Hijas

—Que no es que sea supersticiosa, mamá, es que la realidad es la que es, que no es otra, y es que el año pasado no adorné la casa y mira tú el 2020 de mierda que hemos tenido todos.

Paula era así. Y como su madre ya la conocía, pues lejos de sorprenderse, se temía lo peor.

—Hija, a ver si con las lucecitas ahora se va a poder ver tu terraza desde la estación espacial.

—Muy graciosa —dijo. —Oye, he hablado con Elena.

—Ay, la echo de menos, ¿se lo has dicho, que la echo de menos?

—¿Y darle la turra más, aparte de lo que se la das tú?

—Qué despegadas que sois, no sé a quién habréis salido, porque a mí no.

—Pues resta.

—«Piis risti» —remedó la madre a la hija. —¿Y qué te ha contado tu hermana?

—Que se está pasmando de frío, pero que está bien, entretenida estudiándose el acento escocés, porque en cuanto cogen carrerilla a la hora de hablar, la pobre se queda con la misma cara de Joey intentando multiplicar 853 por 517.

—Qué valiente es, ¿eh?

—Ya te digo, anda que me iba a plantear yo ahora irme a vivir a otro sitio.

—Mira, como te me vayas tú también, me da un patatús, que no gano para disgustos yo.

—¿Qué es ese ruido, mamá, qué haces?

—Es que ha saltado el pitorro de la olla exprés, he salido corriendo de la cocina y he cerrado la puerta.

—¿Por qué?

—Por si las moscas.

—Mamá, que es una olla exprés, no una bomba nuclear.

—Sí, bueno, nunca se sabe.

La sintonía del Skype comenzó a sonar desde el portátil de la madre.

—Mira, hablando de la reina de Roma…

—¿La olla exprés?

—¿Qué dices de la olla exprés? Tu hermana Elena, que me está llamando por Skype.

—Ah.

—Hola, Elenita, cariño, ¿cómo estás?

—Que te estoy llamando al móvil y me sale comunicando.

—Pauli, que me estaba haciendo una relación de todos los adornos navideños que ha puesto en casa.

—Mamá, que sigo aquí —dijo la aludida. —Oye, te cuelgo y me meto en el Skype yo también.

—Vale.

—¿Qué te dice? —preguntaba Elena. —Dile que se meta aquí.

—Pues eso me estaba comentando, que ahora se conectaba… Ay, mírala.

—Holiiiii, hermana —saludó Paula. —Mamiiii, así mejor, ¿verdad?

—Pues sí —sonrió la madre. —Qué guapas sois… En eso sí habéis salido a mí, mira.

—¿Cómo llevas mi ausencia?

—Mal.

—La lleva tan mal que ha puesto una bomba nuclear en la cocina —bromeó Paula.

—¿Cómo? Que estoy en Escocia y no entiendo ya las bromas valencianas.

—Hija, por Dios.

—La mamá, que no se lleva bien con la olla exprés —reía Paula.

—¿Pero cómo es posible eso, madre?

—A ver, que es que le tengo respeto, porque me da susto cuando se le sube el pitorro.

—Mamá, por favor, esa frase fuera de contexto te queda muy rara —empezó a despiporrarse Elena, seguida de Paula, ante la indignación de la madre.

—Si es que yo no sé para qué digo nada, que os reís de mí a la menor ocasión.

—Ay, mamá, pero qué harías tú sin nosotras —respondió Paula todavía riéndose.

—Que sepáis que, si seguís dándome estas sesiones de Skype, me dolerá menos pasar la Navidad lejos de casa —dijo Elena.

—Ay, mira, me voy a poner un vino, para la depresión y eso —comentó la madre.

—¡Cuidado con la bomba! —dijeron las hermanas.

—¡Quién teme una bomba teniendo de hijas a dos terroristas!

Para Paula Hijamayor y Elena Hijapequeña: la mamá os quiere mucho.

© Vicente Ruiz, 2020

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