Constelaciones

Floto. Soy el tronco de un baobab jugando a ser nenúfar. Me mece el mar, cristalino, calmo, cálido. Me arrebuja.

Cierro los ojos y te veo saliendo por la sala de llegadas arrastrando la maleta cargada de agotamiento, no había más que verte: los ojos ensombrecidos, la sonrisa forzada y los pasos bajo el peso del sufrimiento. Me limité a abrazarte de la única manera que sé, con ese halo protector que no hay quien me quite de encima, marca de guardianes y cuidadores de almas ajenas. Puede que así lo percibieras, porque tras aquellos siete segundos estrechándote contra mí, tus ojos cobraron algo más de luz y tu sonrisa lucía más ligera. Aun así, una vez en casa, te mandé darte una ducha, comer y echarte la siesta. Cumpliste la orden sin rechistar.

Te abrazo de nuevo, en mi recuerdo. A pesar del líquido que me envuelve, puedo sentir otra vez la solidez de tu cuerpo. Al contrario de lo que hice entonces, relajo ahora los brazos. Noto cómo se hunden, primero los codos, luego las muñecas, hasta que finalmente sólo quedan las yemas de mis dedos salientes sobre la superficie. Abro los ojos. El sol se cuela por entre mis pestañas.

Estuviste durmiendo hasta bien entrada la mañana siguiente. Un par de veces me acerqué al dormitorio para cerciorarme de que respirabas. Había tanta paz en tu sueño que me sabía mal despertarte. No me importaron aquellas horas que el descanso robó de tu tiempo conmigo; estabas en casa, me bastaba con eso. Y cuando entraste en la cocina y me abrazaste por detrás, supe de tu renacer.

La suave corriente que me balancea me ha hecho virar lentamente; antes eran mis pies, ahora es mi cabeza la que apunta a la orilla, lejos de ella, donde el mar me cubre por completo si me dejo hundir. He llegado aquí nadando. En cada brazada, tu risa: tu risa persiguiendo a las gaviotas en la playa; tu risa llevándome la contraria, haciéndome rabiar, burlándote de mi falta de picardía; tu risa buscando la mía, todos los días, a todas horas. Tu risa es mi religión: le rindo culto y me refugio en ella como si fuese un templo.

Cojo aire y me dejo caer en el agua, lentamente, la arena me recibe. Así hacíamos el amor, dejándonos caer, con la lentitud que reclama la ternura, recibiéndonos mutuamente. Me contabas los lunares de la espalda, todas las noches. Cada vez te salía un número distinto. Yo creo que te inventabas lunares inexistentes. Me decías que si pudieras unirlos, saldrían infinidad de dibujos; que si fuesen estrellas, llevaría en la piel todas las constelaciones. En cambio, sí llevo tu olor, tu calor y tu sabor, y con eso me quedé lo mejor de este mundo.

No has querido que fuese a despedirte al aeropuerto. Me he venido al mar para hacernos un regalo mutuo: yo me baño en él y él se baña en mis lágrimas. Cada náufrago tiene su isla, supongo. Y cada isla, su mar. Este mar es el mío. Dejo escapar las últimas burbujas de aire y me impulso hacia la luz.

Floto. Soy un nenúfar con las dimensiones de un baobab. Me cura el mar, sereno bailarín. Oigo un avión. Cierro los ojos.

© Vicente Ruiz, 2020

Do

Decía el maestro Yoda a Luke Skywalker: «Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes». Se refería con ello a que todo acto que acometiese Luke debía ser con intención: sin intención de acto, no hay acto. Son los dos componentes que subyacen a todo lo que hacemos, consciente o inconscientemente. En el caso de Luke, su control de la Fuerza responde a la intención con que usarla para que ésta actúe; o, mejor dicho, para que Luke actúe a través de ella. Para el maestro Yoda, que Luke dijese «Lo intentaré» significaba ausencia de intención, por eso le respondió aquello.

Pero el maestro Yoda, que sabía mucho de la Fuerza, aunque poco de etimología, se equivocaba en esa percepción. Intentar no es el verbo del cobarde, ni del inepto, ni del inseguro; es el verbo del aprendiz. Cuando Luke le dijo a su maestro «Lo intentaré», en realidad, le estaba diciendo «Ésa será mi intención». En algún momento, hubo una connotación discrepante entre intento e intención, convirtiéndolas en diferentes cuando son lo mismo: la voluntad, la determinación con que procedemos.

Intentar significa, literalmente, probar hacia dentro. Su raíz, –tentare, también está en atender. Y en tentar. Y, mira tú por dónde, en intento, aunque éste resulte ser el participio de intendere, o sea, entender, que significa dirigir hacia dentro. Intención lleva sumado a intento el sufijo latino de acción, ésa es la única diferencia etimológica. Por lo demás, intentar y entender son verbos hermanos: ambos comparten prefijo, que marca claramente que aquello que se intenta o se entiende ha de asimilarse; y ambos indican que lo que se interioriza nos pone a prueba. Ahí es donde nace el aprendizaje.

Lo que sucede con Yoda es que era anglohablante y lo que en realidad dijo fue: «Do or do not, there is no try». Ah, amigos, esto lo cambia todo. Porque el verbo to try, que viene del francés trier, también adoptado por la lengua catalana en triar, significa elegir, seleccionar. Si atendemos al contexto, el maestro jedi le está diciendo a Luke que no hay más opción que hacerlo o no hacerlo. Al traducir la frase al español, esa idea se fue al garete, ya que el equivalente inglés a poner intención a algo es to intend (anda, mira, de intendere, o sea, entender).

Tal vez la mala fama que el maestro Yoda le endilgó involuntariamente al verbo intentar tenga relación con los intentos vanos, los intentos que nunca tuvieron intención de verse transformados en actos. Las promesas rotas, por ejemplo: las palabras que sólo se componen de significantes porque se han desinflado de significados son el equivalente textual a las acciones desprovistas de intención.

Pero en el aprendizaje también hay margen para el error. Porque a veces sucede que intención y acto no van en consonancia. También fue Yoda quien dijo: «El mejor maestro, el fracaso es». Sólo el intento se antepone al fracaso. Pero el fracaso no es sino un acto errado según su intención. No aprenderíamos sin error; no erraríamos sin intento; no hay intento sin intención; no hay intención sin voluntad de ponernos a prueba. En esa voluntad es donde cobra el sentido la sentencia original de Yoda «Do or do not».

Quien lo intenta es quien elige «Do». Puede tener éxito o fracasar, pero nada de esto es posible si no hay un intento previo. Quien lo intenta es quien se pone en pie tras cada caída porque vuelve a elegir «Do». Sólo lo hace quien lo ha intentado millones de veces; sólo quien lo ha intentado millones de veces puede hacer alarde del famoso eslogan «Just do it», porque nadie nace enseñado, todo hay que aprenderlo. Quien lo intenta es quien quiere aprender. Quien aprende, intenta mejorar. Y lo intenta porque elige «Do».

Elegir reiteradamente «Do» es insistir; el tesón se fragua en el intento continuado. Podría sacar a relucir más sinónimos (constancia, perseverancia, firmeza) que sin el verbo intentar sólo serían conjuntos de letras, bien lo saben los opositores, los músicos, los deportistas y bailarines profesionales, los cocineros y los niños de educación infantil. Por eso no nos definen ni las palabras, que se las lleva el viento, ni los actos, pues podemos fallar. Nos definen las intenciones, la voluntad, elegir o no elegir «Do». Somos el resultado de querer seguir aprendiendo y no dejar de intentarlo.

© Vicente Ruiz, 2020