Perdonar

Dar por completo. Eso significa.

Todos tenemos algo de lo que avergonzarnos. Daniel también. Aun con todo lo bonachón que era, había hecho daño. En algunas ocasiones, no había sido el buen amigo que se esperaba de él. Había engañado a una de sus novias y roto la relación con Toño, su hermano mayor. Y cuando las cosas no devenían en lo que él quería, los fantasmas de todos sus conflictos entraban en juego. Daniel sufría, pero no lo quería reconocer. Así que cuando respondió a aquella llamada de teléfono, el bofetón le pilló completamente desprevenido.

—Hijo…

Se alarmó. El tono de su padre denotaba que había llorado, pero se esforzaba por mostrar una dureza, en apariencia, personalizada para él. Algo había pasado.

—Qué.

—Toño ha muerto. Ha tenido un accidente volviendo a casa, con un camión. Ha muerto en el acto. Tu madre, tu hermana y yo estaremos mañana en el tanatorio. El funeral será pasado, a primera hora. Haz lo que creas conveniente. —Y colgó.

Daniel no fue, ni a lo uno ni a lo otro. En lugar de eso, se refugió en el trabajo y en el piso de su nueva novia, que no conocía nada de su historia con Toño. Sin embargo, no pudo evitar que, con el paso de las horas, fuese mostrándose más malhumorado, incluso irritable, en sus interacciones. Al final, ante el creciente enfado de la novia, tuvo que decirle con desgana que su hermano había muerto, en un torrente de voz que fue de menos a más, tanto en velocidad como en volumen, tuvo que decírselo porque quería comprensión, o sea, que pudiera gruñir a su novia sin réplica, porque su hermano se había ido de este mundo sin avisar, antes de hora, antes de venir a arreglar las cosas con él, aunque, ahora que lo pensaba, no había ya nada que arreglar, porque se había metido donde nadie le había llamado, y eso era imperdonable, aunque le hubiese explicado el porqué lo había hecho, le había confirmado a su ex que él se estaba viendo con otra y su hermano le había dicho que ante una pregunta directa él no mentía, y entonces Daniel no pudo más y le vomitó encima todas las cosas en las que Toño se creía superior, echándole en cara su manera de hablarle desde un púlpito irreal, siempre aleccionándole sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, siempre criticándole las diferencias con él, porque claro, Toño, y sólo Toño, podía ser el referente, pues era el mayor, y era odiosa esa manera que tenían los papás de aplaudir todo lo que Toño hacía, todo lo que Toño decía era la verdad absoluta, y eso que lo más gracioso de todo es que él no se vendía así, no, Toño era ante todas las cosas una persona humilde, él siempre te recordaba que su opinión podía ser errónea, te aseguraba que no te juzgaba, y te pedía perdón, encima, te pedía perdón por no darte la razón como, según él, tú pretendías, como si Toño pudiera saber lo que quería él en realidad, si nunca se había interesado por su perspectiva de las cosas, sus motivos, sólo se había fijado en los errores y nunca había querido comprender las excusas, nunca había querido comprenderle, y eso era lo más doloroso de todo, que no habían arreglado las cosas porque Toño no había querido comprenderle y ahora estaba muerto y no había nada ya que arreglar.

Llegó el silencio como un meteorito. Y entonces Daniel comenzó a respirar agitado, hasta que, sin más, rompió a llorar.

—Algún día aparecerá el orgullo ante los hombres y se reirá en vuestra cara diciéndoos: «Siempre gano yo» —dijo la novia. —No conocí a tu hermano. Pero si es verdad que te metió tanta presión, seguramente era porque te quería y quería lo mejor para ti. Si no te venía bien, habérselo dicho. Las cosas se hablan. Las personas se hablan, se escuchan. Es la única manera de conectar lo que esperamos con lo que obtenemos. Al menos él esperaba algo de ti, ¿habrías preferido que le hubieses sido indiferente? Si lo único que quieres en esta vida es tener la razón, al final acabarás solo con tu razón.

—¿Es una indirecta?

—Es lo que veo. Yo no impongo ultimátums, ni creo que, según contextos, haya una sola manera válida de ver las cosas. Pero cuando no comparto una opinión sobre algo en lo que tenemos que decidir ambos, busco una alternativa, no me obceco. Eres como una presa de agua. Has ido reteniendo y se te ha derrumbado el muro de contención. Ahora qué, ¿eh? ¿Vas a buscar a otra persona con quien volver a construirlo?

—Déjame en paz.

—Las personas hablan, Daniel. Cuando hablas, abres canales nuevos. Así fluye el agua mejor. Y si se atasca un cauce, siempre puedes recurrir a los demás.

—Que te calles, joder, que me recuerdas a… —se calló de golpe.

—Ya. A Toño. Pues nada, hijo, no seré yo quien se dé de cabezazos contra la nueva presa.

Dar por completo. Eso significa.

Daniel acudió al día siguiente al nicho de su hermano. Lloró. No quería, pero lloró como un niño. Puso las manos sobre la lápida y dejó caer la cabeza entre los hombros, sin dejar de llorar. Lloraba y lloraba y, mientras lloraba, musitaba que lo sentía, con una voz ahogada y pálida, si es que los sonidos pueden serlo, sentía haber sido tan imbécil, haber dejado pasar el tiempo permitiendo que el silencio entre los dos, que el espacio entre los dos, se magnificase y se hiciese insalvable, que sabía que era cosa suya, era él quien se había alejado, quien había decidido cortar el hilo, y ahora el hilo se había quedado como un cabo suelto, solo y absurdo, mientras que él, Toño, seguramente lo habría intentado, si no hubiese sido por aquel incuestionable respeto que sentía hacia el espacio de los demás, hacia el silencio de los demás, aunque le doliese, aunque le naciese volver a buscar el encuentro, aquel respeto tan inusitado y excepcional, porque era verdad que no soportaba molestar a nadie, y sabía que a Daniel le molestaría, susceptible e irascible como es, pero Toño lo habría intentado porque no aguantaba estar a malas con su hermano, Toño era superior, mucho más superior de lo que él sería nunca y, sin embargo, mucho menos superior de lo que mostraba en realidad, y ahora estaba muerto y no lo vería nunca más y no podría decir que lo sentía, que sentía todo el daño que le había causado con su estúpida frialdad, que lo quería tanto como le dolía que ya no estuviese en el mundo y, sin pensarlo ni quererlo, le salió de dentro desear en voz alta haber sido él, Daniel, quien se hubiese muerto, aunque luego pensó que entonces sería Toño quien estuviese jodido y no se lo merecía.

Se secó la cara y fijó la mirada en la lápida. Una pluma se había posado sobre el borde del mármol. Justo encima, en la lápida superior, habían grabado:

«No juzguéis y no os juzgarán; no condenéis y no os condenarán; perdonad y os perdonarán; dad y os darán: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros. (Lucas, 6:37-38)

Siempre debes actuar de modo que al mismo tiempo desees que la regla según la cual actúas pueda convertirse en una ley general. (Immanuel Kant)».

Volvió a bajar la mirada allí donde habían inscrito el nombre de Toño, al que se acercó y besó. Cogió la pluma. Se preguntó si sería alguna señal de su hermano. No iba a ser fácil perdonarse a sí mismo. Siempre cuesta más perdonar el daño provocado por uno mismo que el infligido por los demás. Sería algo con lo que vivir. Pero no tenía por qué producir más daños, no tenía por qué no restaurar los lazos con quienes seguían vivos junto a él. Sacó el móvil, buscó el número de sus padres y lo marcó.

Dar por completo. Eso significa.

© Vicente Ruiz, 2020

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