Receso

Hace unos meses, en un momento crítico personal que hizo que dudara de mí misma, alguien que me conoce bien, aunque nunca nos hayamos mirado a los ojos (hay personas con quienes sucede), me dijo que le sorprendía la necesidad que había visto en mí de recordarme quién soy a través de los demás. Entonces recordé las palabras de otra persona a la que quiero mucho (y que tiene unos ojos que son una barbaridad): «Nos hacemos presentes en las miradas ajenas». A ello, aquella amiga con la que nunca me he tomado un café me respondió que lo asombroso era que no tuviese en cuenta mi propia mirada. «Es como si la tuya se reconstruyera sobre la mirada que tiene de ti tu entorno directo». Y es verdad, tiene razón.

Hace unos días vi «El indomable Will Hunting». Hay una escena en la que el terapeuta discute con el profesor de matemáticas, echándose en cara cosas personales, y en la que se explica algo con relación al chaval bastante revelador. Recuerdo que cuando vi la película en el cine, sentí un aguijón al escucharlo, lo que yo llamo «la punzada apelativa»: Will aparta a los demás antes de que los demás lo abandonen. Salvando todas las distancias con el personaje y sus vivencias, es algo que comprendo bien: la bipolaridad que, por un lado, te lleva a entregarte a los demás buscando cariño y, por otro, hace que te coma un miedo visceral a perderlos después, cuando tu cariño ya es de ellos, pero nunca acabas de estar seguro de lo contrario. Sabes quiénes son los que nunca te fallarán, están a tu lado toda la vida y se sientan junto a la pared de la caseta, cerveza en mano, a hacerte una videollamada de dos horas para demostrártelo. La pandilla de Will, por ejemplo. ¿Pero cómo confiar en las personas nuevas que aparecen? ¿Y cómo no implicarte con todas tus carencias?

Los momentos críticos, a cada uno le afectan de una manera. Y yo, que arrastro conmigo un carromato de inseguridades, en estas circunstancias excepcionales que vivimos, siento latentes desde hace unas semanas todas mis dudas y mis miedos. Mis dramas de primer mundo, lo que también me hace sentir culpable y miserable cuando hay tantísimas personas que lo están pasando verdaderamente mal. Es cierto. Pero soy humana, aunque sea una excusa paupérrima.

No llevo mal la soledad. Llevo mal no tener la mirada de mi madre, de mi hermana, de la familia. Llevo mal no celebrar estos días los cumpleaños que se avecinan (¿es que a todo el mundo le dio por nacer en abril?) con sus protagonistas. Llevo mal comerme la cabeza y que no haya nadie aquí para darme su perspectiva ipso facto y así poder tener una visión más global del problema y decir: «Vale, no es el fin del mundo». Llevo mal que no esté mi perro para poder tirarme sobre él y hundir la cara entre las mollitas de su cuello. Llevo mal la no alternativa a la soledad. Y, sobre todo, llevo mal que se me vengan encima todas mis taritas arruinándome los saltos de fe y obligándome a encerrarme en mí misma.

Pero tal vez sea eso lo que necesite. Aprender a construir en los momentos críticos mi propia mirada, sin la de nadie, y a no abandonarme a mí misma por el miedo a que lo hagan otros. Esto significa que voy a estar un poco ausente. Puede que escriba algo de aquí a unos días, si me lo pide el alma. Puede que no escriba nada en un mes. Pero ahora es lo que veo que me va bien: irme al rincón de mi jaula y hacerme ovillito.

Cuando todo esto pase, que pasará, independientemente de dónde se queden los demás, yo quiero seguir donde siempre he estado: aquí.

© Vicente Ruiz, 2020

Todos los días son domingo

Cuando me despierto por las mañanas, apenas oigo el tráfico de la avenida. El canto de un pajarillo atolondrado suele ser el primer signo individual de vida que percibo aún desde la cama. No todo está perdido si todavía queda un ser que canta. Los últimos días ha llovido y los próximos también lloverá, pero hoy hay tregua. Lo sé, porque al levantar la persiana, un sol tímido se asoma entre el manto de nubes grises, y el viento arrecia como un matón que camina de un lado a otro esperando a dar el golpe. De todo este primer escenario, lo único que me inspira confianza es el pajarillo.

Ya en la cocina me preparo el café con leche y le doy vueltas a todo esto que pasa. Me viene a la cabeza el hecho de que tres días antes cancelé mi viaje a Roma, un autorregalo de cumpleaños para finales de abril, y siento una punzadita en el corazón. Me resisto a pensar en todos los demás proyectos, sobre todo los profesionales, que ya nunca serán. Esa punzada es más dolorosa. Así que me centro en no infectarme ahora, porque yo sí pasaría por el hospital, y ya he tenido suficientes hospitales en mi vida. Sin embargo, no tengo miedo; es, más bien, impotencia.

Ayer comencé a leer «La peste», de Albert Camus. Al principio pensé que era una mala idea emprender justo esa lectura en esta situación. Pero a medida que avanzo, me doy cuenta de que puede ser hasta terapéutico. Aunque no sé cuánto tiene de consolador que en 2020 se repita la esencia de una historia ficticia, aunque basada en una real, que se publicó en 1947. Pero, claro, desde cuándo una terapia consiste en consolar o en sentirse consolado. Las terapias sirven para asimilar y aprender; que es algo que se nos da bastante mal, en general.

En uno de los despertares de madrugada, acuciada por las preocupaciones y la contractura que me atenaza el cuello, recordé la frase que encabeza este escrito. Aparece en «El sentido de un final», de Julian Barnes. Al protagonista le nombran una canción con dicho título y él se sonríe porque le recuerda a su época adolescente, en que el tedio todo lo copaba y los años duraban diez veces más, mientras él se encontraba «a la espera de que la vida empezara». Me pregunto si, ahora que todos los días son domingo, lo que esperamos es una reanudación o un nuevo comienzo; cuánto de lo que hasta ahora teníamos, acabaremos perdiendo; y qué ganaremos a cambio. ¿Asimilaremos y aprenderemos algo?

De vuelta al presente, con la jarra del café con leche, ya vacía, junto al portátil, me quedo contemplando los brotes verdes del árbol que se alza junto a mi ventana. Una urraca se posa en sus ramas. Luce su elegante frac. La urraca comparte con el pingüino este tipo de plumaje, negro y blanco, tan distinguido. Me llaman la atención todos los animales cuya genética es tan estricta y exacta a la hora de redistribuir el blanco y el negro. Los dálmatas, las cebras, los collies con su collar blanco.

Cuando vuelvo a fijarme en el árbol, la urraca ya no está. Se ha ido y no he podido decirle cuánto la envidio.

© Vicente Ruiz, 2020