Un nuevo amanecer

Dicen que Darwin afirmó que las especies que sobreviven no son las más fuertes, sino las que mejor se adaptan al cambio. Tiene lógica, porque, si algo es la vida, en general, es un proceso inevitable e imparable de transformaciones. Aquello que los biólogos llaman evolución. Lo dijera Darwin o no (parece que es un apócrifo de los que tanto pululan por internet), llega a puerto quien mejor maneja las velas de su nave a lo largo de la travesía. Y, al final, sobrevivir es eso: llegar a puerto y prepararse para el siguiente viaje.

Pensaba en todo esto mientras ataba la bolsa de la basura. Mi vida había dado una sacudida tremebunda y, de repente, me veía surcando un mar que nunca había transitado antes, tras semanas de actuar por impulso con el único fin de salir de la tempestad. Sobrevivir, vaya. Meses de ansiedad y de angustia en las aguas turbulentas de lo laboral, y de dolor en lo emocional, otras aguas arremolinadas en las que casi naufragué. Pero unas y otras habían quedado atrás, y ahí me hallaba ahora: atando la bolsa de la basura antes de coger la mochila y salir por la puerta, camino de mi nuevo trabajo en una ciudad que me estaba recibiendo con cariño. Cuando mi abuela quería enfriar la leche, impidiendo así que me quemara, la la cambiaba de taza. Ahora sabía mejor el café. Era todo cuanto quería, al menos, de momento.

Estaba oscuro y hacía fresco. Habituada como estaba a la brisa húmeda y cálida del Mediterráneo, el aliento de la sierra me resultaba nuevo. Me supe bien tratada y sonreí, dejando los contenedores y encarando mis pasos hacia el metro. Las pocas personas con las que me crucé paseaban a sus perros, esperaban en la parada del bus, subían persianas de cafeterías y barrían las hojas de los árboles precursoras del otoño. Pero mis personas favoritas del inicio del día se encontraban casi al final de la calle, tras un ventanal enorme: dos de ellos espolvoreaban el obrador con harina para trabajar la masa y otros dos metían y sacaban del horno bandejas repletas de piezas de pan y bollería. Me hacían pensar en mis amigos hermanos que, curiosamente, ahora que me encontraba lejos, sentía más cerca que nunca. También recordé el horno de mi infancia, donde me llevaba mi abuela por las mañanas, de camino al colegio, a por mi almuerzo. El aroma del horno me envolvió hasta la esquina, donde me desvié para salir al tramo último antes del metro.

Allí vino a darme los buenos días el alba, que despuntaba en aquel momento, anaranjando el horizonte, reflejado en todos los cristales de los edificios. Era una vista preciosa y, aunque urbana, con un punto salvaje que conectaba con el animal de mi interior, aún somnoliento y sin desperezar. Por los pinganillos sonaba la poca música que no removía penas. Odiaba profundamente haber llegado a un punto en que tenía que espantar los recuerdos como si fuesen moscas. Y esperaba que algún día también eso pasase y terminara por acogerlos con una sonrisa. 

Ya me sabía de memoria mi trayecto por el laberinto de pasillos y escaleras que era la estación. Si sobre la superficie las señales de vida eran más escasas, bajo tierra habitaba un hormiguero humano que iba y venía en todas direcciones sin orden ni concierto. Pese al aparente caos, nadie se chocaba, como si llevásemos implantada en la mente la capacidad de anticipar el próximo movimiento del de enfrente. A aquellas horas aún era posible encontrar asientos libres en los vagones de mi línea, así que me senté y saqué mi libro de lectura. Media hora de viaje me esperaba por delante. 

Pero Virginia Woolf no consiguió llevarme consigo aquella mañana. Tal vez porque, al parar el trajín del verano, los pensamientos se me agolpaban en la cabeza, como pasajeros sorprendidos ante el frenazo inesperado de un tren, opté por cerrar los ojos y dejar que todo fluyera. Me vino entonces a la mente la costumbre que había empezado a tener en el trabajo, sin motivo alguno más allá de no querer que algunas cosas terminaran en la basura: entre las páginas de los libros la gente acostumbra a guardar pequeños trozos de su vida, retales de su existencia, testigos de un viaje, líneas de un amor, el regalo de una amistad, cosas que se almacenan allí porque, qué mejor baúl de los tesoros que un libro. Así iba yo recopilando y seleccionando los míos propios, que metía entre las hojas de mi diario, en una clara autoproclamación de guarda y custodia de esos fragmentos vitales que personas que nunca conocí, ni conoceré, dejaron allí. Es un nuevo aprendizaje para mí, que la magia de los libros no sólo está en la tinta impresa que dibuja las palabras. 

Cuando abrí los ojos de nuevo, vi sentada frente a mí a una chica mucho más joven que yo leyendo una edición de bolsillo manoseada y amarillenta de The picture of Dorian Gray. Oscar Wilde estaría orgulloso. Sonreí y me levanté para bajar en mi parada. La estación estaba tan vacía que podía oírse sin dificultad el crepitar de los tubos de luz que la iluminaban. La población donde trabajaba me saludó un par de grados por debajo, pero risueña y soleada, ambientada por el trino de los pájaros y el borboteo de la fuente del parque que cruzaba cada mañana. 

Probablemente habría buques de guerra mejor armados; y veleros balanceándose tranquilos, por ser más afortunados, en orillas más amables; pero supongo que al final todo consiste en bregar con lo que se tiene sin apartar la mirada de la siguiente ola ni soltar las manos del timón. Podía sentirme orgullosa.

Vi a mi compañera girar la esquina. Era pequeñita y dulce, de mirada tímida, pero limpia. Le sonreí, como cada mañana.

—Buenos días.

Un nuevo amanecer siempre es una nueva oportunidad.

© Vicente Ruiz, 2022

2 comentarios sobre “Un nuevo amanecer

  1. Siempre. Murakami decía que la evolución es dura, pero que lo más duro de todo es que uno no tiene elección. Por eso cada vez que la vida nos da un revés nos volvemos más tristes, pero también más sabios. Y que lo importante es seguir viviendo.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s