El letargo

Una se despierta por la mañana y se pregunta para qué. Y esa es una de las tres peores cosas que te pueden pasar después de un año de pandemia, porque preguntarse para qué despertar viene a resultar algo así como preguntarse para qué vivir.

Pero, así y todo, una se despierta y activa el modo autómata. Y se levanta. Va al baño, hace sus cosas. Se dirige a la cocina, calienta leche, prepara la cafetera, tuesta el pan. Saca el blíster de las cápsulas vitamínicas 1, saca el blíster de las cápsulas vitamínicas 2. Echa un chorrito de aceite sobre las tostadas. Y se sienta a desayunar.

Entre bocado al pan caliente y trago al café con leche, una le da vueltas a qué hacer en este día. No piensa en lo que hizo ayer, ni se plantea qué hará mañana. Saborea el desayuno como si fuese un manjar exquisito, y no el churrusco de hace dos días, ni una cápsula de marca blanca; saborea el único desayuno que tomará hoy. Y, mientras tanto, mira a través de la ventana, a ver si hace bueno, porque así pondrá una lavadora, o si vuelve a llover, porque así se hará un ovillo en el sofá, bajo la manta, para ver una serie que le saque del mundo.

Los paraqués sólo brotan al amanecer. El resto del día ya no aparecen. Y menos mal, tú imagínate. Al amanecer, como el pajarillo del vecino, que canturrea cuando aún es de noche. Luego ya no se lo escucha. Así son los paraqués, dando la nota al día. No todos los días. Y menos mal, tú imagínate.

A media mañana, si hace bueno, después de la lavadora, una sale a pasear. A ver las calles enmascarilladas; a ver las terrazas sin enmascarillar; a ver los negocios con la persiana echada; a ver los negocios con respiración asistida; a ver los parques, un poco menos verdes; a ver el cielo, un poco menos azul; a ver el mar, hermoso como siempre; a ver esta otra vida, rara, maniatada y desorientada, como yo.

No hay siesta. Las comidas sencillas no la demandan. Las vidas sencillas no la demandan. La siesta es para quien se la gana. Así que no hay siesta, pero hay reposo. Algo de lectura, algo de guitarra, algo de ver fotos, algo de escribir cosas, algo de enviar wasaps. Una recoge los vajillos, la cocina, la colada si se ha secado, si no, no. Y baja a comprar el pan, un brik de caldo de pollo, un paquete de sal y papel de cocina. Lo más duro del día ha sido resistirse a la sección de bollería. Pero eso es algo puntual, sin importancia. No es una de las tres peores cosas que te pueden pasar después de un año de pandemia, como, por ejemplo, despertar por la mañana y preguntarse para qué.

Otra es, cuando hablas de eso mismo, que te respondan que cambies el chip, que hagas algo para motivarte, que no estés triste, que siempre todo podría ser peor. Que te digan todo esto es terrible. Una se siente un poco ridícula por haberse abierto, y un mucho estúpida porque, claro, cómo no lo había pensado antes, el truco está en cambiar el chip, hacer algo para motivarse, no estar triste y pensar que todo podría ser peor. Como si fuera una cuestión de voluntad. «—¿Cómo estás? —Jodida. —¿Y eso? —Nada, que me gusta estar jodida».

La última de las tres peores cosas que te pueden pasar después de un año de pandemia es que le ocurra algo a tu gente. Si alguien me lee ahora mismo, yo le pido que haga una lista de las personas a las que, si muriésemos todos mañana, querrían decirles una última cosa. No tiene que ser un te quiero. Puede ser cualquier otra cosa. «Gracias por invitarme a aquel café», por ejemplo. «Hace cinco años que no nos hablamos, pero quiero que sepas que fuiste importante para mí». A lo mejor esto último no tiene sentido, pero también podría ser la salvación de alguien.

No cuento como una de las tres peores cosas lo de morirse una misma porque es absurdo. Es peor que se mueran los demás. Es peor el sufrimiento y el dolor. Cuando hay sufrimiento y dolor, sea más agudo, sea más crónico, una se despierta por las mañanas y se pregunta para qué. Pero cuando es una la que se muere, ni hay sufrimiento ni hay dolor. No sé lo que habrá, si es que hay algo. Tal vez otro despertar, pero sin paraqués.

Estas son las cosas que una recuerda que pensó la madrugada anterior, cuando no podía dormir. Son las cosas que una recuerda mientras plancha camisas. Sólo camisas. Todo lo demás, se plancha en el cuerpo, se plancha en la cama, se plancha en el toallero. Y si no se plancha, igual da. Las abuelas planchaban hasta los tapetes de ganchillo. Las nietas planchamos si no hay más remedio. Primero el cuello, luego los puños, después las mangas y, al final, todo lo demás. Planchando recuerdo otra cosa, una cosa que me hace sonreír: «¿Cómo estás?», le preguntaba a mi abuela; y ella decía: «Planchada». Ahora la comprendo, una se siente igual.

Empieza el rosco de Pasapalabra y una se pone a concursar, tanto con Pablo como con Marta. La cena, como la comida, como los días, también es sencilla. Y parece que una desee dejarlo todo apañado cuanto antes para ponerse el pijama y decir: «Ay, qué gusto». Ay, qué gusto quitarse el sujetador y ponerse los calcetines gorditos. Ay, qué gusto, otro día vivido.

Un día y otro día y otro día hacen un año de pandemia. Así, pim pam pum. Un año de muchos hoys. De muchos despertares preguntándose para qué. Y muchas medianoches de dar las gracias, aunque no se hayan encontrado respuestas. Supongo que vivir es almacenar respuestas al tiempo que surgen nuevas preguntas. Incluida la del paraqué. Especialmente la del paraqué. Puede que al final no sea una de las tres peores cosas que te pueden pasar después de un año de pandemia. El aprendizaje de que vivir es despertarse por la mañana y ocupar el día en responder para qué.

© Vicente Ruiz, 2021