Patchwork

PROFE: Imaginad que me seguís todos en una red social. La que sea. Elegid una.

ESTUDIANTE 1: ¡Twitter!

ESTUDIANTE 2: No, tío, eso es un peñazo, mejor Instagram.

PROFE: Da igual. La que sea, ¿Instagram? Pues Instagram. Imaginad que yo subo cosas habitualmente a esa red siguiendo una coherencia en cuanto al tipo de contenido que comparto. Pongamos, mi pasión por el patchwork.

ESTUDIANTE 3: ¿Qué es eso?

ESTUDIANTE 4: Algo de coser, tía.

PROFE: Para quien no lo sepa, el patchwork consiste en unir retales de distintas clases, tamaños y estampados, para formar un todo. Por ejemplo, una funda para un cojín. Y a mí me encanta el patchwork, aunque os suene a la abuela de Caperucita.

(Risas).

PROFE: Bien, volvamos a mi Instagram. Vosotros pasáis mil de mi contenido de patchwork, sólo me seguís porque me conocéis, por simpatía o para que yo no os deje de seguir, pero no porque realmente os importe mucho lo que yo piense, sienta o comparta sobre lo muchísimo que me gusta el patchwork. Pero entonces, un día, subo una foto de mi gata. Y en cuestión de horas, me llenáis de likes esa foto. ¿Qué pensaríais vosotros, si fuerais yo, de esa reacción por vuestra parte?

ESTUDIANTE 2: Que la gata nos interesa más que el password ése.

(Risas).

PROFE: Ya, pero si sabéis que yo subo cosas de patchwork con asiduidad, ¿por qué me seguís?

ESTUDIANTE 1: Por lo que has dicho antes, porque nos caes bien, por no perder el feedback, curiosidad por si un día rompes el patrón y subes a tu gata…

(Risas).

PROFE: En cualquier caso, no me seguís por verdadero interés en mi contenido. Y eso puede ser frustrante. ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?

ESTUDIANTE 2: Subir más fotos de la gata.

(Risas).

PROFE: ¡Y ahí está el primer sumiso ante la dictadura del like en las redes sociales, señoras y señores! Comparto mi pasión, pero nadie me hace caso; comparto a mi gata, el mundo me adora, ergo sigo compartiendo a mi gata. ¡Adiós a mi contenido de patchwork!

ESTUDIANTE 5: Bueno, ¿y qué tiene eso de malo? Si tu contenido no era del interés de todo el mundo y eso te frustraba… ¿No? Quiero decir, es normal que busques la aprobación.

PROFE: ¿La aprobación a toda costa hasta el punto de olvidar que quise abrirme un perfil en una red social para compartir mi pasión por el patchwork?

ESTUDIANTE 5: Sí, es bastante normal. Todo el mundo cambia de contenidos y de la manera de exponerlos según el momento.

PROFE: ¿Según el momento o según se encuentre la persona tras el perfil?

ESTUDIANTE 3: Va unido, ¿no?

PROFE: Si buscas la aprobación, no necesariamente. Una persona es perfectamente capaz de traicionarse a sí misma sin darse cuenta. ¿Cuántas chicas de aquí salís de fiesta con tacones?

(Un montón levantan la mano).

PROFE: No bajéis las manos. De todas vosotras, ¿cuántas queréis realmente salir de fiesta con tacones?

(La mayoría de las manos que se habían alzado con la pregunta anterior, caen entre risas).

PROFE: Y ahora, ¿cuántas de las que acabáis de bajar la mano se ha planteado alguna vez ponerse otro tipo de calzado para salir de fiesta, aunque hayáis terminado llevando tacones?

(Casi todas las manos bajadas vuelven arriba).

PROFE: ¿Veis como es fácil traicionarse? Extrapolemos el ejemplo de las redes sociales a las interacciones sociales físicas, en este plano de la realidad. Imaginad que aquello que más os apasiona, al resto de la gente le da bastante lo mismo.

ESTUDIANTE 4: Pero no es lo mismo relacionarse aquí que en las redes.

