In Memoriam

Cuando entró en la UCI, ya se había olvidado de cuántas horas llevaba sin comer y sin beber. Tampoco recordaba la última vez que había ido al baño. Estaba tan agotada de subir y bajar plantas, de entrar y salir de habitaciones, y de dar instrucciones y pésames, que ni sentía ni padecía.

La ampolla causada por el zueco había reventado horas atrás. Había notado el líquido empapándole la puntera del calcetín, pero no pudo en ese momento curársela. Luego se le olvidó. El algodón de la prenda se le había secado ya.

Los muslos le cosquilleaban y las pantorrillas las tenía tensas y duras como dos piedras. Pero estaba acostumbrada a aquello. Incluso al dolor que le atenazaba la espalda, desde las lumbares hasta el cuello, cada vez más rígido. Sumaba ya casi las 24h de guardia. Una enfermera se le había acercado un momento antes, cuando andaba por uno de los pasillos del hospital.

—Doctora, el paciente de la 3 la reclama —dijo. —Creo que él lo sabe.

—Ellos siempre lo saben —respondió.

Miró el reloj que había sobre el mostrador de la planta, respiró hondo y se dirigió a la UCI, cama 3. Don Antonio tenía 83 años. Los había cumplido ese mismo día. Estaba sedado, pero consciente.

—Hola, guapita. —La había llamado así desde el primer momento.

—Don Antonio. —Tomó su mano.

—Ha llegado la hora, ¿eh?

—No me moveré de aquí, descuide.

—No te puedes quitar eso, ¿verdad? —Don Antonio se refería al equipo de protección que llevaba todo el personal sanitario—. Me gustaría verte la sonrisa. Como no puedo ver la de mi hija…

Sintió la punzada en mitad del pecho y el nudo en la garganta. Otra vez. En la universidad no te preparan para situaciones así. Nunca se acostumbraría a ellas. En el fondo, tampoco lo deseaba. Evitaría así volverse autómata en sus reacciones, aunque siempre se veía en la necesidad de aprender a gestionarlas mejor. Y de hacerlo, además, en absoluta soledad; nadie podía hacerse una idea de lo que suponía vivir todo aquello.

No debía quitarse el equipo bajo ningún concepto. Pero soltó momentáneamente a don Antonio para levantarse las gafas con una mano y bajarse la doble mascarilla con la otra. Fueron apenas cinco segundos. En ese tiempo, don Antonio recibió la mirada brillante y la sonrisa luminosa de la doctora, todo ternura y compasión.

—Eres muy guapa —le dijo.

Se recolocó el equipo y volvió a estrecharle la mano. Ya no se la soltó.

—Se lo diré a mi madre cuando la vea. Me parezco a ella.

Don Antonio sonrió.

—Yo le diré a la mía que lo último que vi fue un ángel.

Se le empañaron las gafas, tragó saliva y estrechó aún más su mano.

—Sólo quiero ver a mi mamá —susurraba. —Mi mamá…

Lo lloró como se llora a los indefensos, a los olvidados. Firmó el exitus y dejó la UCI con intención de irse a casa, darse un buen baño y dormir profundamente. Fuera ya festejaban el nuevo año. Dentro no había nada que festejar.

Sin embargo, un impulso la llevó al pabellón materno-infantil, concretamente al nido neonatal. Se quedó contemplando a través del ventanal todo cuanto allí acontecía, que no era poco: la vida abriéndose paso. Junto a una incubadora, una madre acariciaba a su retoño con las manos metidas en las mangas del aparato. Mientras los observaba, no pudo evitar traerse a don Antonio a la mente. Se secó la lágrima que le estaba cayendo por la mejilla y se fue de allí. Después de todo, puede que sí hubiera algo que celebrar: que todo siguiera su curso.

En homenaje a las víctimas del Covid y en agradecimiento a los sanitarios.

