Desamor

Cuando llegó el metro, ya sonaba en mis oídos una de las listas de música que compartíamos. Era nuestra música: más de cuatrocientas canciones que habíamos escuchado millones de veces antes de conocernos y que continuamos escuchando después; música de los noventa y de los dos mil, música indie actual, música que nos definía, como definía nuestra relación. «Somos nosotras en música», pensé ante las puertas que se abrían frente a mí, antes de que la gente me llevara casi en volandas al interior del vagón, ansiosos todos por volver a casa a última hora del día. Me dejé caer sobre mi hombro, apoyándome en el marco de las puertas de enfrente y cerré los ojos.

Había pasado los ratos muertos de la tarde mirando sus fotos, leyendo sus escritos, pendiente de sus redes. Como siempre. Recordé entonces el último mensaje que le había escrito y sentí de nuevo la sangre apoderarse de mi cara, presa de la vergüenza. Claro que no sólo me avergonzaba de eso.

Horas antes, había buscado la palabra «desamor» en Google. El diccionario recoge el término con el significado de falta de amor. Pero si deshacer implicaba proceder de modo inverso a hacer y desandar quería decir retroceder por el camino andado, entonces el desamor tenía que ser la vuelta a lo que había antes del amor. Había soñado con volver a la amistad, pero ahora parecía imposible, sobre todo tras leer en uno de sus últimos emails las únicas palabras que habría deseado no leer nunca: «Ya no quiero nada de ti». Las recordaba y se me clavaban entre el esternón y el ombligo, como un aguijón. Me daba vergüenza haber provocado tal desgaste. Claro que no sólo me avergonzaba de eso.

Ahora ya no había nada común. Lo que no borré, lo bloqueé. Le impedí realizar cualquier movimiento que conllevase acercarse a mí. Me mataba hacerlo, pero no tenía más remedio. Por eso se fue. Lo mejor que me había pasado, quien me había hecho el regalo de cumpleaños más bonito de mi vida, la única persona a la que había llamado «amor», porque amor era ella; se fue y yo dejé que se fuera. Me vino el recuerdo de su cuerpo pegado al mío, sus brazos rodeándome la cintura y el deseo que me sobrevino y me llevó a querer besarle los labios. Me encantaban sus labios. Me daba vergüenza no haber creado otra oportunidad. Claro que no sólo me avergonzaba de eso.

Noté mi corazón dolorido. Se me estaban humedeciendo los ojos bajo los párpados cerrados, pero mi cabeza ya no podía parar. Rememoré su sonrisa, la primera vez que la tuve delante y pensé: «Mierda». Supe que me había enamorado, por más que quisiera negármelo. Llevo meses negándomelo todo y todo empezó con su sonrisa frente a mí dos tardes de abril, casi seguidas. Por qué nos ha tenido que pasar esto, esto que no ocurre nunca, que sólo sucede cuando se alinean los planetas. Me daba vergüenza haberlo destrozado. Claro que no sólo me avergonzaba de eso.

Bajé, como siempre, una parada anterior a la de casa, para caminar un poco. Ya era de noche, pero aún había gente por la calle: cerrando persianas, bajando de coches, tirando la basura. Junto al muro del colegio me detuve. Fue instintivo sacar el móvil y abrir Telegram. Recordé aquella noche que me quedé allí mismo hablando con ella hasta que pasaron de las diez. «Te va a caer una bronca, llegas muy tarde», me había dicho. «Y no me importa», le respondí. Era increíble lo que sacaba de mí si me dejaba llevar. Me daba vergüenza haber aprisionado mis sentimientos de este modo. Claro que no sólo me avergonzaba de eso.

Subí los cuatro pisos hasta a casa a pie. Entré y me salió al encuentro. E hice lo de siempre: pasarle un auricular, abrazarme a ella y bailar. Nunca le dije que le había susurrado tequieros a otra. Me hacía sentir una persona horrible el deseo de que ella no existiera para que aquello pudiera ser, o haber reconocido actuar por corrección, por culpa, por deuda o por lealtad. Me daba vergüenza decirle que aquello no había sido nada, que sólo se trataba de una confusión tonta, relegar un amor único a lo efímero de una pasión de adolescente. Claro que no sólo me avergonzaba de eso. 

Al día siguiente volvería a ver sus fotos, a leer sus escritos, a ponerme su pulsera, que guardo bajo llave en un cajón; volvería a hacer todo lo que me martirizaba, porque era lo que me merecía: castigarme por echarle de menos, por haberle expulsado de mi vida. Mientras, frente a mí, otros ojos, otra sonrisa, otros brazos y otros besos me hacían convencerme de que había escogido bien. Me daba vergüenza admitirme que había logrado su perdón a base de mentiras. Claro que no sólo me avergonzaba de eso. 

Quizá lo que más me avergonzaba era el desamor: mi propio camino de regreso a lo que había antes del amor, porque amor era ella, y que ya tampoco puede ser, porque ya no existe. Me avergonzaba que mi fuero interno me traicionara, que me lamentase del dolor que yo misma me había provocado, que hubiese pretendido responsabilizarle de mi corazón roto. Y, sobre todo, me avergonzaba creer que todo lo silenciado moriría sólo dentro de mí, que nada me traicionaría nunca, confiando en que la persona elegida jamás lo supiera.

Está mal el diccionario: el desamor es imposible.

© Vicente Ruiz, 2022

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