Sexual

Llamó a la puerta. Estaba entornada, y había confianza absoluta, pero prefería tener ese gesto de cortesía para con su hermano mayor. Arturo, ya treintañero, le sacaba algo más de una década. Leo, que estaba en la veintena, había sido el accidente inesperado. Pero siempre tuvieron un vínculo especial. Había ido a verlo a su estudio a la hora aproximada a la que sabía que Arturo solía tomarse un pequeño descanso. Saludó al entrar a la recepcionista, a quien ya conocía y que le permitió pasar sin problemas. Arturo estaba en su pequeño cuarto, rodeado de fotografías que había hecho él mismo, mirando al ordenador donde las editaba, con los auriculares puestos. Leo pudo percibir los acordes de una canción de U2. Le tocó en el hombro, provocando una pequeña reacción de sobresalto en su hermano.

—Eh, qué susto, colega —dijo riendo mientras le daba un sopapo en el brazo y se colocaba los auriculares alrededor del cuello.

—Estás empanao, joer —respondió el visitante.

—Qué pasa, Leo, cómo tú por aquí.

—Pues nada… Aquí —comentó como sin querer mientras subía los hombros y perdía la vista por las fotografías.

—No, si eso ya lo veo. Pero que si querías algo, que yo estaré empanao, pero tú estás lelo.

—Bueno…

—Y raro también estás, eh. —Sonriendo se giró hacia el ordenador para guardar los últimos cambios efectuados en la edición de imágenes y pausar la música.

—No sé, Turo, llevo días dándole vueltas a una cosa.

—A ver, dispara, calamar.

—Pues es que… —Leo seguía dudando.

—¡Leo! —Arturo se puso las manos en el pecho— ¡Que soy yo! Tu bro, tío, venga.

—Es que es un poco raro.

—¿Por qué? No puede haber nada raro entre tú y yo, colega, siempre hemos confiado el uno en el otro, ¿no? —Arturo levantó una ceja en plan inquisitivo.

Leo cerró la puerta, cogió una butaca que había justo al lado y la acercó adonde estaba su hermano. Luego se sentó y se detuvo a contemplarse las manos, entre sus rodillas. Arturo observó la jugada con interés, tratando de averiguar mentalmente qué le preocupaba a Leo.

—Venga, melón, cuéntamelo —le animó.

—Turo, ¿tú qué etiqueta sexual te pones?

Arturo dio un respingo, más por sorpresa que por otra cosa. Pero con ello asustó a Leo, así que sonrió para hacerle ver que todo estaba bien.

—Supongo que te refieres a mi orientación, ¿no?

—Sí.

—Pues a ver, Leo, a mí me molan las mujeres, así que eso me convierte en hetero.

—Ya —musitó pensativo. —Cero sorpresas hasta ahora.

Arturo soltó una carcajada. No entendía bien hacia dónde quería ir a parar su hermano, pero le resultaba divertida la situación, aunque no quería incomodarle.

—Y qué pasa, colega, que a ti te molan los hombres. Está guay, ¿no? Vamos, que yo lo que quiero es que tú seas libre y feliz y…

—No, no, Turo, no es eso —le interrumpió Leo. —Si sabes que estoy con Bego y todo genial con ella, pero…

—Que te molan los tíos y las tías. ¿Es eso?

—Pues es que no lo sé, Turo. Yo quería preguntarte si siempre has sabido con rotundidad que sólo te han molado las chicas, ¿sabes? Si nunca has estado confundido.

—Hostias… —respondió pensativo. —Pues mira, sí que lo estuve una vez, tío. Con un colega de la uni, hace mil años. Nos llevábamos de puta madre y nos divertíamos mucho juntos. Una noche, con el puto jueguecito ése de la botella, nos tocó morrearnos entre nosotros. Y a ver, no es que me pusiera cachondo, pero tampoco me resultó indiferente, ¿sabes?

—¿En serio?

—Pues sí, mira… Ni me acordaba ya. Raúl se llamaba el tipo —Arturo estaba ahora en otra dimensión espaciotemporal lejana a donde se encontraba Leo. —Justo después de eso, el gilipollas empezó a poner tierra de por medio, hasta que dejamos de ir juntos a todas partes. Lo cual fue absurdo, porque yo entonces estaba medio liado con Claudia, ¿te acuerdas de ella? Y a él le molaba una tipa de otra facultad, una rubita, muy mona. Pero yo creo que se rayó con lo del morreo y no sé… Cosas de la peña.

