Valientín

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Llevaba su vida con tranquilidad, en paz, calmadamente, o como se dice ahora, con los chacras alineados y los biorritmos en su sitio, encaminando sus pasos por la rutina, como todo el mundo, pero sin alteraciones turbulentas, en ese bienestar insonoro, inoloro e insípido, donde no estalla el júbilo, pero tampoco hay lamento, donde descansa la sonrisa serena. Y entonces, hala, aparición estelar, destello cegador, no por la belleza, o al menos no por la exterior, lo que deslumbraba era lo de dentro, la inteligencia, el sentido del humor, el corazón, que es mucho peor, porque engancha mucho más y, si es auténtico, si no es fingido, tanto tendrían que cambiar las cosas para que no fuera perpetuo.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Se ponía de los nervios cada vez que le salía su nombre, como si le delatase eso, el simple hecho de nombrarle, como cada vez que se perdía en la sonrisa que le salía por los ojos, o como todas las ocasiones en que habría deseado parar el tiempo, cómo entendía ahora el dichoso bolerito, detener el reloj para retener ese momento, poder recortarlo, envolverlo en un pañuelo blanco de algodón, meterlo en un cofrecito de madera de nogal tallada con las dos iniciales, forrado de terciopelo verde, y cerrarlo con un candadito, por si acaso pudiera escaparse, para así volver ahí, a ese instante, cada vez que necesitase volver a sentir la plenitud de estar en su compañía.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Se le retorcían las entrañas cada vez que le hablaba de otra persona, porque en el fondo ya lo sabía, pero ojos que no ven, corazón que no siente, y prefería no tener ninguna confirmación, que hiciese lo que quisiese, pero que no se lo contase, porque entonces se le clavaba ese aguijón asqueroso entre el pecho y el ombligo, recordándole que no estaba a su alcance, que dejase abierta de una vez la puertecita de la cabeza para que se escapasen todos los pajaritos que había adentro, que estas cosas siempre les pasan a los demás, y que lo mejor era esa amistad, esa amistad esdrújula, porque era sólida y mágica.

No sabía cómo decírselo. Qué cosas. Cosas. Eso es, cosas. Las había superado, había sobrevivido a ellas, se había enfrentado a ellas, las cosas le habían hecho caer y le habían obligado a volver a levantarse, las había ganado y las había perdido, había aprendido de ellas, había crecido con ellas, las había arrugado hasta hacer una bola con ellas y las había lanzado a la basura, y las había convertido en porcelana para protegerlas tras una vitrina, las cosas le habían abierto la piel, habían cicatrizado y habían vuelto a enternecerle, pese a todo. Y, sin embargo, qué cosas las cosas que, después de todas ellas, no sabía cómo decírselo.

Y todo el mundo le decía que fuese valiente y que se lo dijese. Pero es que tenía la firme convicción de que para no arriesgar y resignarse también hacía falta tener coraje. No se ama, ni más ni mejor, a gritos que en silencio. Y por eso, tal vez, no sabía cómo decírselo.

 

© Vicente Ruiz, 2020