Sonetos desde el balcón

I

Las farolas se han prendido,

sin que callen las chicharras.

Les acompaño a la guitarra,

entre lamento y quejido.

Por no soñar lo dormido

levanto al aire mi jarra.

Y a la sombra de mi parra

curo el corazón herido.

Qué difícil convertir

lo cercano en lejano,

y el llorar en reír.

Soltar las piedras de mis manos

y volver a sonreír

a las estrellas del verano.

II

Envueltas como una alhaja

en saquito de papel,

doce uvas moscatel

guardaba bajo la faja.

Ni al vino de la tinaja,

ni al pan con queso y miel,

les era ella tan fiel,

como a su burro el que viaja.

Sentada a la sombrita

comenzaba el besuqueo

que le daba a la uvita.

De otro modo está feo:

si se pide, no se quita,

a cada uva, un deseo.

III

Por el tejado iba un gato

de andares muy elegantes,

bigotes tiesos, brillantes,

y hocico fiero y chato.

Pequeño como un zapato,

saltó a la calle triunfante,

y a los pies de un elefante,

sentóse a oír el relato:

—Cuánto admiro tu finura

y tu silente belleza;

quisiera estar a tu altura.

—Ama tu naturaleza,

la verdadera estatura

se mide por la nobleza.

© Vicente Ruiz, 2020

Si la mujer pudiera decir lo que ama

Si la mujer pudiera decir lo que ama,
si la mujer pudiera pintar su amor en un lienzo
como la luna en el mar;
si como ventanas abiertas en la mañana,
para alumbrar lo oscuro del interior,
pudiera abrir de par en par su alma, oreando la pureza de su amor,

la pureza de sí misma,
que no se llama vanidad, egoísmo o recelo,
sino ternura o pasión,
yo sería aquella que soñaba;
aquella que con su palabras, su mirada y sus actos
anuncia ante el mundo la verdad atesorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar en manos de alguien
cuyo nombre brota entre las aguas de todos los ríos;
alguien por quien supero el obstáculo de mi ignorancia infinita
por quien el día y la noche son cielos donde brillar,
y mi piel y alma nadan entre su piel y alma
como sirenas perdidas que el mar acoge o envuelve
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad por que vivo,
la única libertad por que morir.

Porque tú existes, yo existo:
si no te encuentro, no he sido yo;
si muero sin encontrarte, no muero yo, porque he sido otra.

Pido disculpas por la osadía de reescribir de arriba abajo los sublimes versos de Luis Cernuda, pero estos otros son un regalo para un amor especial.

© Vicente Ruiz, 2020