Tres párrafos

Ahí va un párrafo muy taciturno.

En estos tiempos que ya no corren se han quedado parados los sentidos. ¿Corre el tiempo si no nos movemos? No, no lo creo. Si no percibimos cambios a nuestro alrededor, si no cambiamos con ellos, ¿corre el tiempo? No, no lo creo. Sólo el mundo sigue girando. Sale el sol, el sol se pone. El azul se cubre de gris y llueve un poco. Sopla el viento frío un día y otro la brisa cálida. Se despiden las hojas marrones de las ramas que las sostuvieron, dejándose caer hasta posarse sobre el resto de la hojarasca. Y luego brota un nuevo verde allí donde los árboles quedaron desnudos. Todo eso sigue ocurriendo, es verdad. Si el tiempo es un cúmulo de amaneceres, un pasarse el testigo las estaciones, un progreso de las cosechas, de los ciclos del agua y de las arrugas en la piel, entonces el tiempo nunca para. Pero si el cúmulo ha de ser de acontecimientos, si el testigo se lo tienen que pasar las buenas nuevas, si la cosecha ha de ser de besos y las arrugas de la piel deben provocarlas las risas, entonces el tiempo se ha parado como se para una canica a la que se le ha terminado la fuerza de seguir rodando.

Ahí va un párrafo muy realista.

En la subida de la cuesta que nos lleve a la siguiente etapa, porque el mundo es una constante ascendente, no hay repechos donde coger aire. Puedes pararte, pero entonces resbalas y pierdes altura. Otra opción es abandonar y permitir que la gravedad haga el resto, pero entonces te hundes en el abismo. No es recomendable. Los repechos son la ilusión, los alicientes, las pequeñas alegrías. Bocanadas de oxígeno para resistir pendiente arriba sin que nos asfixiemos entre la bruma, el frío, las sombras y la espesura del entorno. Cuesta verlos en estos tiempos que ya no corren, que se han quedado estancados entre las variantes de un virus causante de confinamientos, enfermedad, muerte y dolor, y los primeros bombardeos de una guerra injusta, incomprensible e intolerable (como todas las guerras). Se nos va lo que conocíamos, expectantes temerosos por lo que vendrá, con los pies clavados en el suelo mientras resbalamos. Y no sabemos, la mayoría, qué pensar, qué decir, ni qué hacer. Esperar. Resistir. Sobrevivir, cada uno a su manera. Procurar no olvidar que están los alicientes, la ilusión y las pequeñas alegrías, aunque cueste verlas.

Ahí va un párrafo muy esperanzador.

Si tienes café recién hecho cada mañana. Si el chorro de agua caliente enrojece tu piel. Si puedes sentir el tacto de la ropa limpia cubriendo tu cuerpo, abrigándote antes de salir a la calle. Si puedes ver la luz del día entre la lluvia, el reflejo de los edificios en los charcos, las miradas de tus vecinos. Si puedes escuchar el ladrido de un perro, la risa de una niña, el trino de un mirlo solitario. Si el dinero te alcanza para poder disfrutar del aroma de unas lentejas recién cocinadas y tu dentadura está sana y puede darle un mordisco a la barra de pan crujiente. Si hay personas que se acuerdan de ti y te escriben un wasap o te llaman. Si tienes un libro donde refugiarte. Si aún puedes decirle a tu madre «te quiero, mamá» o tu hijo todavía se deja comer a besos. Si no tienes trabajo, pero sí ayudas. Si sientes que tus inquietudes y ganas de crecer te guían hacia donde te lo pida el espíritu. Si puedes contar en tu haber otro anochecer más. Si al acostarte, está el cuerpo amado al que anclarte. Y si no es así, te basta con tener una cama confortable y cálida donde descansar de la carga del día. Si el reposo transcurre sereno, pero, si te acomete la sed en medio de la noche, tienes un vaso de agua con que calmarla. Si al abrir los ojos te contempla una nueva alba. Si estás contigo mismo y te quieres y te cuidas. Si todo eso sucede, puede, a lo mejor, tal vez, que estos tiempos que ya no corren, al menos, sí estén caminando.

© Vicente Ruiz, 2022

Bolsillos llenos

Un mensaje repentino. Una llamada inesperada. Una sonrisa robada. A veces abro la última foto que me envió (quien sea, no importa, hay cosas que nunca cambian) y le paso la yema del dedo por encima, como si así pudiera acariciarle, confiando en que pudiera notarlo. No sé qué significa, aparte de cariño. Pero qué clase de cariño, no tengo ni idea. Hace tanto tiempo que a nadie le brillan los ojos al mirarme, que nunca tengo en cuenta que se pueda sentir nada especial. Ni yo misma. Porque casi nunca represento nada especial.

Ya no me reconozco en la sed de otro ser. Si me salta el corazón dentro del pecho, respiro hondo hasta que la ilusión se desvanezca, porque la ilusión es engaño que guarda truco. Me vienen a la cabeza las palabras de Jesse a Céline en «Antes del atardecer» y se me escapa la sonrisa cómplice de quien comprende porque se encuentra en el mismo punto (si es que alguna vez dejó de estar en él): «Si alguien llegara a tocarme ahora, creo que me descompondría en moléculas». Creo que las moléculas son demasiado grandes para representar una imagen lo suficientemente fiel a aquello en lo que yo me descompondría si alguien llegara a tocarme ahora.

Debe de ser bonito. Quiero decir, que el otro reconozca hogar en ti; que te tenga en mente sin ningún motivo en particular, simplemente porque estás en el mundo, o, por acotar más, porque estás en el suyo; que pase parte de su tiempo dedicado a ti aun cuando no está contigo, porque anda buscando ilusiones nuevas: restaurantes, viajes, el último libro de aquella autora que tanto mencionas; unos pendientes. Debe de ser bonito saberse alguien que no entra en una categoría colectiva como «amigos», «compañeros de trabajo» o «familia», sino que tu categoría es única, con una sola unidad: «tú». Y que el simple hecho de pronunciar tu nombre provoque una reacción distinta a la causada por cualquier otro.

Pero no ha sido mi suerte. A veces me sorprendo, cuando se me quedan las manos frías y las meto en los bolsillos, de la enorme cantidad de calor que hay ahí. Llevo los bolsillos llenos de calor. Pero luego vuelvo a sacar las manos vacías, más que nada porque soy torpe y se me iría escurriendo el calor entre los dedos, se me caería, dejaría un reguero de calor por el suelo sucio y empapado de humedad que hay en esta ciudad, y yo no quiero que el calor se me desperdigue. El calor, que me abrigue. Cuando sienta las manos frías de nuevo, volveré a meterlas en los bolsillos, donde nunca deja de haber calor. Nunca se sabe, ni cuándo, ni cómo, ni dónde, puedan aparecer de repente otras manos igual de frías.

Tiene guasa que mi primer post del año sea el de San Valentín… Pero ya sabéis: el amor empieza en uno mismo.

© Vicente Ruiz, 2022