Nada y todo

El río. El río de nuestra vida en esta ciudad no es un río. Es un jardín largo que cruza Valencia de oeste a este a lo largo de diez kilómetros. Por donde antes discurría el agua ahora corren los runners, las bicicletas, los patinetes, los niños, los perros. Bueno. Corrían.

Desde el parque de Cabecera hasta la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, uno encuentra campos de béisbol, de rugby, de fútbol lo que más, claro; pistas de atletismo, zonas para skaters, un minigolf. Entre unas cosas y otras, zonas de arboleda: tipuanas, catalpas, álamos, jacarandas, árboles botella, bellasombras (¿podría tener un árbol un nombre más bonito?), palmeras enanas, fresnos, ginkgos, árboles del fuego, naranjos amargos, árboles del amor (otro nombre precioso), grevilleas, palmeras datileras, arces, chopos, cinamomos, pinos piñoneros, pinos carrascos, encinas, alcornoques, olivos, tarajes, adelfas, cipreses, sauces llorones, laurel de Indias, higueras, madroños, ciruelos, cocoteros, tejos, eucaliptos…

Paseo bajo la sombra de todos ellos, con los pies descalzos, sintiendo cómo pincha la hierba recién cortada, aspirando la fragancia de la hierba recién cortada, dejando que me inunde la vista el verde brillante de la hierba recién cortada. El viento de Levante me peina el pelo hacia atrás, cargado de sal y humedad, una tregua en este bochorno de primavera.

El primer puente histórico con que uno se topa es el de San José, siglo XVII. En la ribera sur, se alzaba frente a él el portal de mismo nombre. El puente de Serranos viene después. Fue el primero que tuvo la ciudad, aunque el original no era de piedra. Se reconstruyó en el siglo XVI. Pero fue el primero porque se sitúa frente a la puerta principal de la ciudad, la de las torres de Serranos, junto a la que se hallaba el puerto fluvial. Luego vienen el de la Trinidad y el del Real, que llevaba al antiguo Palacio Real, destruido por los propios valencianos en la Guerra de la Independencia, para evitar que lo tomaran las tropas napoleónicas.

Pero mi puente favorito es el del Mar, con las escalinatas que le diseñó Goerlich ya en el siglo XX, peatonal, en la parte más oriental respecto de la Ciutat Vella. Me pregunto qué habría allí de tanto interés en el siglo XIV, cuando se construyó el primero, aparte de huerta y agua. Habría algún camino, no respetado por el callejero moderno, que llevara, efectivamente, al mar, pues en línea recta desde allí uno acaba en la playa de la Malvarrosa.

La playa. El sonido de las olas. El agua lamiendo la orilla. Las tellinas semienterradas. Algún cangrejito alocado. Los pescadores solitarios clavando sus cañas en la arena. Las barcas tumbadas con el casco al sol.

Recuerdo preguntarme ya en mi niñez qué existiría si no existiese nada. Si no existiese el río, ni la playa; los árboles, el agua, el sol; si no existiesen los perros, los niños, las bicicletas, los siglos, los puentes, la sombra; si no existiesen las nubes, el cielo, los pescadores, las barcas. Si no existiesen los ojos, las sonrisas, los lunares, las manos, las cintas en el pelo, los besos, los cuellos, los latidos y la respiración.

Qué habría si no hubiese nada. Nada de nada. No habría planetas, no habría estrellas ni luna, no habría nada. No habría vida, ni emoción ni razón. No existirían ellas, no existiría yo. Todo se iría apagando, esfumándose, desvaneciéndose, desapareciendo, desintegrándose. Y qué quedaría. Nada. El silencio. La oscuridad.

Nada.

Entre mis dedos cuelga un cigarro que se ha consumido solo. Cuando me doy cuenta, se me ha colado por la comisura de los labios una lágrima. Está salada. Un helicóptero sobrevuela la ciudad. Las farolas y los semáforos iluminan mi calle. El aire lleva salitre en los bolsillos. Hay personas despiertas en otros balcones o ventanas, en el interior de sus pisos, algún insomne tira la basura a estas horas. Lo que me hace pensar que yo debería dejar de tirar estas horas a la basura.

Cierro y apago cosas. Me lavo los dientes. Cuando abro el grifo sale agua fresca. Las toallas están suaves y huelen a jazmín. Me asomo a la cuna y mi princesita duerme plácidamente. Me meto en la cama. Le paso el brazo por la cintura y le beso el cuello. Lleva en la piel el aroma y el sabor de casa. También duerme tranquila, o eso parece. Qué extraña sensación de felicidad me invade cuando las veo dormir así, profundamente, despreocupadas, seguras.

Y entonces pienso que, tal vez, en una hipótesis catastrofista de segundo condicional, no existiría nada.

Pero existe todo.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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