Primavera en Pekín (5)

(Cuarta parte, aquí).

Yolanda, o Yun Lian, nos habló del pueblo chino, de sus supersticiones, sus creencias, su historia, su personalidad, su atraso en algunas cosas, su carácter único en otras. Los chinos nacen para trabajar. Si se cuestionan algo, no lo exteriorizan. Vi a un hombre agarrando del brazo a su mujer, zarandeándola mientras ambos gritaban. Nadie alrededor parecía verlos. Allí todo el mundo va y viene cabizbajo. En cierto modo, Pekín me hizo pensar en un gran hormiguero a la intemperie.

«¿Cómo podéis vivir sin implicaros directamente en vuestro modo de vida, dejándoos llevar por un gobierno autoritario, sin espacio ni lugar para vuestro ocio, vuestra libertad individual?», le preguntábamos a Yolanda. Es difícil entender cómo un país tan laborioso, que exporta tanto productos como mano de obra y que, como auguraba el padre de Mafalda, se está haciendo con la economía de todo el mundo, continúe en un nivel de atraso tan escandaloso. Se ve en las calles: el cableado de la luz es tercermundista, está todo sucio, hay tanta polución que puedes ver las partículas en el aire, los coches, los barrios, los medios de transporte… Lo único moderno en Pekín es la villa olímpica. «En China la gente sólo quiere vivir tranquila; si tiene trabajo, techo y comida, es suficiente, no se meten en nada más», fue la explicación de Yun Lian.

En el fondo, todos ansiamos esa misma tranquilidad de no tener que preocuparse más que por lo mínimo. Pero cuesta asumir tal indiferencia cuando aquellos en quienes confías el poder abusan de tu bienestar y de tu esfuerzo. Es como estar en rebelión constante, pero por el otro extremo. En algún punto tiene que haber un equilibrio que nos permita tener paz y al mismo tiempo ser libres.

Años después de mi periplo pekinés, tuve la ocasión de ver la película «Ni uno menos», de Zhang Yimou, que recomiendo encarecidamente a todo el mundo. Muestra una China que no conocí, la rural. No tiene muy bien definido el límite entre ficción y realidad, lo que es terrible por lo que cuenta, pero no sorprende una vez has estado allí. Luego piensas en la extraordinaria cultura milenaria que la precede y parece increíble que muchos la desconozcan porque no tienen más alternativas que pasarse la vida cosechando arroz para dar de comer a sus hijos. Pero es que tampoco parecen contemplar la posibilidad de que pueda haber otras opciones.

Anduve por el Templo de los Lamas, maravilloso templo budista, pensando en lo que nos enseñaba Yolanda acerca de su país, mientras veía a los devotos clavar sus varas de incienso a los pies de Buda y arrodillarse a orar. Luego recorrimos en rickshaw un hutong, uno de los barrios originarios de la ciudad, configurado por viviendas de una sola planta, o con una altura a lo sumo, entre calles estrechas. Hube de ponerme un pañuelo en la boca para no tragar toda la porquería que arrastraba el aire. Al final de aquella mañana paseamos por el parque Beihai, una de las zonas más preciosas que tiene la capital china.

La última jornada la dedicamos a la villa olímpica, situada en un espacio abierto en el que era difícil ver el azul del cielo. Constantemente nos acompañó una capa neblinosa que apagaba la luz del sol y agrisaba los colores de todo. A la impresionante arquitectura del Nido de Pájaro, se unió la simpatía de los chinos que nos miraban, sonreían abiertamente y nos pedían hacerse fotos con nosotros. Nos sorprendía lo mucho que les llamábamos la atención. «Para nosotros, sois exóticos, cada uno es muy diferente: tu pelo rubio, por ejemplo, o tus ojos como el jade, aquí no son naturales, sólo se ven en los extranjeros y por eso si te ven por la calle quieren un recuerdo de ti», me explicaba Yolanda. Me pareció tierno y por eso accedí a hacerme todas las fotos que me pidieron, aunque una pequeña parte de mí no dejara de sentirse como un mono de feria.