—¿Y tú no te rayaste?

—Me rayé esa noche. Y al día siguiente, sobre todo porque él estaba rarísimo, ¿sabes? Ya empezó a distanciarse entonces. No sé, yo lo habría tratado todo con mucha más naturalidad, era un juego, un puto morreo, pues bueno, a ver, que no somos de piedra. Pero de ahí a plantearse algo más intenso, ya sea emocional o puramente físico, pues no sé yo. Ahí es cuando lo veo claro que, en ese sentido, sólo con tías.

—Ya…

—Y a ti qué te pasa con este tema, Leo, a ver, que no sueltas prenda.

—Pues es que a mí me mola Bego un montón. Y bueno, en la intimidad, pues también, me pone mucho, tío.

—Vale, tampoco hace falta entrar en detalles, bro.

—Bueno, ya.

—¿Pero?

—Pues que empezamos a ir a un sitio muy guapo los viernes por la tarde, a la salida de sus ensayos, donde curra uno que me pone nervioso.

—Pero ¿nervioso en plan mal o nervioso en plan guay?

—Pues es que no lo sé, Turo, es una movida, porque yo me imagino liándome con ese tío, y como que no. Comparando con Bego, vamos, ni de coña.

—Bueno, tío, pero es que Bego y tú sois casi matrimonio, colega, que es que tú tampoco es que hayas estado con más tías.

—Oye, que antes que con Bego, estuve con Lau.

—¿Pero con Lau hubo temita?

—Dos veces sólo.

—Madre mía, nene, tienes que salir más.

—Joer, macho, si lo sé no te cuento nada —renegó Leo haciendo el gesto de levantarse, pero Arturo lo paró.

—Que no te vayas, relaja, que estaba de guasa —dijo riendo. —Total, que te imaginas follando con el tío del bareto donde vais, pero dices que no, que te echa para atrás, ¿no? Entonces, ¿cuál es el problema?

—Turo, ¿por qué me pongo nervioso cada vez que se me acerca, o me mira, o me sonríe, o pasa por mi lado, si luego imagino cosas y es que no?

Arturo sonrió, cogió aire, se acercó a su hermano y le puso las manos en los hombros.

—Leo, yo creo que tienes un poco de bloqueo mental.

—Qué dices, que no, que me soy muy honesto yo.

—Pues reconócete como bisexual, porque lo que me acabas de describir es una atracción en toda regla. ¿Con Bego va todo bien?

—Sí, Turo, te lo juro. Si es que a mí me encanta estar con ella.

—¿Lo has hablado con ella?

—No, me da palo, tío. Yo qué sé. ¿Y si se lo toma mal?

—Bueno, pero es tu chica, tienes que confiar en ella, ¿no? Si se toma a mal que tú te abras y compartas con ella lo que te sucede, pues mucho no significarás para ella, ¿sabes? Si no le puedes decir a ella las cosas…

—Pero si no las tengo claras ni yo, ¿qué me va a poder decir ella?

—Mira, Leo. Yo he estado enamorado de una tía y me he sentido atraído por otra a la vez. Quiero decir, que eso es bastante normal. Es instintivo, algo primario, no sé cómo decirte. Que todos tenemos ojos y gusto. Y que me molara B no significa que no quisiera a A. Aquí ya cada uno decide qué hacer, si controlar eso o no. Yo lo controlé, por respeto a A. O tienes una relación abierta o no la tienes, pero eso lo has de dejar claro al principio, no cuando te interese a ti. Pero no es un crimen sentirse atraído por otra persona distinta a tu pareja, porque no lo puedes controlar, es como pretender evitar sentir frío si sales a la calle sin chaqueta, algo así. Mientras no te pongas otra chaqueta que no sea la tuya… No sé si me explico.

—Te explicas, pero no me estás resolviendo el problema, me lo estás liando aún más, mamón.

Arturo soltó otra carcajada. Adoraba a aquel chaval.