PROFE: Menos mal, hacéis que el futuro me acojone un poquito menos.

(Risas).

PROFE: ¿Por qué no es lo mismo?

ESTUDIANTE 4: Porque aquí las relaciones no son tan superficiales.

PROFE: ¿Concedemos las mismas oportunidades aquí que en las redes sociales?

(Todos niegan con bastante convicción).

PROFE: ¿Por qué?

ESTUDIANTE 4: En las redes sociales das más oportunidades, pero la mayoría también las descartas rápido. Aquí no, aquí eliges mejor, das menos oportunidades y todo es un poco más profundo.

PROFE: Entonces, veis normal que en las redes yo sucumba a la aprobación dándole más espacio a la gata, traicionando así mi idea original de compartir mi pasión. Sin embargo, aquí lo tendría más fácil con el patchwork. ¿Es eso?

(Nadie afirma ni niega).

PROFE: A lo mejor debería apuntarme a un club de patchwork para tener donde desahogar esa pasión.

(Apoyan con cierto entusiasmo).

PROFE: Acabáis de dar por buena la aparición de guetos en grupos sociales con dificultades para la integración.

ESTUDIANTE 1: Pero no es lo mismo…

PROFE: ¿Por qué no es lo mismo?

ESTUDIANTE 1: Porque a veces son los que pertenecen a esos grupos los que no quieren integrarse.

PROFE: O sea, que yo no me quiero integrar porque me gusta el patchwork.

ESTUDIANTE 1: No es que nadie te prohíba que te guste el patchwork

PROFE: Hombre, ¡faltaría más!

(Risas).

ESTUDIANTE 1: Quiero decir que, a la hora de integrarte, tienes que mirar qué gusta en general, porque si no, pues nadie te hace caso.

PROFE: O sea, la gata. La gata para la integración y el patchwork para el club.

(Todos afirman rotundamente).

PROFE: Bien, ya conocemos la realidad. Siguiente pregunta: ¿os gusta?

(Todos callan).

PROFE: Ojo, no estoy preguntando si habéis aceptado la realidad tal cual es. La pregunta es clara: ¿os gusta la realidad? Para responderla honestamente tal vez deberíamos preguntarnos si nos gusta quiénes somos y cómo somos en esa realidad, como individuo y como colectivo.

ESTUDIANTE 6: A mí no me gusta.

PROFE: ¿Por qué?

ESTUDIANTE 6: Por lo que has dicho antes de los guetos. Si te sales de lo que se considera aprobable, como lo tuyo de coser, porque perteneces a una minoría, entonces tienes que ocultar eso de ti. Si quieres aprobación, tienes que mostrar sólo aquello que sí es de la mayoría, como las chicas que llevan tacones para salir de fiesta. No es justo.

PROFE: Ah, ya salió la justicia, esto se pone interesante.

(Intercambio de ideas entre los estudiantes).

ESTUDIANTE 1: Bueno, pero es que el mundo nunca ha sido justo.

ESTUDIANTE 4: Pero entonces estás haciendo lo que ha dicho la profe de aceptar la realidad sin más.

ESTUDIANTE 5: Pero para qué sirve preguntarse si te gusta la realidad, tío, la realidad es la que es, o la aceptas o te aplasta, joer.

ESTUDIANTE 6: Pues yo creo que se puede cambiar la realidad.

ESTUDIANTE 1: Y una mierda, ahora vas a terminar tú las guerras y el hambre y las enfermedades así, porque te sale a ti del nabo y dices que se puede cambiar la realidad, venga, no jodas.

PROFE: Chicos, chicos, no perdáis las formas, por favor.

ESTUDIANTE 1: Es que puede que la realidad sea una mierda, pero es la que es. ¿O no, profe?

PROFE: Acabas de decir que la realidad es una mierda. Eso es que no te gusta, ¿no?

ESTUDIANTE 1: Claro que no me gusta. Bueno, hay parte de la realidad que sí me gusta, pero otra que no.

PROFE: ¿Creéis que tragamos con lo que no nos gusta por aquello que sí nos gusta?

ESTUDIANTE 5: Básicamente.

