La increíble historia del hombre que quería volar y sabía cómo

Tanausú llevaba el nombre del mencey de Aceró, el último que gobernaba en dicho distrito de Benahoare cuando llegaron los españoles y arrasaron con los guanches y todo lo aborigen, allá por finales de siglo XV. Como aquél, Tanausú era alto, fuerte, tenía la piel morena, los ojos claros y el pelo dorado por el sol. Pero de guerrero sólo tenía la pinta. Cuando se plantaba frente a los voluntarios con sus bermudas multibolsillos, su polito verde y las gafas de sol de aviador cubriendo un ceño fruncido, parecía cabreado con el mundo. Entonces comenzaba a hablar y se venía abajo toda aquella fachada. Tanausú resultaba ser un niño en el cuerpo de un hombre, un niño cariñoso y divertido, un apasionado biólogo absolutamente entregado al estudio de las aves, tal vez porque él lo hubo sido en una vida anterior, tal vez porque era libre como el viento y poco le interesaba del mundo, más allá de los bosques donde ellas vivían y los cielos bajo los que volaban.

Benahoare, actualmente llamada La Palma, es conocida como la isla bonita. Pero más que hacerle honor al adjetivo, éste se le queda corto al nombre. Porque La Palma es el universo entero concentrado en una isla que tiene forma de punta de flecha. Quizá por eso al pisarla, te atraviesa el corazón y ahí se queda para siempre. Todo lo que confiere significado al verbo cautivar, lo descubrían, de quincena en quincena, los grupos de voluntarios que participaban en los programas de cuidado del medio ambiente en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, uno de los parajes más hermosos a ese lado del Atlántico. Y allí se encontraba aquel otro mencey, el de los picos y las alas, que trinaba y columbraba, según la coyuntura, acorde a esa parte del cosmos donde se sentía uno más.

Tanausú era Durrell jugando con los insectos que en la mayoría de las personas sólo provocaban repelús; era Burroughs señalando a todas partes, contando la historia de la vida, enseñando a ver y a escuchar; y era Thoreau, en el campamento base, cada noche, después de su chupito de ron miel, en las reflexiones que le llevaban a adorar esa vida, a considerarla la mejor de todas y a cultivarla para verla crecer en otros gracias a su pasión por compartirla.

Era bonito contemplarlo en su hábitat, ensimismado en las explicaciones con que guiaba, prismáticos en mano, por el mundo de la aguililla, la chova piquirroja o el herrerillo canario, así como mimetizado absolutamente en la intensidad verde de la laurisilva y los tilos del Parque Natural de las Nieves, en la sequedad estival de la retama, el retamón y el rocoso relieve entre los pinos de la Caldera, e incluso hasta en la superficie lunar a que recuerda la ruta de los volcanes.

Sólo las jornadas de romería, desde la ermita de la Virgen del Pino hasta El Paso, entregado al trago refrescante del vino blanco de Teneguía y al remojón, más tarde, en la playa de Puerto Naos, se dejaba al Tanausú ornitólogo en el campamento y sacaba al Tana amigo: «Muyayoh, noh vamoh a coger una chispa en este tenderete que noh vamoh a cambar toa la peluca». Ante las caras de perplejidad de sus voluntarios, traducía: «Que se viene tremenda borrachera, recuérdenme mañana que les enseñe algo de canario, ¡chos!».

Pero al comenzar el día, la parte animal de Tanausú afloraba de nuevo, cuando se encaramaba como un baifo, que es como llaman allá a los cabritos, sobre las vallas del mirador de la Cumbrecita, mientras mostraba el paisaje, ubicando a su audiencia en la isla, indicando la fauna que les visitaba, apuntando la flora que les envolvía. Su vínculo con la naturaleza era de índole espiritual, inaccesible para cualquiera criado en área urbana.

No sólo en la tierra centraba sus sentidos. Seguramente era quien más disfrutaba de la mañana que pasaba en el Observatorio Astrofísico del Roque de los Muchachos, atendiendo a la sabiduría de los guías, que tanto ilustraban acerca del telescopio como de lo que se podía observar a través de él. A la salida, el celeste del techo palmero, reserva de la biosfera y uno de los cielos más adorados por los astrónomos en todo el mundo, se reflejaba en los igualmente celestes ojos de Tanausú, brillantes, vivos, ansiosos de curiosidad, ávidos de conocimiento.

Una tarde, yendo desde el volcán de San Antonio camino de Fuencaliente, uno de sus voluntarios le gritó: «¡Tana! Si tú fueras un pájaro, ¿cuál serías?». El apelado, que lideraba el grupo, esperó a llegar a determinado punto de la bajada. Entonces, giró la cabeza, le miró sonriendo y dijo: «Yo ya soy un pájaro, muyayo. ¡Soy el pájaro Tanausú!». Y sin más, echó a correr ladera abajo, dejando que el picón volcánico le resbalara bajo las suelas de las botas, saltando con los brazos extendidos, entre gritos agudos, dejando una estela de arena negra a su paso. Era hermoso verlo en su vuelo rasante, pendiente abajo, con el telón azul del océano de fondo y el sol dorado de la tarde.

Benahoare significa «mi tierra». Si dejamos a un lado el aspecto patriótico de dicha expresión, que no deja de ser una cuestión política, y nos atenemos a su interpretación más pura, más literal, resultaría bien difícil conocer a alguien que estuviese tan en comunión con la suya que el hombre que quería volar y sabía cómo, el pájaro de las cumbres negras, el benahoarita Tanausú.

© Vicente Ruiz, 2020