—Leo, si no es un bloqueo, es una rayada sin más importancia. Que le des tanta importancia es lo que me hace pensar que es un bloqueo. Igual, como no ha surgido la posibilidad de que te lo montes con un tío, pues estás ahí con un interrogante.

—Mira, al menos sé que homosexual no soy, porque me molan las tías. Bego especialmente.

—Me ha quedado cristalino, eso.

—Lo que no sé es si soy hetero o bisexual, y tampoco sé cómo saber eso.

—Leo, ahora porque estás con Bego y sé que también le estás dando vueltas por ella, que yo creo que deberías comentárselo, pero bueno, tú sabrás. Pero si algún día Bego y tú decidís llevar derroteros distintos, chico, déjate llevar. Mientras no seas asexual…

—¿Qué es asexual?

—El que no siente atracción sexual hacia nadie.

—Qué dices, cómo va a ser eso.

—Pues es. Aunque oye, si eso te hace feliz, allá tú.

—No, yo sexual soy.

Arturo volvió a reír a carcajadas, llevándose a su hermano con él. Se echó hacia atrás en su silla y cruzó los dedos de las manos sobre su tripa.

—Leo, ¿para qué quieres definirte con una etiqueta? ¿Qué importancia tiene?

—Pues para saber quién soy, ¿no?

—Eres Leo, pedazo de membrillo. Leo, mi hermano. Buen hijo, buen estudiante de Derecho, buen colega para sus amigos, tío, tú eres tus actos, no tus etiquetas. ¿Que te molan los tíos y las tías? Pues mejor para ti. ¿Que aún no lo sabes seguro? Pues ya lo descubrirás. ¿Qué te inquieta tanto?

Leo miró a su hermano con una media sonrisa tímida. Tenía razón, por qué tanto runrún, qué podía temer. ¿Que lo juzgasen? Tenía suerte de haber nacido en una familia de mente abierta. ¿Que lo juzgase Bego? Arturo también había dado en el clavo con eso: si no podía compartir sus dudas con ella, ¿qué clase de relación tenían?

—Tal vez, mi propio juicio.

—Pues no has nacido en una generación que contemple lo no normativo como algo malo. Qué sé yo, eso sería menos raro en mí, por ejemplo.

—Ya, pero lo normativo sigue estando muy presente, Turo. Mucho.

—Sí, eso es verdad.

—Y sigue habiendo problemas de acoso, agresiones y cosas por el estilo.

—Sí, sí…

—Y no hay referentes en ámbitos clave, ¿sabes?

—Bueno, pero es que ¿tú sabes qué movida si un día sale del armario algún futbolista de primera división?

—Pues a eso voy, Turo. No sería tan raro que me juzgara a mí mismo, ¿no? De ahí el bloqueo ése que dices tú.

Arturo se quedó mirando un punto perdido en el espacio, pensando. Pero después de darle otra vuelta más a toda la conversación, se reiteró en su postura.

—Leo, sé libre, tío. Creo que tienes que hablar contigo mismo y decirte las cosas que tengas claras y dejar las preguntas sin respuesta ahí, a un ladito, para más adelante. No te presiones tampoco, ni te fuerces a resolver todas tus dudas ya, que la vida no funciona así. En general.

—Ya.

—Contigo no puedes llevar ninguna coraza. Quítatela. Y reconócete en el espejo. Y con lo que sepas, con toda esa honestidad que te define, sé consecuente. Tienes que ser y sentirte libre, contigo mismo, con Bego y con todos los que te queremos.

—Ya.

—Sé libre, tío, fluye y déjate llevar. Hetero, bisexual o como quieras, pero libre y feliz, hostias.

—Sexual, fijo.

—Fijosexual: sexual y punto —rio Arturo con su propia ocurrencia.

—Puntosexual: sexual a secas —siguió Leo uniéndose a las risas.

—Asecasexual —continuó Arturo.

—Me despollo contigo —dijo Leo sin parar de reír.

—¿Dejamos de decir memeces para que pueda seguir currando, melón?

—Sí, anda, que menudo hermano mayor me ha colocao la vida…

—Tendrás tú queja, eh.

Leo volvió a poner la butaca donde estaba y abrió la puerta.

—Turo.

—Dime, bro.

—Gracias, tío. Sí que me has ayudado.

—Me alegro, nene.

© Vicente Ruiz, 2020