Extracto 7

Un coche aparca en una plaza para minusválidos. Detesto eso. Si no encuentras un sitio cerca de donde quieres ir, mala suerte; sigue dando vueltas, pero no ocupes una plaza que está ahí para alguien que lo necesita más que tú. Somos muy egoístas y muy poco generosos, así, en general. No tenemos conciencia de sociedad, sólo de nosotros mismos y de nuestro grupo social. Más allá de la familia y de los amigos, a poca gente encuentras que te eche una mano y te diga “Estamos para ayudarnos”.

Pienso todo esto y, de pronto, me doy cuenta de que juzgo con precipitación y cierta agresividad: tal vez el conductor nunca aparque en plazas de este tipo; puede que siempre sea correcto, pero hoy, por una urgencia, haya tenido que cometer la infracción. Todos fallamos alguna vez. Reparo en lo fina que es la línea que separa al verdugo del indulgente. Me sonrío al caer en lo bipolar que puedo llegar a ser en cuestión de segundos y continúo observando.

Cuatro pisos más arriba, llora un bebé que no debe tener más de tres meses de vida. Su padre lo mece con un aire un tanto desesperado. Por detrás, asoma la madre de la criatura, que pone una mano en el hombro de su pareja y otra en la espalda del chiquitín. El llanto mengua, el padre se relaja y la madre parece sonreír. Se sientan los tres en un pequeño balancín, que parece metido con calzador en su terraza.

En el ático, un gato se pasea por la cornisa del balcón. Hay siete alturas hasta la calle, no sé cuántas vidas se le irían de golpe si se cayese. Me descubro sufriendo por el animalito, sin tener en cuenta que la torpeza humana va mucho más allá que la inteligencia felina. Con una agilidad pasmosa, como si no le costase nada, el gato brinca hasta la barandilla del balcón y, de ahí, a la terraza. Los gatos de mi madre son igual de temerarios.

Ah, ahí está. Pasa, como cada tarde, un chico de origen africano montando una bicicleta destartalada que a saber de dónde habrá sacado. Lleva un pantalón de tela y una camisa de manga corta desabrochada que le vuela sobre la espalda. Pedalea con parsimonia por la izquierda del todo porque va a desviarse por el carril de cambio de sentido. Admiro esa templanza. Qué vida tendrá tras de sí, en su país natal, para encarar tan alegremente el paso por el centro de una avenida de ocho carriles, sin importarle lo más mínimo que los coches lo avasallen. Él pedalea a su ritmo de seis por ocho, con su camisa desabrochada, sus pantalones raídos y sus sandalias de cuero, sobre una bicicleta sin luces a la que el óxido le ha robado su color original. El semáforo se pone en verde, el chico cruza la avenida hasta el otro lado, sube a la acera y se pierde calle abajo. Cada tarde sobre estas horas lo veo pasar. De dónde vendrá y a dónde irá, lo ignoro. Si le esperará alguien en casa con una bonita sonrisa y un beso de buenas tardes, tampoco lo sé. Pero deseo que le vaya bien y que la vida le compense las carencias que tuviera en su lugar de origen.

Desde la calle suben hasta mis oídos el sonido de las fichas de dominó estampadas contra la mesa de la terraza del bar. Cuando no pasa tráfico, resuena en los edificios de enfrente. Las vías de servicio a uno y otro lado comienzan a vaciarse de coches. Las vacaciones llaman a las puertas y Valencia se vacía poco a poco. En el edificio de enfrente, el bebé mama de la teta de su madre mientras su padre los mira; el gato está tumbado sobre la baranda del ático; y quien hubiese ocupado la plaza de minusválidos con su coche, ya la ha dejado libre.

Siento la mirada penetrante de la Tula en mí. Le correspondo y le sonrío. Me pregunto qué estará pensando, mientras me mira fijamente, qué querrá decirme, si es que quiere decirme algo. Veo en sus ojos vivos, del color de la miel, una paz que parece decirme “Tranquila, yo estoy aquí”. Tal vez se sienta mi salvadora y sería justo, porque lo es. De repente gira la cabeza y observa desde el balcón, como hacía yo dos minutos antes, los coches que van y vienen. ¿Dónde irá tanta gente?

Reclino el respaldo de la silla de la playa un poquito y reposo la cabeza mientras saco las puntas de los pies de debajo del lomo de la Tula para apoyarlos sobre los barrotes de la barandilla. Ella aprovecha para cambiar de postura y tumbarse del otro lado, de modo que su cabeza toca la parte de abajo de mis muslos. En esta tierra se dice mucho la expresión tocar mare para describir la necesidad de los niños pequeños de tener contacto con su madre, especialmente mientras duermen. Eso hace la Tula cada vez que me siento en el balcón y ella se tumba sobre mis pies, tocar mare.

Cierro los ojos y siento la brisa acariciarme la piel. A estas horas de la tarde en que el sol no aprieta y el viento sopla de Levante, siento un halo apacible envolviéndome, meciéndome, arrullándome. Tengo momentos difíciles, llevo semanas en que no sé nada de nadie y a veces siento la soledad como un peso enorme sobre mi cabeza. Pero lo normal es que me sienta así, tranquila, dichosa por las pequeñas cosas, consciente de cada momento, de lo bonito que es sentirse acompañada por los amigos; de lo esencial que es sentirse acompañada de una misma. Y de la Tula.

 

“Dejar de llamarte”, páginas 134-137.

 

© Vicente Ruiz, 2017