PROFE: ¿Estáis todos de acuerdo?

(Asienten en conjunto).

PROFE: Bien, para la próxima clase quiero un escrito de 3 páginas, en Times New Roman 12, a doble espacio… Inciso: recordad que antes de poneros a escribir sin ton ni son, hay que reflexionar, reposar las ideas y estructurar la respuesta. La realidad es ésta, ¿me gusta en sí misma? ¿me gusto yo en esa realidad? Hay una respuesta global en la clase: parte sí, parte no. Responded entonces a la siguiente pregunta: «¿Qué estoy haciendo yo para cambiar lo que no me gusta de la realidad?».

ESTUDIANTE 5: Pero profe, ¿de qué sirve que yo pueda hacer algo si luego el resto no hace nada?

PROFE: Anda, ¿y cómo sabes tú que el resto no hace nada?

ESTUDIANTE 1: Porque nada cambia, sigue habiendo injusticia.

PROFE: Cuidado con cómo has relacionado esas dos afirmaciones. «Nada cambia». ¿Vivimos igual ahora que hace 100 años?

(Niegan).

PROFE: ¿Tiene eso algo que ver con que siga habiendo injusticia?

ESTUDIANTE 1: Vale, ya te pillo…

PROFE: A lo mejor lo que los demás hacen, lo hacen partiendo de criterios distintos a los vuestros. Pero eso no significa que no hagan nada. En todo caso, centraos en lo que hacéis vosotros siguiendo vuestros criterios. Para eso, tendréis que pensar en qué se basan esos criterios. Fijaos en esto.

(En la pizarra electrónica aparece la imagen de una colcha de patchwork).

PROFE: Lo de coser, como lo habéis definido antes. ¿Sabéis por qué me gusta?

(Niegan).

PROFE: Pero ¿queréis saberlo?

(Asienten sonriendo).

PROFE: Cada retal es distinto. No tiene por qué haber armonía en nada, lo interesante de tejer de este modo es la heterogeneidad. Cuanto más distintas las combinaciones, más bonito queda. Es como una orquesta, pero en lugar de sonidos, hay texturas, estampados y colores. Aquí no hay guetos. No hay cosas aprobables ni cosas ocultas. Y cada trozo, en su diferencia, aporta algo único al todo común. Queridos alumnos: hagamos patchwork.

© Vicente Ruiz, 2020

Los cuerpos celestes en la atmósfera

El sol atravesaba el espacio entre los listones de la persiana. Eran flechas de luz. Rebeca las contemplaba desde la cama, acurrucada entre los almohadones, tapada con el nórdico casi hasta los ojos. Podía ver las partículas revoloteando, haciéndose visibles, justo en la línea luminosa. Percibió entonces el tictac del reloj de la cocina, casi como un anuncio de las campanadas que echarían a volar en pocos minutos desde lo alto de la torre de la iglesia del barrio. Iban a dar las nueve. Domingo.

Sin salirse del área que ocupaba su cuerpo, para continuar refugiada en su propio calor corporal preso en las sábanas, se giró hacia la mesita de noche. Desconectó el móvil del cable del cargador y abrió el WhatsApp. Repasó la conversación de la noche anterior.

«Entonces qué quieres que haga?»

«Que rechace esta oportunidad?»

«No»

«Quiero que todo alrededor sea tan fácil como lo es entre tú y yo»

«Ya, pero es que esto ha salido allí, no aquí»

«No tiene por qué ser un impedimento»

«Sabes que acabará siéndolo»

«Pues lo dejo??»

«No, cariño»

«No te estoy pidiendo nada de eso, sólo que me comprendas»

«Quiero que seas feliz y aproveches esto»

«Podemos superarlo»

«Nos vemos mañana y lo hablamos, porfa»

«No sé cómo solucionarlo»

«Pero sí sé que te quiero muchísimo»

«Y yo a ti»

«Hasta mañana»

Cerró el WhatsApp y volvió a dejar el móvil en la mesita. Se giró de nuevo, dándole la espalda a aquella conversación. Le había salido un trabajo en Barcelona que olía a prosperidad, a estabilidad, a permanencia. Lo merecía, se lo había ganado a pulso, era lo que siempre quiso. Rebeca lo sabía y era feliz por la persona que ocupaba su corazón. Podía dejarlo todo e irse ella también a Barcelona. Pero en su fuero interno sabía que la desdicha se había instalado ya ahí, en medio de todo.

