Mierdas

Sufre los golpes de su marido. Llama a su mejor amiga. Coge el autobús con lo puesto. Su mejor amiga le deja un sofá con sábanas limpias que le saben a gloria, que siente como la seda, que suenan a flautas traveseras, que saben a fresas frescas.

Ha muerto sin su familia. Pero con una enfermera cogiéndole de una mano. Un soldado cogiéndole de la otra mano. Tras una vida de la que se puede decir que fue plena si contamos sus tres hijos y sus siete nietos.

Va y viene cada día. Sin horarios fijos. Unas veces de mañana, otras de tarde, otras con sus guardias. Pasó la enfermedad encerrada en su dormitorio inyectándose retrovirales y a saber qué otras mierdas. Se recuperó y volvió al tajo, con su pijama verde, con su mascarilla y sus gafas y toda la parafernalia. Salva vidas todos los días.

Se mete en el coche patrulla. Lo más raro en él es andar ligero. Entre la porra, la pistola, las esposas y el cinturón del que cuelga toda su profesión, más el peso de la ley, más el de la propia conciencia… Nadie se cambiaría por él.

Tiene autismo. No entiende nada. Quiere salir. No entiende lo que siente. Quiere salir. No entiende a esas otras personas. Le gritan desde un balcón. No entiende nada.

Veamos las preguntas. Hay que masacrarle. Sale con el rostro sudoroso. ¿Será por la enfermedad? Hay que masacrarle. Veamos las preguntas. Ahí va la primera. Responde con palabrería mil. El político no deja de sudar. ¿Será por la enfermedad? Hay que masacrarle. Ahí va la segunda.

Es el décimo día con la misma mascarilla, lavada en lejía y en alcohol y en lo que haga falta, es el décimo día con la misma mascarilla. Los mismos guantes. El metacrilato no sirve si la gente se empeña en asomarse. Joder. ¿Unas magdalenas? ¿En serio? Una barra de pan. ¿Pero qué me está contando? ¿Sabe que estamos en Estado de Alarma? Que no voy ni al baño por aguantar aquí, pero ¿qué me está contando? ¿Un bizcocho de calabaza?

La gente se asoma. Se asoma, aunque vayamos con pantallas protectoras. Plásticos de tamaño a4 colgando de diademas. La gente se asoma porque está desesperada buscando otros ojos, otra sonrisa, otro rostro donde reconocerse. La gente se asoma parapetada, pero no deja de ser gente.

Las parejas se rompen, los niños no terminan de encontrarse, los médicos no saben en qué día viven, los yayos quizá sean los únicos que viven al día, como los bebés, los adolescentes se echan de menos, los hijos que viven fuera, pues como si vivieran dentro y viceversa, los padres quisieran cambiarse por todo el mundo, los amigos hacen lo que pueden, los profesores no enseñan, porque así es imposible, tú estás en un ERTE, yo estoy en el paro, él está endeudado, nosotros no sabemos cómo saldremos de ésta, ¿vosotros lo sabéis?, ¿ellos hacen algo? Todos estamos y no estamos.

Y en medio de todo este caos, te quiero.

Te quiero y no te lo puedo decir.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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