QR

El teléfono móvil que le regaló a Felipe su hijo tenía botones grandes con números grandes. Lo llevaba siempre en el bolsillo de la chaqueta, por si acaso. Pero en realidad él no lo usaba para nada. Por eso lo llamaba el detector. Servía tan sólo para que su hijo lo localizara cada vez que quisiera llamarlo. Así que, aunque lo vendiesen como un dispositivo para mayores, en realidad era para jóvenes; para facilitarles la vigilancia, a modo de camarita posada sobre la cuna de los bebés. Algo así. Un teléfono móvil de botones grandes con números grandes para saber dónde andan los grandes.

Felipe salió al horno, a eso de las nueve y media de la mañana, a por su barra de pan y su bolsa de rosquilletas. Y después se dirigió al banco. Le dijo a la señorita de la ventanilla que «venía para pagar este recibo de una tele nueva que me he comprado porque la vieja dejó de encenderse», al tiempo que sacaba un puñado de billetes de veinte euros y los dejaba sobre el mostrador. Para su sorpresa, la señorita le respondió que «es mejor que lo pague por internet porque el horario para pagos de recibos no domiciliados son los martes y jueves de ocho y media a nueve y media». Felipe sacó su teléfono del bolsillo y vio que eran las diez menos cuarto. Miércoles. Así que volvió a meter el puñado de billetes en la cartera y se fue con el recibo sin pagar y la barra de pan y las rosquilletas de vuelta a casa.

El dolorcillo de la mano le recordó que no había pedido aún cita médica para que su doctora le dijese, una vez más, que tenía reuma, y así aprovechar para que le diera la receta de las pastillas para dormir.

—Es más rápido si pide la cita por internet —le dijo un joven muy educado al otro lado de la línea. —El teléfono casi nunca está disponible porque, o se nos satura, o no hay nadie para atenderlo.

—Pero yo no tengo internet —respondió Felipe.

—Pues menos mal que le he cogido la llamada.

Su hijo fue a por él poco antes de la hora de comer. Lo llevó a un restaurante en el centro, moderno, con comida sofisticada y decoración sencilla. Diáfana, decía su hijo. Naíf. Nunca sabía lo que significaban esas cosas. Eso pensaba cuando se sentó. Iba a preguntar a su hijo por la carta, pero entonces vio que acercaba su móvil a una pegatina que había en la esquina de la mesa.

—Te leo el menú, ¿vale? —le dijo.

—¿Es que no tienen cartas normales?

—Casi en ningún sitio hay ya cartas normales —contestó. —Ahora va todo por QR.

El QR es la evolución del código de barras. Una vez escaneado por el móvil, te da acceso a un enlace, o a una aplicación, o a cualquier cosa que contenga información sobre algo. Como, por ejemplo, la carta de un restaurante, localizada en la página web del mismo. Eso explicó su hijo a Felipe.

—Pues menos mal que vengo contigo —murmuró. —Llego a venir solo, o con un amigo viejo como yo, y no comemos.

—No exageres, papá —dijo el hijo, sin mirarlo, tecleando en su móvil.

—No exagero —refunfuñó. —¿Sabes que no he podido pagar el recibo de la tele en el banco esta mañana? Resulta que hay días y horas para eso. Habrase visto…

—Por cierto, hablando del banco: ya puedes trocear y tirar la cartilla, que las van a quitar.

—¿Y eso por qué?

—Porque no las usa nadie, papá —renegó.

—Lo dirás tú.

Felipe estuvo contemplando su libreta del banco, sostenida entre sus dedos temblorosos, durante unos minutos, horas después de la comida, en la quietud de su casa. Ni la troceó ni la tiró. La guardó en un sobre y luego metió éste en una cajita donde había otras cosas a las que también se les agotó el uso en su día. Un ajedrez magnético para viajes. Un bonobús de cartón. Una cartilla médica antigua, toda escrito a mano. Ahí estaba el final de sus tiempos, sus tiempos que se escribían a mano y no se tecleaban en internet. Lo que se escribía a mano tenía un espacio donde volver a encontrarlo. Y si no, podía quemarse, podía destruirse y desaparecer del todo, no ser nunca más. Pero internet… ¿quién controla eso? Lo que se escribe, lo que se borra, si es que se borra, a saber dónde va a parar.

Felipe se lamentaba, mientras avanzaba por el pasillo, cabizbajo, con la mente perdida en sus divagaciones. Su teléfono móvil de teclas grandes con números grandes empezó a sonar desesperadamente, a juzgar por el volumen del politono que le había elegido su hijo. Cosa más insoportable, pensaba Felipe, dónde lo habría puesto.

—Papá, dame los datos del recibo, que tengo tu sesión del banco abierta ahora mismo —dijo. —O casi mejor dime el importe y les hago un Bizum yo, y ya me lo darás.

—¿Un qué?

Indignado, le dijo que no hacía falta, que iría al banco a la mañana siguiente, y le colgó. Es que su hijo no entendía que él no era inútil, sino que el mundo lo estaba convirtiendo en uno. Hay otros tipos de dictaduras, pero ésas no interesan señalarlas. La dictadura de la vejez era la peor de todas. Todo eso pensaba cuando cruzó por delante de la puerta de la cocina y vio allí la barra de pan y la bolsa de las rosquilletas.

—Al menos esto sigue siendo sencillo.

© Vicente Ruiz, 2021

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