Libertad

Las manos abiertas. Eso decía. No puedes atrapar el viento, ni el agua, ni el fuego, ningún elemento puede quedar encerrado en tu puño. Sólo puedes abrir las manos para sentirlos mejor. Lo mismo sucede con las personas. Ábreles los brazos, pero no trates de retenerlos.

Hablaba conmigo, que soy una señora de setenta años ya, jubilada, que ocupa su tiempo libre en aprender a tocar el ukelele y a asistir a clases de danzas húngaras, como si ella también fuese otra señora de setenta años. Aunque no los tenía, era un alma antigua.

Decía que los amigos de verdad sólo existen en la adolescencia y en la jubilación. Son dos épocas muy parejas, exentas de trabajo y, por ende, con altas probabilidades de conectar y coincidir con las personas para dedicarles tiempo y atención. En la etapa que va de la una a la otra, la vida se lo llevaba todo por delante: las jornadas de trabajo, los compromisos familiares; los pediatras, el entrene, el ballet, las clases de inglés; el cumpleaños del hijo de aquellos, la comunión de la hija de los otros. Haces amigos con quienes compartes una actividad: los del gimnasio, los del ensayo del grupo de teatro, los de la escuela oficial de idiomas. Una vez terminas con esa actividad, se acaban las amistades. Es imposible dedicarse a todo el mundo por igual.

Yo le preguntaba si por eso siempre la veía sola. Ella me respondía que llevaba consigo a todo el mundo al que había querido. Pero sólo unos pocos habían elegido quedarse en su vida. Lo que ofrezco, decía, no interesa para siempre. ¿Puede cambiarse una por ello? ¿Debe hacerlo? Ella decía que no, que había que ser libre y permitir a los demás que también lo fuesen. Recuerda, decía, ábreles los brazos. Si les abres los brazos, les estás dando la bienvenida y la posibilidad de irse a la vez.

Cómo sabrán entonces los demás si lo que tú quieres es que se queden, dudaba yo, porque yo es que no veía muy normal esa manera de proceder. Yo era del pensamiento de que quien la sigue, la consigue; y de que, si Mahoma no venía a la montaña, bueno, todo eso. Pero ella sonreía callada. Un día me contó entonces que las palabras debían ir acompañadas de actos. Claro, contesté yo. Siguió explicando. Si yo te digo que eres importante para mí, sólo son palabras, aunque sean sinceras. Si, además, te hago un obsequio, ya no hay viento que se lleve las palabras, mis obsequios siempre tienen un significado personal. Si, finalmente, tienes mi mirada, mi voz, mi abrazo, te doy todo de mí, ya estás en mi vida. Independientemente de lo que hagas tú, pues eres libre de que yo no esté en la tuya. Todo eso dijo.

Durante una semana no vino. Así que un día la llamé, preocupada. Me dijo que había estado curándose. Le pregunté si había estado enferma y me respondió que no. Hay heridas que no se ven, vacíos que no se llenan, y mi corazón está lleno de ellos, dijo. Me dio tanta pena. Porque yo veía en ella el amor. Cómo podía ser que tanto amor siguiera vivo entre tantos huecos. Se lo pregunté. Cierro los ojos, me explicó. Cierro los ojos y veo mi amor en el centro de mi pecho, dentro de mí. Es una luz dorada. Como un halo, pero interno. Y entonces veo en medio de esa aureola todos los rostros de quienes están en mi corazón, los dueños de esos vacíos. Veo sus sonrisas, sus ojos, escucho sus voces. Recuerdo los gestos, los tactos, la estrechez de los abrazos, los olores. Recuerdo todo lo que me hicieron sentir. El amor no se da. Tú no me das tu amor. Tú alimentas mi amor. Así funciona. Ellos siguen siendo el alimento de mi amor.

La escuchaba perpleja. Yo jamás había pensado así. Nunca había imaginado una emoción semejante. Quería a mi marido, a mis hijos, a mis hermanos, a mis amistades. Pero esa estampa, tan espiritual, tan, cómo decirlo, ¿tan magna? Y volví a lo mismo. Cómo podía estar tan sola. Yo soy el árbol, me dijo. Los demás son los pájaros. Yo siempre estoy aquí. Con los brazos abiertos. Las manos abiertas. Y los pájaros se posan en mí un tiempo. Y después, vuelan.

Alguien a quien conocí muchos años antes que a ella me comentó que las relaciones eran efímeras. Que la gente viene y va, entra y sale, llega, te dice hola, te dice te quiero, te dice ya no te quiero y se despide. Algunos, ni siquiera eso, amanece una mañana y ves que se fueron sin decir adiós. Lo recordé al pensar en esa imagen del árbol. Supongo que esa persona sería otro pájaro. Me pregunté qué sería yo.

Cuando curó sus heridas, sus vacíos, volvió. Con su ritmo pausado, su sonrisa calma y la mirada tímida. Recordé entonces el día que la conocí. Hojeaba un libro de arte. Contemplaba el árbol de la vida de Klimt. Una luz dorada, justamente, qué cosas. Cuando empezamos a hablar, le pregunté por el cuadro. Me contó que le gustaba por tres razones. La primera era que el árbol es hermoso, lleno de ramificaciones y espirales y símbolos, como la vida, claro. La segunda razón era que las figuras le recordaban algo importante: que hay soledad y hay compañía; que la ilusión es una cosa y la realidad otra; que los deseos pueden satisfacerse o no. La tercera razón era el pájaro negro. Moriré, dijo. Y cuando muera, quiero que me recuerden así, con los brazos abiertos y el calor de un atardecer. Fue entonces cuando le pregunté su nombre.

Me llamo Libertad, dijo. Me doy cuenta ahora de que es un buen nombre para un árbol.

© Vicente Ruiz, 2020

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