Sonrisas y lágrimas

La alegría de ayer fue precedida por el llanto la noche anterior. Por eso me acompañó todo el día un dolor de cabeza, leve en comparación con mis migrañas, pero obstinado como la llamada de un comercial. Y es que, entre las alegrías, nunca dejan de estar las aristas de la realidad, con sus picos y sus filos, a modo de recordatorio de que hay que disfrutar de lo bueno y de lo bonito, pero sin perder el norte.

De las aristas que podemos encontrarnos, están los duelos. Casi siempre los vinculamos a la muerte de un ser querido, pero duelos hay tantos como tipos de pérdidas. Y todos pasan por las mismas etapas, en mayor o en menor grado, con distintas medidas de tiempo, dependiendo de los vínculos y las personas. Esas etapas, según la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, son cinco, a saber: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

No creo que haga falta explicar las dos primeras, así que pasaré directamente a hablar de la negociación, que no consiste sino en la creación ilusoria de una solución: es decir, aceptamos falsamente la pérdida, pero nos convencemos de que puede haber una salida (porque es la única cosa que encontramos que nos da esperanza). Digo que la aceptación es falsa porque le damos al duelo la razón como a los locos: vale, bien, ha ocurrido, ya está. Pues no, no está. La aceptación real lleva tiempo e implica abrazar el dolor, asimilar el vacío que nos han dejado y estar dispuesto a llevárnoslo con nosotros el resto de nuestra vida.

La negociación es una triquiñuela de nuestra mente, porque los mecanismos de autodefensa se activan solos. Por eso olvidamos lo que no nos interesa recordar. Por eso nos evadimos cuando lo que nos rodea no es de nuestro agrado. Por eso nos bloqueamos ante una experiencia extrema. El cerebro se protege como los bichos bola. El cerebro emocional, claro. La negociación es el rodeo que damos para no arrostrar el obstáculo en medio del camino. Rodeo inútil, porque al final nos damos cuenta de que, efectivamente, no sirve para nada y no queda otra que pasar por el amargo trago de asumir lo que nos duele. Esa travesía es la cuarta etapa: la depresión.

Menos mal que tenemos córtex. Las emociones son más rápidas, sí, pero de no tener un lugar donde procesarlas, no haríamos otra cosa que sufrir y hacer sufrir, porque ninguna emoción que no esté mínimamente controlada lleva a nada bueno. Ni siquiera las más positivas. De estas últimas, las hay que no quiero verbalizar. Me veo entre las fases dos y tres por momentos y pienso que a quién quiero engañar, porque a la tía del espejo es imposible. A veces, incluso salto a la uno, diciéndome que no, que no puede ser, que no tiene sentido.

Tenía la excusa de estar lidiando otra batalla. Pero la alegría de ayer la resolvía y me dejaba sin argumentos para continuar posponiendo un duelo que, como todos, ha llegado de sopetón y dejará hondas marcas en un lugar que llevaba mucho tiempo deshabitado. Porque, como decía un poco más arriba, pérdidas las hay de muchas clases. Incluida la de no haber tenido nunca la opción de ganar nada.

© Vicente Ruiz, 2022

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