La experiencia coral fue preciosa, como siempre que llevas tu música fuera de tu territorio. Los cantantes la disfrutaron tanto como yo, el público fue receptivo y cariñoso y los responsables de la organización del intercambio nos dispensaron un trato fabuloso, cuidando de nosotros y llevándonos a todas partes con gran entrega.

Pekín fue una bonita sorpresa, una vivencia inolvidable y un motivo para volver a un país fascinante. En el avión de vuelta escribía mis reflexiones, como siempre hago tras un largo viaje. Volvíamos a la rutina, a una Valencia que mantiene más vivos los colores del cielo, de los árboles y la hierba de los parques, de los edificios, pero es sinónimo del tiempo galopante entre las obligaciones y los anhelos. Y decidí allí mismo, cuando la vida me abrumase, asirme siempre al recuerdo de los melocotoneros en flor del Palacio Imperial de Verano, cuando paseaba por el gran corredor contemplando el lago y sentía detenerse el tiempo.

© Vicente Ruiz, 2019

Primavera en Pekín (4)

(Tercera parte, aquí).

Puyi era un niño de 2 años cuando accedió al trono del imperio. Y se crió y reinó siendo tratado como a un dios en la Ciudad Prohibida, un recinto de 72 hectáreas, amurallado y rodeado por un foso con agua de 52 metros de ancho. Lo cuenta «El último emperador», de Bernardo Bertolucci. También cuenta cómo lo tuvieron engañado haciéndole creer que seguía siendo el rey, aunque fuera las fuerzas republicanas hubiesen tomado el poder.

Cuando entré en el primer patio de aquel lugar, una vez traspasada la puerta de Tiananmen, recordé las escenas finales de la película. Un Puyi envejecido vuelve al lugar donde reinó, a su infancia y adolescencia, y observa con nostalgia, mientras pasea por las estancias entre los visitantes que le rodean y no le reconocen.

Aquella mañana de finales de abril, pude ver que ese final era fiel a la realidad: la Ciudad Prohibida estaba llena de visitantes, en su mayoría chinos, que se aglomeraban en grupos liderados por guías, ocupando prácticamente la totalidad de los patios. Era difícil asomarse al interior de las estancias, cerradas al público y sólo visibles a través de las puertas acordonadas o protegidas con cristal. Pude ver el trono imperial, pero fue imposible fotografiarlo.

Sin embargo, con la citada película en la retina, no resulta difícil imaginarse el día a día de Puyi, rodeado de atenciones, comodidades y lujo, con su caravana de sirvientes y concubinas allá donde fuese, yendo y viniendo por las calles, patios, edificios y jardines de la Ciudad Prohibida, adonde peregrinan hoy día miles de chinos en busca de su legado.

Fue impactante. Como todos los lugares emblemáticos por su relevancia en la historia, estar allí te coloca en otro estado. La Acrópolis, el Coliseo, Notre-Dame, la sabana africana, las cataratas de Iguazú, la Gran Muralla… Todos estos lugares existían para mí antes de que mis pies los pisaran. Pero yo no existía para ellos. A eso me refiero. Estar en estos sitios, trascendentales por lo que vieron y por quienes lo vieron, por la herencia que nos dejan, maravillas de la naturaleza o de la historia del arte, patrimonio de nuestro pasado, te hace sentir parte de ellos. O, al menos, así es como lo vivo yo.

Aquella tarde tuvimos otro concierto. Y por la noche estuvimos disfrutando de un buen helado en una terraza cercana a la residencia. Durante unos minutos tomé conciencia de que estaba a 9.000 km de casa, en el otro lado del mundo, en otra cultura, en medio de personas con otros rasgos físicos, que escriben usando otro alfabeto y entienden la vida de manera muy diferente a la nuestra. Y me sentí afortunada por tener la oportunidad de vivir esa experiencia.

Adaptada ya al nuevo horario, me fui a acostar a una hora prudencial. Al día siguiente nos esperaba otra jornada intensa, entre los deberes musicales y las visitas culturales…

(Quinta parte, aquí).

© Vicente Ruiz, 2019