Agente preocupado

Llevaba sin trabajo exactamente 2 meses y 6 días. La prestación por desempleo que le quedaba, después de haber estado cotizando los últimos años a base de firmar un contrato por obra o servicio detrás de otro, se le había terminado semanas atrás. Poco antes, había empezado a llamar por teléfono diariamente. Presentó el formulario para ver si podía acogerse a algún tipo de subsidio a través de la página web del servicio público de empleo. Nadie se había puesto en contacto con ella. Cuando conseguía que el número al que llamaba le diera línea, se escuchaba el parloteo de la cinta grabada recordando todos los trámites que podían solucionarse telemáticamente, para disuadir de la opción telefónica y liberar líneas. Pero ella persistía en la atención personal. “En estos momentos todos nuestros agentes están ocupados”, era la última frase antes de que se cortase la llamada.

En la pantalla del móvil apareció la palabra “MAMÁ”. Lucía se restregó los ojos y lanzó un hondo suspiro al vacío de su casa antes de descolgar.

—Hola, mamá.

—Lucía, ¿por qué no les envías un correo con la documentación que tienes?

—Ya lo he hecho. Les escribí explicándoles que me habían aplicado, o como se diga, una extinción de contrato por causa del coronavirus, dado que nuestros clientes son mayoritariamente chinos, y les adjunté en el email una copia del contrato original, la carta de la empresa justificando esto y hasta el certificado de empresa.

—Bueno… —respondió con la voz apagada—. ¿Necesitas algo? ¿Quieres que te pase dinero para hacer la compra? ¿Algún recibo?

—La semana que viene es probable que te pida.

—No te preocupes, hija.

Cuando colgó ya se le habían colmado los ojos de lágrimas. Con lo bien que pintaba el año cuando en enero le habían ofrecido el ascenso de categoría. Por fin había conseguido el merecido premio, después de años de agonías laborales, sin beneficio ni porvenir, de haber pasado por trabajos insatisfactorios, inestables, insuficientes que lo último que le daban era la independencia. Ante este planteamiento, reaparecía por el horizonte la oposición como único y último recurso para salvarse. No le hacía feliz. Y estaba harta de no ser feliz. Echaba la vista atrás y no podía sino lamentarse una y otra vez de sus decisiones pasadas. Y sabía que no servía de nada. De nada, absolutamente. ¿Pero a qué se podía aferrar entonces, en ese mismo momento, cuando no había ni una opción que le pudiera plantear un presente menos desolador?

Al fin, una voz sonando en vivo y en directo le saludó desde el otro lado de la línea. Lucía le planteó su situación: el contrato que había firmado por un año, la extinción del mismo, la carta justificante, el fin de su prestación. Todo.

—No dispongo ahora mismo de ningún ingreso.

—Lo siento, pero no puede acogerse a nada. Las ayudas que se están liberando ahora son para personas a las que se les haya terminado el contrato después del 15 de marzo y siempre y cuando tuvieran 2 meses cotizados.

—Vaya…

—Ayer dijeron que iban a sacar adelante la renta mínima vital. —Lucía tuvo la sensación de que aquel hombre quería animarla. —Pero eso no depende de nosotros. En todo caso, habrá que esperar a que salga en el BOE.

—Sí, sí… Creo que se podrá pedir a finales de este mes.

—Lo siento mucho.

—Qué le vamos a hacer… Gracias.

Cortó la llamada. Temblaba y empezó a sentir un leve mareo. Cerró los ojos. El pasado era una sombra, el presente un puntito chiquitito y el futuro un abismo. Eso fue lo que vio en su mente. El agente ocupado, que se había desocupado para atenderla a ella, había sonado hasta compungido. “Lo siento mucho”, volvió a escuchar como un eco.

A un escaso kilómetro de su domicilio, el agente se había quedado pensando en aquella mujer. Miró a su compañera en la mesa de la izquierda y le dijo:

—¿Qué va a pasar con toda esta gente a la que le han metido un tijeretazo en el contrato en lugar de incluirla en un ERTE y no tiene derecho a nada? Acabo de colgarle a una chica menor de 45 años, sin cargas, sin empleo y sin derecho a prestación, en esa situación. Si no tiene a quién pedirle ayuda, ¿qué va a pasar con ella?

Su compañera levantó los hombros:

—Siempre hay gente pasándolo peor. Siempre. No es un consuelo, simplemente es la verdad. Incluso la situación global podría ser aún más grave. Una guerra, por ejemplo, o una catástrofe natural de dimensiones inmensas siempre serían males mayores. Estamos malacostumbrados y ahora nos ahogamos en un dedal. No lo digo por esa chica, no la conozco, no sé cuáles son sus circunstancias. Y, además, ninguna experiencia desacredita a cualquier otra. Cada uno libra sus batallas. Pero en general somos unos malcriados. Tenemos tantas cosas buenas a las que nos hemos apegado que no sabemos ya vivir sin ellas. Imagina que tu casa quedara arrasada con todas tus pertenencias dentro y apenas dinero en el banco. O que toda tu familia acabase en un campo de exterminio porque no lograron exiliarse como tú. En estas circunstancias de excepción, hemos podido suministrarnos de lo básico, hay orden porque todos, unos más y otros menos, pero todos hemos cumplido las directrices. Dentro de lo grave, no ha estallado esa crisis de pánico colectivo que se ve en muchas películas. Pero ha muerto muchísima gente. Muchísima. No lo queremos ver porque nos molesta, nos incomoda ver esas imágenes. Esa chica no ha muerto. Y como ella, muchísimos más. ¿Qué va a pasar con ella?, preguntas. Pues sufrirá, no te digo que no. Hasta que vea que delante de ella no hay un abismo, sino una oportunidad. La que no han tenido decenas de miles de muertos.

El agente preocupado asintió reflexivo, cogió aire y se dispuso a atender otra llamada.

En su casa, Lucía, abría el temario de las oposiciones por la primera página.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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