La pérdida de la paciencia

Ando leyendo un librito de apenas 170 páginas. Pero no os dejéis engañar por su grosor, no siempre el tamaño importa. Son tan puras las perlas que contiene, que por pequeño que sea el cofre, su valor es inconmesurable. Su título es “La utilidad de lo inútil” y lo firma Nuccio Ordine.

En esencia se trata de un manifiesto (ése es su subtítulo) donde se loa a la cultura (ciencias, letras y artes) como algo útil, no por beneficioso desde un punto de vista materialista, sino por necesario desde un punto de vista intelectual y espiritual. Y lo leo y lo releo, con todas sus citas de célebres pensadores y con todas las conclusiones del propio Ordine, y no puedo sino entristecerme e indignarme. Me apena profundamente la resignación con que se acepta la situación presente, la desidia con que se permitió en el pasado que la tendencia fuese ésta, y el panorama tan desolador que se vislumbra en lontananza.

Hace tan sólo unos meses, les relataba a mis estudiantes una anécdota real. Fue más o menos así: “Al contrario de lo que pueda parecer, no fue en el Pleistoceno cuando yo tenía vuestra edad, sino hace relativamente poco, ya que 26 o 27 años no es mucho tiempo en el transcurso de la historia, y eso es de lo que os quiero hablar: de cuando en los años 90 no existía internet. En aquel entonces, descubrí en la radio a una cantante que era desconocida en España. Fui a la tienda donde solía adquirir mis CD, compré el que anunciaron en la radio, y al volver a casa lo escuché; y me gustó tanto que bajé al kiosco a comprarme una revista que se llamaba El Gran Musical, donde había una entrevista de dicha cantante. Allí averigüé, entre otras cosas, que tenía otros discos anteriores, uno de ellos, un Unplugged, que tuve mucho interés en conseguir. Volví a la tienda, pero allí me dijeron que no lo tenían y que no podían pedirlo porque la discográfica no lo vendía en España. ¿Qué podía hacer entonces? Regresé a mi casa, abrí las Páginas Amarillas y busqué tiendas de discos. Llamé a varias desde el teléfono fijo. Finalmente, en una me aseguraron que podían pedirlo a Londres, que me avisarían cuando lo tuviesen. Al cabo de varias semanas, fui, lo pagué y me volví a mi casa feliz con mi nuevo CD. Si entonces hubiese existido internet, habría sido tremendamente fácil: habría sacado mi smartphone; habría abierto el Shazam para reconocer instantáneamente la canción que estaría sonando en la radio, sin necesidad de esperar a que terminase para escuchar al locutor decir quién la cantaba; con la información de Shazam, podría haber buscado más música de la cantante en YouTube o en Spotify; para tener más información sobre la historia de la cantante, sólo habría tenido que escribir su nombre en Google; y de haber querido comprarme un CD suyo, me habría bastado con pedirlo a Amazon, y me lo habría entregado un mensajero al día siguiente. Lo que en 1993 me costó varias semanas, hoy en día es cuestión de minutos, sin movernos del sitio y por medio de un dispositivo que cabe en el bolsillo del pantalón”. Mis estudiantes sonreían mirándome como si yo fuese un holograma del pasado remoto contándoles de viva voz cómo era el mundo en el Pleistoceno. Por cierto, la cantante era Mariah Carey.

La anécdota muestra un cambio de realidad brutal, en sólo dos décadas y media: como ahora todo se tramita muchísimo más rápido, podemos hacer más cosas, ¡muchas de ellas a la vez!, creyendo maravillados que esto es mejor que aquello y convencidos del modo más absurdo y estúpido de que así logramos un mayor aprovechamiento del tiempo. Nadie parece darse cuenta de que, si bien cuanto más rápido corremos, más kilómetros acumulamos, pero también menos contactan nuestros pies con el suelo. La revolución digital ha facilitado mucho la vida; pero también ha hecho que nos la tomemos con una celeridad que no permite reposo.

Les conté aquello a mis estudiantes porque quería hacerles reflexionar sobre algo que va ligado a todo esto: la pérdida de la paciencia. En ello está parte del origen de la cultura del mínimo esfuerzo. La otra parte es el tema fundamental del librito con el que he empezado estas divagaciones: cuál sería la utilidad (beneficio material) de un mayor esfuerzo, de una mayor paciencia. Como me preguntaba mi alumno de particulares hace un tiempo: “¿Pero para qué me sirve a mí aprender latín si no se habla?”. Si ya hay quien cree que la escuela es prescindible porque toda la información está en internet. Si los primeros que buscan el aprobado antes que el aprendizaje son los padres. ¿Para qué vamos a usar el cerebro más que para aquello que nos pueda reportar bienes, resultados o satisfacciones sujetas a una necesidad de aquí y ahora?