Tragó el nudo que se le puso en la garganta. La yema de uno de sus dedos interceptó el recorrido de la única lágrima que había aflorado a sus ojos. Se revolvió, quedándose boca arriba, mirando el techo, intentando no pensar en nada. Respiró hondo varias veces seguidas, en un vano esfuerzo por liberar el peso que le oprimía el pecho. Tañeron al fin las campanas.

Vertió agua en la parte de abajo, justo hasta el tornillo. Abrió la despensa y sacó el bote del café molido. Rellenó el depósito encajado sobre el agua y enroscó la parte de arriba. Encendió el fogón más pequeño de la cocina y colocó encima la cafetera romana. Dejó el bote del café molido en su sitio y cogió del estante inferior la bolsa de pan de molde. Metió dos rebanadas en la tostadora y bajó la palanca. Guardó el pan, cerró la despensa y abrió el frigo, de donde tomó un aguacate y el envase del jamón dulce. Saltaron las tostadas, borboteó el café y Rebeca se entregó a un placentero desayuno.

Más tarde, bajo el agua caliente de la ducha, pensaba en el discurso con que daría forma a sus sentimientos respecto de los cambios que se avecinaban. No sería fácil. Pero había que estar a la altura del amor que les unía. Es de lo que se olvida la mayoría de las parejas.

Se subió la cremallera de la parka hasta el pañuelo que le envolvía el cuello. Con la voz de Pucho resonando por los auriculares en sus oídos («Se apaga el carrusel, deséame suerte»), dirigió sus pasos hacia la parada de autobús. No tardó en venir. No tardó en llegar. No tardó en ver a su amor con las manos en los bolsillos de su abrigo, aguardándola en medio de la plaza.

En sus ojos resplandecía una pátina acuosa, intensificada por el sol, que le empequeñecía las pupilas, dándole así más campo al brote de colores pardos que adornaban aquella mirada otoñal, tierna y profunda, que siempre le hacía sentirse a salvo de todo, en su hogar, al abrigo del frío, su fuego en medio de la oscuridad.

No fue fácil. Pero quería estar a la altura del amor que les unía. Es de lo que se olvida la mayoría de las parejas: el respeto a ese amor. Un amor puro y honesto que habían logrado mantener y salvaguardar. Era demasiado sencillo romper su halo protector. Sólo una cuestión de egoísmo. Así de simple. «Que te vayas es egoísta por tu parte; que te quedes, lo es por la mía; seguir a toda costa, lo es por la nuestra», le había dicho. Si había que elegir entre sacrificar la relación o aquel amor inmenso que no había sentido antes en la vida, ella lo tenía claro. El egoísmo lo enturbiaría, terminaría con su pureza. No lo permitiría. Había que estar a la altura de su amor.

No respondió inmediatamente. La tristeza dejó una pincelada en su sonrisa, pero no asomó la lluvia por sus ojos, soleados como aquella mañana de octubre. Le tomó las manos, que apretó con calidez y suavidad. Asintió con la cabeza. «Entonces, puede que nuestro amor, honesto y profundo, nos vuelva a unir mañana». Rebeca sonrió dejando que las lágrimas brotaran libres. Se soltaron las manos para abrazarse despacio, cerrando los ojos, inhalándose mutuamente los aromas, acompasándose en los latidos.

Se despidieron. Y en su camino de vuelta a casa, Rebeca sintió cómo la pena, el miedo y cualquier otra cosa mala que pudiera surgir rebotaban contra la pantalla que envolvía a su amor, como rebotan los cuerpos celestes en la atmósfera. Y supo que, al fin y al cabo, ningún fracaso ensombrecería el éxito de haberle respetado al amor su integridad.

© Vicente Ruiz, 2020