». —La soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes. Schopenhauer. Violeta, los has dejado noqueados, enhorabuena —dijo sonriéndome. —Ha sido un placer veros, pero me voy a casa ya.

Y así fue como se levantó, dio la espalda a mi muralla y se alejó, sonriente.

—Pues se ha quedado buena tarde —contesté en la comida familiar, dos días después. —Me voy a dar un paseo.

Y así fue como me levanté, cogí mi muralla y me alejé, sonriendo.

© Vicente Ruiz, 2018

En dos

Objetivamente, no era guapo. Tenía la cara larguirucha, lechosa y cubierta de pecas. Sus ojos eran de esos que tienen la pupila muy dilatada y el iris, verde pardo, muy fino. Era como las espigas del trigo: rubio, alto y delgado. Objetivamente, no era guapo, pero, como decía mi madre, era salao. Porque quién quiere un guapo, si el guapo no es risueño, ni se empeña en hacerte reír. Quien te saca la sonrisa, ya es guapo, aunque no lo sea. Así que, subjetivamente, era lo más bonito del mundo entero.

Crecimos juntos, jugamos juntos, correcorrequetepillamos juntos, merendamos juntos. Y cuando estábamos juntos, no existía nada más en el universo, sólo ese espacio-tiempo que compartíamos juntos. Le gustaba contarme chistes, me defendía ante los demás, siempre se sentaba a mi lado, me provocaba para picarme y entrar en un bucle infinito de bromas mutuas. Y todo lo hacía sonriéndome hasta que se le achinaban los ojos.

Éramos sólo unos chiquillos, demasiado inocentes para ir más allá, demasiado especiales para conformarnos tan sólo con pertenecer a la misma pandilla. En nuestra burbuja sólo cabíamos nosotros dos.

Pero nos hicimos mayores y durante unos años nos perdimos la pista. Era la época del teléfono fijo y la carta. Internet era la gran desconocida y los escasos móviles que pululaban por aquel entonces, modelo ladrillo, sólo se veían en el mundillo empresarial. Era muy fácil perder el contacto: los cambios de centro de estudios, de residencia, de compromisos extraescolares… Cualquier cosa lo hacía posible.

Al cabo de los años, el destino nos unió de nuevo. Yo caminaba por la calle, como siempre, con la cabeza gacha y la mirada perdida en el suelo. De repente, vi dos pies que venían a encontrarse con los míos y sentí un dedo índice levantarme la barbilla hasta verme reflejada en el cristal de sus gafas. Era él, mi guapo hecho un hombretón, más alto que yo, con menos pelo en las entradas, la voz grave y pelos en las patillas y en el mentón. «La cabeza alta, que la gente pueda ver esos ojos», me dijo. Puse cara de tonta y le sonreí como una niña delante de un pastel de chocolate. Estuvimos contándonos la vida, brevemente, porque ambos teníamos prisa. Quedamos en vernos pronto. Rondábamos la veintena.

Los días siguientes lo tuve en mente a todas horas. Pensaba en él y me montaba películas de lo que pasaría cuando volviésemos a vernos. Todas, comedias románticas con final feliz, claro está. Jamás pensé que aquel tropiezo fuese la última vez que me sonreiría.

Una tarde de mayo, el autobús, por cuyo ventanal contemplaba pasar la ciudad ante mí, paró en un semáforo en rojo de la Gran Vía. Mi mirada se posó, sin querer, en una pareja de jóvenes sentada en un banco del parterre central. Él había pasado su brazo sobre los hombros de ella. Ella le acariciaba el cuello y la nuca. Ambos se besaban, a la caída del sol, sin importarles quién pudiese estar viéndolos. Antes de que el autobús volviese a arrancar, se separaron y se sonrieron, embelesados el uno con el otro. Y entonces él se giró. Reconocí los ojos achinados tras las gafas, la curva de la comisura de sus labios finos, el rostro alargado, la barba creciente y la frente despejada.

Él no me vio a mí. Por suerte. Una nunca quiere que le vean partirse en dos.

© Vicente Ruiz, 2018