«Hasta el coño»

En 1993, Claudia tenía quince años, una altura muy superior a la media y la consciencia de saberse diferente. Era la época de llevar el flequillo de Brenda, la de Sensación de vivir, vaqueros de talle alto y hombreras en las camisetas; de escapar de las clases del instituto al refugio del dormitorio con la puerta cerrada, a escuchar los 40 Principales y leer la Superpop; de llenar de cáscaras de pipas los bajos del banquito del parque, y gastarse un duro en un flash de fresa del kiosco de la esquina, y cinco en el futbolín de los recreativos del barrio. Y aunque Claudia hiciera todas esas mismas cosas igual que los demás, se sabía diferente.

A la salida del instituto, se iba con Jessica y Vane de regreso a casa, pues vivían muy cerca las tres. A medio camino, paraban dos minutos a encenderse un pitillo. Claudia no. No le atraía la idea de fumar. «Ya, tía, la verdad es que yo debería dejarlo, Javi dice que mis besos le saben a cenicero, ¿sabes?», decía Vane. «Buah, tía, pues que le den a Javi, si a mí me apetece fumar, pues fumo y listo, a ver si no», respondía Jessica. Claudia las observaba, tan mayores que ella aparentemente, aunque les sacase dos cabezas y fuese a su misma clase. Y se sentía lejos de su mundo de pitillos y besos con lengua, y maneras con «tía» arriba y «tía» abajo todo el tiempo, porque se sabía diferente.

En 1994, ya no «se devolvían los cascos», ni era necesario levantarse hasta la tele para cambiar de cadena; y los Casio con calculadora integrada se escondían en los cajones de lo vergonzoso. Pero si eras chica, tenías dieciséis años y no te enrollabas con chicos, no había cajones de estos suficientes en el mundo entero. Así que Claudia se cortó el pelo diciendo adiós al flequillo de Brenda. Se dio cuenta de que ser más alta que la mayoría de las chicas no le hacía más visible para los chicos. Dejó de escuchar los 40 Principales y cambió la Superpop por El 13 Rue del Percebe, Astérix y Mafalda. Y asumió que nadie la contemplaría como novia potencial, porque se sabía diferente.

En 2002, 2006, 2009, 2011, 2014… Claudia tuvo que ver cómo a su alrededor cuestionaban continuamente su historial sentimental, su feminidad, su orientación sexual, su falta de compromiso a la hora de buscar pareja, su estética, su fertilidad, su incapacidad de crear una familia… Señalaban en ella probablemente aquello por lo que los hombres no la veían. Y ella asentía y callaba, llegando a dudar de su condición de mujer, como si de una alienígena se tratara, porque se sabía diferente.

Hasta que en 2018 Claudia cumplió cuarenta años y, para celebrarlo, salió a la calle con una camiseta morada donde se leía el lema: «Hasta el coño». Con su pelo corto y medio gris, su rostro limpio, los vaqueros de talle alto y un Casio con la calculadora integrada. Se había hartado de que sólo hubiese un estereotipo de mujer reinando en el mundo. Y le agotaba tener que justificarse siempre. Si hubiera sido un tío, ¿habría tenido que hacerlo? Pues claro que no. «Nena, píntate un poquito… Nena, ponte una faldita de vez en cuando… Nena, ¿para cuándo el novio?… Nena, que se te va a pasar el arroz… Nena, ¿no te gustarán las chicas?… Nena, si te gustan los hombres, sácate más partido… Nena, ¿no querrás estar sola para toda la vida?… Nena… Nena… Nena, nena, nena».

Jessica se había casado con un chico majo y currante, y había parido un hijo. Vane había tenido dos criaturas con Javi, se había separado y ahora iba de flor en flor. Claudia se aceptó a sí misma, y empezó a quererse de verdad. Se dio cuenta de que el significado de «diferente» continuaría cobrando vida por discriminación negativa mientras no dijese basta, que hay muchas maneras de ser mujer, y ninguna de ellas se puede valorar en una escala; ninguna de ellas se puede asociar a un solo modo de amar, ni de trabajar ni de vivir; y ninguna de ellas debería separarnos del resto de las mujeres ni de los hombres. Claudia sabía que nada de lo que dijera cambiaría las cosas a gran escala; pero sí en su entorno. Y ya no asentía ni callaba por ello, a la espera del día en que lo normal fuera saberse diferente.

© Vicente Ruiz, 2021

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