Decía que me entristece, me indigna que en la era de mayor acceso a la información y a la cultura, la respuesta generalizada sea la falta de interés, porque así la ignorancia perdura. El nivel de conocimientos tiende a decreciente y puntual cuando debería tender a excelente y global. Y aquí tal vez cabría preguntarse cuál es el papel de la educación, porque si se trata de formar ciudadanos cultos con pensamiento crítico, algo no está funcionando bien. Y las consecuencias de esto son nefastas, por quienes se aprovechan, a los que se les da voz (y altavoz), y hacen uso de la inmediatez (tirana en las redes y en los medios) para crear polémica y división, porque saben que, para cuando alguien les replique con argumentos, ya será tarde, ya se habrán confrontado las masas y ya se habrá creado un problema donde no lo había, o se habrá engrosado cuando era menor. Y así surgen los terraplanistas, los antivacunas, los populismos de ambos extremos, los nacionalismos y todos los errores en los que el ser humano cae una y otra vez. La violencia verbal o física; en la pareja, en las manifestaciones, en los partidos de fútbol, en el Congreso de los Diputados. La falta de respeto, el insulto a la inteligencia. La estulticia elevada a idioma oficial mundial. Basta.

Si antes la excusa eran los límites de los canales de información, ¿ahora cuál es? ¿En qué nos escudamos ahora, que acceder a la historia de la humanidad es infinitamente mucho más fácil que hace 27 años, no digamos hace 102, cuando nació mi abuela que ni siquiera pudo ir al colegio? ¿Qué nos valdrá como razonamiento para no honrar a quienes no pudieron disfrutar de nuestros privilegios (quienes los tenemos, especialmente en Occidente) y eludir así nuestra responsabilidad de ser mejores y de crear un mundo en concordia? ¿Cómo podremos explicar a quienes vienen por detrás que los gobernantes actuales, que no salen de la nada, se dediquen a generar problemas en lugar de solucionarlos? Que es cierto que esto no es nuevo, pero va degenerando. Las distopías cada vez están más cerca. ¿Es que nadie ve que se trata de vivir unos con otros y no unos contra otros? Lo dicho: desolador.

Quizá sólo se pueda sobrevivir. Andar entre un trabajo extenuante y mal pagado y el estrés de llevar un hogar, para terminar el día procurando cierta relajación con tareas que no impliquen pensar. Tal vez sólo sea posible vivir si el trabajo nos reporta un beneficio que nos permita invertir un poco más en nuestras actividades lúdicas, y así descubrir nuevos restaurantes, hoteles asequibles, vuelos baratos, pero siempre lejos de la reflexión. Y puede que, bien nos preocupamos muy pocos sobre el devenir del mundo, bien todo el mundo se preocupa de boquilla.

El cardenal Bessarión, cuenta Ordine en “La utilidad de lo inútil”, escribió: “Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y, en definitiva, su santidad, que, si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos, cancelaría también la memoria de los hombres”. Estas líneas me llevan a pensar en las palabras de Ray Bradbury: “No es necesario quemar libros para destruir una cultura, basta con hacer que la gente deje de leerlos”. Y ahí estamos, lamentablemente, despreciando el legado de la historia cuando más próxima la tenemos. Leer, qué pateo, prof. Leer, pensar, divagar, madurar lo leído, expresarlo, debatir. Qué pateo, prof.

Pues me da igual el pateo, hoy un paso y mañana otro. Porque mientras yo tenga un aula llena de estudiantes, trataré de hacerles ver sus privilegios, intentaré que valoren lo que tienen y les hablaré de los libros y de la música, del arte y de la cultura como alguien que tuvo un poquito más complicado que ellos alimentar su curiosidad. Y también les haré imaginar cómo era el mundo, cómo era la vida, cómo vivía el ser humano antes; para hacerles pensar en cómo es el mundo, cómo es la vida y cómo vive el ser humano ahora. Y me tendrán que aguantar, porque no les queda otra. Y porque en mi trabajo no se concibe perder la fe, mucho menos aún la paciencia.

 

© Vicente Ruiz, 2020