Gatitos en la nieve

Eran los sueños de una mañana de invierno, bajo el nórdico, acurrucada junto a tu cuerpo, grande y cálido, como el de un oso cavernario, incluso en hibernación. Fuera era de noche, pero entraba la luz que refulgía en la nieve. El cielo la espolvoreaba, azúcar glasé sobre el bizcocho urbano donde habitábamos nosotros, y al caer emanaba una luz silenciosa, una luz que no quería molestar, pero no podía evitar su presencia, porque no tenía dónde esconderse.

Nos levantamos envueltos cada uno en una manta. Éramos rollitos andantes, penitentes arrastradores de pies, enfundados dos veces en calcetines de lana, hacia la cocina, donde preparamos café, nunca lo suficientemente caliente, y desayunamos unos bollos que habíamos cocinado la tarde anterior. No hablamos, ni nos miramos, pero no porque estuviésemos enfadados, sino todo lo contrario. Sólo cuando hay paz en una pareja, puede estar cada uno refugiado en sí mismo, además de con el otro; cada uno en su mundo, además de en el nuestro.

Aquella mañana pronta, ya clareada, de un recién estrenado enero se llevaba todo el protagonismo la ventana de la cocina. Estuvimos, no sabría decir bien cuánto tiempo, absortos en la contemplación de ver los copos acumularse sobre el alféizar. Más allá del cristal, nuestros ojos buscaban algo oscuro para ver mejor, por el contraste, la precipitación. En el cielo se confundían las blancuras.

Nos duchamos juntos bajo el chorro del agua hirviendo. No es una costumbre erótica, sino de ternura: nos gusta enjabonarnos mutuamente. Bueno, puede que a veces si sea erótico. No lo fue en aquella mañana, demasiado frío (y el amanecer bajo el nórdico ya se llevó lo suyo). Nos abrigamos bien y salimos a la calle. Y nos la encontramos llena de luces, luces en los ojos de todos aquellos con quienes nos cruzamos.

No teníamos planeado ir a ningún sitio, solamente caminar un poco, sentir la nieve crujir bajo nuestros pies, deleitarnos con la belleza de las ramas desnudas de los árboles, que parecían canutos de barquillo untados con nata, y respirar aquel aire puro, inusitado en la ciudad, contenido en el frío.

Dos niños giraron la esquina de la calle. Venían corriendo hacia nosotros, persiguiéndose, tirándose bolas y chillando alegría a torrentes. Se contagió más rápido que cualquier virus, por el eco de las risas, por la energía que desprendían; se contagió aquel belicismo de juguete, y todos los adultos que transitábamos como patos mareados entre los montículos blancos, nos alistamos en aquellos ejércitos confrontados sin motivo, entregados a la causa de volver a la infancia.

Al caer la noche, arrebujados de nuevo en nuestras mantas, mientras leíamos cada uno un libro distinto, en el sofá, hubo un momento de esos mágicos que teníamos siempre nosotros: nos miramos, ahora sí, a la vez. Y nos sonreímos. Cerré mi libro y lo dejé junto a mí, para acurrucarme sobre tu pecho, aspirar tu olor y sentirme en casa dentro de casa. Y a ti te gustó que lo hiciera, porque ronroneaste. Y a mí me gustó que lo hicieras, porque ronroneé.

© Vicente Ruiz, 2021

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