© Vicente Ruiz, 2020

Putadas

Sufre los golpes de su marido. Llama a su mejor amiga. Coge el autobús con lo puesto. Su mejor amiga le deja un sofá con sábanas limpias que le saben a gloria, que siente como la seda, que suenan a flautas traveseras, que saben a fresas frescas.

Ha muerto sin su familia. Pero con una enfermera cogiéndole de una mano. Un soldado cogiéndole de la otra mano. Tras una vida de la que se puede decir que fue plena si contamos sus tres hijos y sus siete nietos.

Va y viene cada día. Sin horarios fijos. Unas veces de mañana, otras de tarde, otras con sus guardias. Pasó la enfermedad encerrada en su dormitorio inyectándose retrovirales y a saber qué otras mierdas. Se recuperó y volvió al tajo, con su pijama verde, con su mascarilla y sus gafas y toda la parafernalia. Salva vidas todos los días.

Se mete en el coche patrulla. Lo más raro en él es andar ligero. Entre la porra, la pistola, las esposas y el cinturón del que cuelga toda su profesión, más el peso de la ley, más el de la propia conciencia… Nadie se cambiaría por él.

Tiene autismo. No entiende nada. Quiere salir. No entiende lo que siente. Quiere salir. No entiende a esas otras personas. Le gritan desde un balcón. No entiende nada.

Veamos las preguntas. Hay que masacrarle. Sale con el rostro sudoroso. ¿Será por la enfermedad? Hay que masacrarle. Veamos las preguntas. Ahí va la primera. Responde con palabrería mil. El político no deja de sudar. ¿Será por la enfermedad? Hay que masacrarle. Ahí va la segunda.

Es el décimo día con la misma mascarilla, lavada en lejía y en alcohol y en lo que haga falta, es el décimo día con la misma mascarilla. Los mismos guantes. El metacrilato no sirve si la gente se empeña en asomarse. Joder. ¿Unas magdalenas? ¿En serio? Una barra de pan. ¿Pero qué me está contando? ¿Sabe que estamos en Estado de Alarma? Que no voy ni al baño por aguantar aquí, pero ¿qué me está contando? ¿Un bizcocho de calabaza?

La gente se asoma. Se asoma, aunque vayamos con pantallas protectoras. Plásticos de tamaño A4 colgando de diademas. La gente se asoma porque está desesperada buscando otros ojos, otra sonrisa, otro rostro donde reconocerse. La gente se asoma parapetada, pero no deja de ser gente.

Las parejas se rompen, los niños no terminan de encontrarse, los médicos no saben en qué día viven, los yayos quizá sean los únicos que viven al día, como los bebés, los adolescentes se echan de menos, los hijos que viven fuera, pues como si vivieran dentro y viceversa, los padres quisieran cambiarse por todo el mundo, los amigos hacen lo que pueden, los profesores no enseñan, porque así es imposible, tú estás en un ERTE, yo estoy en el paro, él está endeudado, nosotros no sabemos cómo saldremos de ésta, ¿vosotros lo sabéis?, ¿ellos hacen algo? Todos estamos y no estamos.

Y en medio de todo este caos, te quiero.

Te quiero y no te lo puedo decir.

© Vicente Ruiz, 2020

Nada y todo

El río. El río de nuestra vida en esta ciudad no es un río. Es un jardín largo que cruza Valencia de oeste a este a lo largo de diez kilómetros. Por donde antes discurría el agua ahora corren los runners, las bicicletas, los patinetes, los niños, los perros. Bueno. Corrían.

