El reflejo

Mírame. Tú sabes quién eres. Tú conoces tus lagunas, tus errores, tus carencias, tus límites. Y está bien no olvidar nada de eso. Está bien recordarte que eres falible, que no eres perfecta, que tienes necesidades y que estás lejos de sentirte satisfecha y por eso te reconoces mediocre.

Pero no te machaques. No te arrastres. Deja de sentirte inferior, siempre infravalorándote, como si no merecieses lo bueno que te pasa, como si tú no aportases nada positivo a los demás y estuvieses en continua deuda por lo que te brindan.

Quién tiene el mando en ti. Tú. La de ahora. La que lleva cuatro años reconstruyéndose, reencontrándose, superando y creciendo. Yo me sentiría un poco más orgullosa de ti. No te ha acompañado mucho la suerte en algunas cosas, cosas a las que tú das mucha importancia, pero chica, la vida es así. Quién eres tú para juzgarla. Quéjate y luego sigue, porque el juego no para. No se pone en pausa. Eres una privilegiada en otros muchos aspectos y lo sabes. No te los voy a recordar.

Pero hay logros que son cosa tuya. Reconocerte las miserias y tratar de purgarlas dando lo mejor de ti cada día, lo consigas más o menos, tu intención es la que es. Dejar a un margen los sinsabores para cumplir con tus deberes, como todo el mundo, dirás, pero tú sabes el resto, porque también conoces tus cargas. No conformarte con lo que está en tu mano, siempre nutriéndote, replanteándote todo, cuestionándote si puedes llegar aún un poco más lejos.

Apuntas demasiado alto, te reprochas. Y qué hay de malo. Que no llegas nunca, lamentas. Siempre te quedas corta. Si perteneces a la tierra, qué haces fijándote en las estrellas, qué buscas en ellas. Así te pegas las tortas que te pegas. Pero no te das cuenta de que también eso te agranda. Porque si convirtieses tu admiración en envidia, si hicieses de tu amor algo mezquino… Pero no. Puede que la frustración te hunda al principio, pero luego, de algún modo, lo oxigenas, porque no permites que ese sentimiento se afee, no dejas que se pudra. Lo mantienes puro y limpio a toda costa. Aunque te lo tengas que guardar para ti. Tú sabes lo difícil que es eso. Por eso apuntas alto, porque te mejora, porque eliges bien.

Aún te preguntas qué haces aquí. Deja de hacerlo. Estás aquí y punto. Estás aquí, con tu amor brillante y claro, con tus ganas de hacer el bien. Quizá te marquen tus taras, pero no te definen. Es probable que no debas vivir algunas cosas, pero habrás vivido otras. Tal vez no lograrás mantener en tu vida a quienes quieres. Pero llevarás a esas personas siempre dentro de ti. Exactamente como hasta ahora.

Cantaba la Callas en “La mamma morta”, recuerda: “Sigue viviendo, yo soy la vida, en mis ojos está tu cielo, tú no estás sola […] Sonríe y espera, yo soy el amor. […] Soy el dios que desde el cielo desciende a la tierra y hace de la tierra un cielo. Yo soy el amor. Yo soy el amor”.

Mírame. Tú sabes quién eres.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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