Pronto

La maestra que me enseñó a leer y a escribir tenía el pelo corto y rizado, llevaba unas gafas de carey que le empequeñecían los ojos y olía a pastel de calabaza. Se llamaba Lesya. Yo era una niña tímida y retraída que pasaba la mayor parte del tiempo en su mundo. En los recreos me sentaba a dibujar. Cuando volvíamos al aula, le enseñaba mis obras y ella siempre tenía una sonrisa como respuesta. «Son dibujos muy bonitos, Svitlana, vas a ser toda una artista», me decía.

Luka era el hornero del barrio. Todas las mañanas de invierno me embriagaba el olor a pan recién cocido que despedía su obrador. Era una panadería modesta, pero limpia, blanca, llena de cortezas crujientes, hojaldres brillantes y bizcochos esponjosos. Mi abuelo me compraba allí el almuerzo: dos panecillos de leche y una chocolatina. La mujer de Luka salía del despacho para dármelo en mano y pellizcarme las mejillas. No me acuerdo de su nombre, para mí siempre ha sido la mujer de Luka.

El primer chico que me besó sabía a zumo de melocotón. Aunque, en realidad, lo besé yo a él. Teníamos doce años y toda la vergüenza del mundo acaparada bajo las ramas de un álamo. Era primavera. Oleg me tomó de las manos, ésa fue su manera de dar el primer paso. Luego cerró con fuerza los ojos y esperó. Han pasado los años y sigo considerándolo lo más tierno que me ha ocurrido en la vida.

Durante mucho tiempo, mi mejor amiga fue Lera. Jugábamos a saltar a la cuerda y subíamos a toda clase de columpios para agarrarnos con las piernas y soltarnos los brazos, porque balancearnos cabeza abajo era lo más loco y divertido que podíamos hacer entonces. Luego llegaron las borracheras y los bailes sorteando las luces de colores que se reflejaban en la bola de la discoteca. El tiempo nos distanció. Conoció a un hombre, se casó, tuvo hijos. Espero que fuera feliz.

La biblioteca empezó a ser mi refugio cuando entré a la universidad. Empecé la carrera de bellas artes, pero descubrí que no tenía suficiente talento, así que me asusté y dejé de ir a clase. Estuve dos meses simulando que estudiaba cuando la verdad era que deambulaba por el campus buscando un lugar donde dejar de sentir aquel desasosiego. Hay pocos tormentos mayores que la sensación de perder el tiempo, de estar donde no quieres, de no saber dónde sí quieres estar, de no encontrar el camino de baldosas amarillas, o del color que sea, que te lleve a algún destino al que llegar y decir «yo soy esto». La biblioteca me salvó. Los libros me lo han dado todo. Porque me descubrí entre sus páginas amarillentas, algunas acartonadas, otras de piel de cebolla. Porque así decidí cambiar de carrera. Y porque allí conocí a Marko.

Él se sentaba siempre en la misma mesa, con la misma ventana a su derecha, porque es zurdo. La primera vez que me senté al otro extremo, ni me di cuenta de que estaba allí. Había cogido un ejemplar de Matar a un ruiseñor, que había empezado a leer de pie, junto a la estantería donde se encontraba, y recorrí los pocos metros que me separaban de la primera silla que encontré, inmersa en la lectura. Fue el segundo día cuando me fijé en su presencia. Decidí conscientemente que aquella también sería mi mesa cuando volví a verlo allí el tercer día.

Antes de Marko, mi abuelo era mi única familia. Mis padres murieron siendo yo tan pequeña que no recordaría sus rostros de no ser por las fotografías que se acumulaban en una pequeña caja de cartón. Mi abuelo la guardaba en su armario. A mi abuela no llegué a conocerla. No tengo hermanos. A mi abuelo lo enterré hace poco.

Marko tiene el pelo lacio y rubio, los ojos azules y una barba rala y suave que me hace cosquillas cuando me besa el cuello. Su voz es grave, pero dulce, casi susurrada. Es delicado en todo lo que hace: cuando dobla cuidadosamente la ropa, cuando acompaña a su madre al médico, cuando prepara espaguetis a la carbonara. Nos damos paz porque es lo que somos. Cuando supe que estaba embarazada de una niña, decidí que se llamaría Orynko porque significa justo eso: paz. Marko sonrió nada más decírselo.

Es profesor. Enseñaba literatura en un instituto, a estudiantes de secundaria superior. Cuando lo conocí, empecé a escribir unos diarios. Marko salía a menudo. Escribía cosas como: «Me gusta la luz cuando lo ilumina a él. A su alrededor, los rayos caen hasta estrellarse contra la superficie de las cosas, donde se desvanecen, sin más; pero él los retiene: en su pelo, en la montura metálica de sus gafas y en su piel blanca, que resplandece como si fuera una estrella». Era muy cursi. Pese a ello, dejé que los leyera tiempo después de empezar a salir.

La niña me da patadas contra las costillas. Retumban contra mi cuerpo las bombas fuera de mí y sus piececitos dentro de mí. Parece mentira que vida y muerte retumben con la misma fuerza. Centenares de personas estamos apelotonados en el andén de una estación de metro, envueltos en mantas, presentes y ausentes al mismo tiempo. Los sonidos vienen y van como oleadas: los llantos, las protestas, el silencio y los suspiros. Marko no está conmigo. Se fue al frente. Pienso en él tanto y tan fuerte como me veo capaz, por si así él pudiera sentirnos con él. No sé nada desde que nos despedimos días atrás.

Escribo todo esto porque tengo miedo. Porque tengo dolor. Porque tengo amor. Porque tengo vida. Porque tengo una hija dentro de mí. Porque tengo todo que perder y no quiero perderlo. Porque no sé qué hacer con todo eso que tengo. Porque pienso en Lesya, en Luka y su mujer, en Oleg y en Lera, y deseo con toda mi alma que estén bien. Que estemos bien. Pronto.

© Vicente Ruiz, 2022

2 comentarios sobre “Pronto

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