Desde el parque de Cabecera hasta la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, uno encuentra campos de béisbol, de rugby, de fútbol lo que más, claro; pistas de atletismo, zonas para skaters, un minigolf. Entre unas cosas y otras, zonas de arboleda: tipuanas, catalpas, álamos, jacarandas, árboles botella, bellasombras (¿podría tener un árbol un nombre más bonito?), palmeras enanas, fresnos, ginkgos, árboles del fuego, naranjos amargos, árboles del amor (otro nombre precioso), grevilleas, palmeras datileras, arces, chopos, cinamomos, pinos piñoneros, pinos carrascos, encinas, alcornoques, olivos, tarajes, adelfas, cipreses, sauces llorones, laurel de Indias, higueras, madroños, ciruelos, cocoteros, tejos, eucaliptos…

Paseo bajo la sombra de todos ellos, con los pies descalzos, sintiendo cómo pincha la hierba recién cortada, aspirando la fragancia de la hierba recién cortada, dejando que me inunde la vista el verde brillante de la hierba recién cortada. El viento de Levante me peina el pelo hacia atrás, cargado de sal y humedad, una tregua en este bochorno de primavera.

El primer puente histórico con que uno se topa es el de San José, siglo XVII. En la ribera sur, se alzaba frente a él el portal de mismo nombre. El puente de Serranos viene después. Fue el primero que tuvo la ciudad, aunque el original no era de piedra. Se reconstruyó en el siglo XVI. Pero fue el primero porque se sitúa frente a la puerta principal de la ciudad, la de las torres de Serranos, junto a la que se hallaba el puerto fluvial. Luego vienen el de la Trinidad y el del Real, que llevaba al antiguo Palacio Real, destruido por los propios valencianos en la guerra de la independencia, para evitar que lo tomaran las tropas napoleónicas.

Pero mi puente favorito es el del Mar, con las escalinatas que le diseñó Goerlich ya en el siglo XX, peatonal, en la parte más oriental respecto de la Ciutat Vella. Me pregunto qué habría allí de tanto interés en el siglo XIV, cuando se construyó el primero, aparte de huerta y agua. Habría algún camino, no respetado por el callejero moderno, que llevara, efectivamente, al mar, pues en línea recta desde allí uno acaba en la playa de la Malvarrosa.

La playa. El sonido de las olas. El agua lamiendo la orilla. Las tellinas semienterradas. Algún cangrejito alocado. Los pescadores solitarios clavando sus cañas en la arena. Las barcas tumbadas con el casco al sol.

Recuerdo preguntarme ya en mi niñez qué existiría si no existiese nada. Si no existiese el río, ni la playa; los árboles, el agua, el sol; si no existiesen los perros, los niños, las bicicletas, los siglos, los puentes, la sombra; si no existiesen las nubes, el cielo, los pescadores, las barcas. Si no existiesen los ojos, las sonrisas, los lunares, las manos, las cintas en el pelo, los besos, los cuellos, los latidos y la respiración.

Qué habría si no hubiese nada. Nada de nada. No habría planetas, no habría estrellas ni luna, no habría nada. No habría vida, ni emoción ni razón. No existirían ellas, no existiría yo. Todo se iría apagando, esfumándose, desvaneciéndose, desapareciendo, desintegrándose. Y qué quedaría. Nada. El silencio. La oscuridad.

Nada.

Entre mis dedos cuelga un cigarro que se ha consumido solo. Cuando me doy cuenta, se me ha colado por la comisura de los labios una lágrima. Está salada. Un helicóptero sobrevuela la ciudad. Las farolas y los semáforos iluminan mi calle. El aire lleva salitre en los bolsillos. Hay personas despiertas en otros balcones o ventanas, en el interior de sus pisos, algún insomne tira la basura a estas horas. Lo que me hace pensar que yo debería dejar de tirar estas horas a la basura.

Cierro y apago cosas. Me lavo los dientes. Cuando abro el grifo sale agua fresca. Las toallas están suaves y huelen a jazmín. Me asomo a la cuna y mi princesita duerme plácidamente. Me meto en la cama. Le paso el brazo por la cintura y le beso el cuello. Lleva en la piel el aroma y el sabor de casa. También duerme tranquila, o eso parece. Qué extraña sensación de felicidad me invade cuando las veo dormir así, profundamente, despreocupadas, seguras.

Y entonces pienso que, tal vez, en una hipótesis catastrofista de segundo condicional, no existiría nada.

Pero existe todo.

© Vicente Ruiz, 2020