Los cuerpos celestes en la atmósfera

El sol atravesaba el espacio entre los listones de la persiana. Eran flechas de luz. Rebeca las contemplaba desde la cama, acurrucada entre los almohadones, tapada con el nórdico casi hasta los ojos. Podía ver las partículas revoloteando, haciéndose visibles, justo en la línea luminosa. Percibió entonces el tictac del reloj de la cocina, casi como un anuncio de las campanadas que echarían a volar en pocos minutos desde lo alto de la torre de la iglesia del barrio. Iban a dar las nueve. Domingo.

Sin salirse del área que ocupaba su cuerpo, para continuar refugiada en su propio calor corporal preso en las sábanas, se giró hacia la mesita de noche. Desconectó el móvil del cable del cargador y abrió el WhatsApp. Repasó la conversación de la noche anterior.

«Entonces qué quieres que haga?»

«Que rechace esta oportunidad?»

«No»

«Quiero que todo alrededor sea tan fácil como lo es entre tú y yo»

«Ya, pero es que esto ha salido allí, no aquí»

«No tiene por qué ser un impedimento»

«Sabes que acabará siéndolo»

«Pues lo dejo??»

«No, cariño»

«No te estoy pidiendo nada de eso, sólo que me comprendas»

«Quiero que seas feliz y aproveches esto»

«Podemos superarlo»

«Nos vemos mañana y lo hablamos, porfa»

«No sé cómo solucionarlo»

«Pero sí sé que te quiero muchísimo»

«Y yo a ti»

«Hasta mañana»

Cerró el WhatsApp y volvió a dejar el móvil en la mesita. Se giró de nuevo, dándole la espalda a aquella conversación. Le había salido un trabajo en Barcelona que olía a prosperidad, a estabilidad, a permanencia. Lo merecía, se lo había ganado a pulso, era lo que siempre quiso. Rebeca lo sabía y era feliz por la persona que ocupaba su corazón. Podía dejarlo todo e irse ella también a Barcelona. Pero en su fuero interno sabía que la desdicha se había instalado ya ahí, en medio de todo.

Tragó el nudo que se le puso en la garganta. La yema de uno de sus dedos interceptó el recorrido de la única lágrima que había aflorado a sus ojos. Se revolvió, quedándose boca arriba, mirando el techo, intentando no pensar en nada. Respiró hondo varias veces seguidas, en un vano esfuerzo por liberar el peso que le oprimía el pecho. Tañeron al fin las campanas.

Vertió agua en la parte de abajo, justo hasta el tornillo. Abrió la despensa y sacó el bote del café molido. Rellenó el depósito encajado sobre el agua y enroscó la parte de arriba. Encendió el fogón más pequeño de la cocina y colocó encima la cafetera romana. Dejó el bote del café molido en su sitio y cogió del estante inferior la bolsa de pan de molde. Metió dos rebanadas en la tostadora y bajó la palanca. Guardó el pan, cerró la despensa y abrió el frigo, de donde tomó un aguacate y el envase del jamón dulce. Saltaron las tostadas, borboteó el café y Rebeca se entregó a un placentero desayuno.

Más tarde, bajo el agua caliente de la ducha, pensaba en el discurso con que daría forma a sus sentimientos respecto de los cambios que se avecinaban. No sería fácil. Pero había que estar a la altura del amor que les unía. Es de lo que se olvida la mayoría de las parejas.

Se subió la cremallera de la parka hasta el pañuelo que le envolvía el cuello. Con la voz de Pucho resonando por los auriculares en sus oídos («Se apaga el carrusel, deséame suerte»), dirigió sus pasos hacia la parada de autobús. No tardó en venir. No tardó en llegar. No tardó en ver a su amor con las manos en los bolsillos de su abrigo, aguardándola en medio de la plaza.

En sus ojos resplandecía una pátina acuosa, intensificada por el sol, que le empequeñecía las pupilas, dándole así más campo al brote de colores pardos que adornaban aquella mirada otoñal, tierna y profunda, que siempre le hacía sentirse a salvo de todo, en su hogar, al abrigo del frío, su fuego en medio de la oscuridad.

No fue fácil. Pero quería estar a la altura del amor que les unía. Es de lo que se olvida la mayoría de las parejas: el respeto a ese amor. Un amor puro y honesto que habían logrado mantener y salvaguardar. Era demasiado sencillo romper su halo protector. Sólo una cuestión de egoísmo. Así de simple. «Que te vayas es egoísta por tu parte; que te quedes, lo es por la mía; seguir a toda costa, lo es por la nuestra», le había dicho. Si había que elegir entre sacrificar la relación o aquel amor inmenso que no había sentido antes en la vida, ella lo tenía claro. El egoísmo lo enturbiaría, terminaría con su pureza. No lo permitiría. Había que estar a la altura de su amor.

No respondió inmediatamente. La tristeza dejó una pincelada en su sonrisa, pero no asomó la lluvia por sus ojos, soleados como aquella mañana de octubre. Le tomó las manos, que apretó con calidez y suavidad. Asintió con la cabeza. «Entonces, puede que nuestro amor, honesto y profundo, nos vuelva a unir mañana». Rebeca sonrió dejando que las lágrimas brotaran libres. Se soltaron las manos para abrazarse despacio, cerrando los ojos, inhalándose mutuamente los aromas, acompasándose en los latidos.

Se despidieron. Y en su camino de vuelta a casa, Rebeca sintió cómo la pena, el miedo y cualquier otra cosa mala que pudiera surgir rebotaban contra la pantalla que envolvía a su amor, como rebotan los cuerpos celestes en la atmósfera. Y supo que, al fin y al cabo, ningún fracaso ensombrecería el éxito de haberle respetado al amor su integridad.

© Vicente Ruiz, 2020

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