Las moscas

Edith no había visto jamás un cadáver. Así que no supo reconocer si aquel cuerpo inmóvil que yacía sobre el banco del parque era uno. Contempló sus zapatos viejos, sus pantalones de pana roídos, el suéter de punto granate, las manos cruzadas sobre el abdomen, los ojos cerrados y la boca semiabierta. Nada en él se movía. ¿Y si sólo estaba durmiendo, aunque no pudiera percibir su respiración?

Llamó a Coni, su perrita blanca, que andaba olisqueando por detrás del banco, y que acudió corriendo al encuentro con su dueña, quien le enganchó la correa al collar para continuar paseando. Edith se giró un par de veces a contemplar el hombre en el banco poco después de reemprender la marcha. En su iPhone de última generación empezó a sonar una canción de Dua Lipa, pero su pensamiento la bloqueó, como la puerta de una discoteca bloquea el sonido de la sala desde la calle.

Tenía la piel negra, seca, arrugada, con señales de arañazos, callos, uñas mal cuidadas. La ropa era vieja, pero estaba limpia. Parecía mayor, pero su edad real podía ser cualquiera en el rango que se encuentra entre los cincuenta y los setenta. El pelo era canoso en las sienes y alrededor de las orejas, algo más oscuro en la coronilla, pero siempre gris.

Coni le hizo detenerse para olisquear algo. Edith miró a la perrita, luego volvió la vista atrás. El banco ya no estaba en su campo de visión. Su mirada fue a parar después al escaparate que había justo enfrente. Se contempló a sí misma reflejada en él. Se había planchado el pelo aquella mañana. Su madre le había vuelto a resaltar el dorado tan bonito que lucía su melena perfecta. La blusa planchada, rosa palo, con sólo dos puestas de historia viva. Los mocasines granates, lustrosos, de la temporada anterior.

¿De dónde habría venido? Porque nacer, no había nacido aquí. Demasiado mayor. Tal vez llegó al mundo en una aldea remota, en medio de la sabana. Probablemente fue el séptimo o el octavo hijo de una pareja mucho más joven de lo que aparentaba. ¿Qué le pasó? ¿Qué le hizo cruzar un mar? ¿Qué hubo de abandonar allí? ¿Qué había ganado viniendo aquí?

Tiró de Coni. Se cruzó con un chaval más o menos de su edad. Llevaba rastas. Fue lo primero que vio de él. Luego se dio cuenta de que la miraba. Tenía unos ojos bonitos, de color miel y, como la miel, dulces, le sonreían. El chico iba en dirección al parque, al banco, al hombre. Edith paró y volvió, una vez más, la vista atrás.

Parecía haberse tumbado por sí solo. Se habría levantado esa mañana, habría desayunado algo, ¿el qué? ¿Café? ¿Fruta? Y en un momento dado, se vistió, salió a pasear y se tumbó. ¿Se encontraría mal? ¿Estaba cansado? Edith pensaba todo esto mientras regresaba sobre sus pasos. Coni le seguía al trote, sin cuestionarse por qué su dueña iba por aquí o por allá.

Tampoco Edith se lo preguntaba, simplemente siguió un impulso. Y éste le llevó de nuevo junto aquel banco donde el hombre yacía, con sus zapatos viejos, las manos cruzadas sobre un abdomen, que ni se inflaba ni se desinflaba, los ojos cerrados y la boca semiabierta. Y las moscas. Antes no estaban. Ahora, un grupo de moscas se posaban sobre los lacrimales, las comisuras, las alas nasales.

Dio respingo al notar la mano del policía apartándola de allí. Había acudido con el chico con rastas, que se puso a su lado.

—¿Está muerto? —preguntó Edith.

—Creo que sí, por eso me he acercado al poli —respondió el chaval. —Estaba en aquella calle.

Edith no había visto jamás un cadáver. Y aunque no conocía de nada a aquel hombre, sintió una pena infinita. Se había terminado una vida seguramente muy lejos de donde empezó. ¿Tendría algún familiar esperándole en casa? ¿En qué otros lugares vivió? ¿Hizo amigos?

Los sanitarios se apearon de la ambulancia. Al policía se sumó otro que hicieron de pantalla para custodiar la dignidad del hombre del banco. Edith, Coni y el chico se apartaron aún más. Al cabo de un momento, él se despidió y se fue. Pero ella y la perrita continuaron allí hasta que taparon al hombre por completo y se lo llevaron.

Brillaba el sol aquella mañana de sábado. Y, sin embargo, Edith tuvo frío. Era el frío de la tristeza. El frío del vacío. El frío de la soledad. El frío al otro lado del espejo donde sólo se mira la vida. El frío de las moscas que vendrán cuando el viento se nos lleve.

© Vicente Ruiz, 2020