Vuelta al sol

Vuelo en mi nave espacial, entre el polvo estelar, saltando de estrella en estrella, cruzando la Vía Láctea, para encontrarme con las galaxias a años luz, desde las que mirar por un telescopio a la Tierra en el pasado, mucho antes de tantas órbitas, rodando por el espacio, como la canica de un niño.

Yo tenía canicas, pero casi nunca jugaba con ellas, a menos que me montase un circuito sola en un rincón del patio del colegio. Tampoco es que me importara mucho, porque lo que me interesaba de las canicas era la belleza que enterraban en el corazón de su núcleo, aquellos ojos de gato, pequeños planetas de colores persiguiéndose unos a otros por un surco.

Se van pronunciando los surcos de mi rostro, poco a poco, día a día, llanto a llanto, risa a risa. De tanto rascarme los ojos, se me ha estirado la piel de los párpados formando un plieguecito justo a la mitad. Canta Vega que todos le dicen que el miedo le resbala por la sien, plateándola de estrés. Yo no sé si es por lo mismo, pero que el castaño oscuro se va tornando gris es algo tan real como la lluvia, el viento, la sal del mar o la risa de mi madre cuando le he dicho que mañana haré paella.

Mi abuela cocinaba paella para una docena de personas con los cuatro fogones encendidos. Iba girándola, para asegurarse de que todo el arroz se cocinaba igual. Yo la veía trajinar desde la puerta, agarrando de un asa y girando, agarrando de la otra asa y girando. La paella era como un disco en una gramola, sólo que en lugar de aguja había un cucharón, y al otro lado de éste, una abuela vigilante.

Vigilantes se levantan a estas alturas del último de abril, Venus y la luna, reinas de una noche más propia del estío que de la primavera. Las contemplo desde aquí arriba, sobrevolando el cielo azul cobalto. Puedo distinguir las calles vacías por las farolas; puedo distinguir las casas llenas por las ventanas y los balcones. En cualquier caso, me guía la luz artificial en mi aterrizaje, mientras la luz del sol desaparece a mi espalda.

Otra vuelta al sol aumenta mi cuentakilómetros particular. Sigo ganando y sigo perdiendo, montada en una vagoneta de montaña rusa, con lo poco que me gustan a mí las inestabilidades, con lo sosegada y pausada que soy. Todo se queda dentro, eso sí, quizá sea ése el problema, pero una es como es. Ahora que me conozco bien, estaría bueno cambiar…

Apago el motor, que ya es medianoche, y mañana habré de arrancarlo otra vez para iniciar otra vuelta.

© Vicente Ruiz, 2020

El reflejo

Mírame. Tú sabes quién eres. Tú conoces tus lagunas, tus errores, tus carencias, tus límites. Y está bien no olvidar nada de eso. Está bien recordarte que eres falible, que no eres perfecta, que tienes necesidades y que estás lejos de sentirte satisfecha y por eso te reconoces mediocre.

Pero no te machaques. No te arrastres. Deja de sentirte inferior, siempre infravalorándote, como si no merecieses lo bueno que te pasa, como si tú no aportases nada positivo a los demás y estuvieses en continua deuda por lo que te brindan.

Quién tiene el mando en ti. Tú. La de ahora. La que lleva cuatro años reconstruyéndose, reencontrándose, superando y creciendo. Yo me sentiría un poco más orgullosa de ti. No te ha acompañado mucho la suerte en algunas cosas, cosas a las que tú das mucha importancia, pero, chica, la vida es así. Quién eres tú para juzgarla. Quéjate y luego sigue, porque el juego no para. No se pone en pausa. Eres una privilegiada en otros muchos aspectos y lo sabes. No te los voy a recordar.

Pero hay logros que son cosa tuya. Reconocerte las miserias y tratar de purgarlas dando lo mejor de ti cada día, lo consigas más o menos, tu intención es la que es. Dejar a un margen los sinsabores para cumplir con tus deberes, como todo el mundo, dirás, pero tú sabes el resto, porque también conoces tus cargas. No conformarte con lo que está en tu mano, siempre nutriéndote, replanteándote todo, cuestionándote si puedes llegar aún un poco más lejos.

Apuntas demasiado alto, te reprochas. Y qué hay de malo. Que no llegas nunca, lamentas. Siempre te quedas corta. Si perteneces a la tierra, qué haces fijándote en las estrellas, qué buscas en ellas. Así te pegas las tortas que te pegas. Pero no te das cuenta de que también eso te agranda. Porque si convirtieses tu admiración en envidia, si hicieses de tu amor algo mezquino… Pero no. Puede que la frustración te hunda al principio, pero luego, de algún modo, lo oxigenas, porque no permites que ese sentimiento se afee, no dejas que se pudra. Lo mantienes puro y limpio a toda costa. Aunque te lo tengas que guardar para ti. Tú sabes lo difícil que es eso. Por eso apuntas alto, porque te mejora, porque eliges bien.

Aún te preguntas qué haces aquí. Deja de hacerlo. Estás aquí y punto. Estás aquí, con tu amor brillante y claro, con tus ganas de hacer el bien. Quizá te marquen tus taras, pero no te definen. Es probable que no debas vivir algunas cosas, pero habrás vivido otras. Tal vez no lograrás mantener en tu vida a quienes quieres. Pero llevarás a esas personas siempre dentro de ti. Exactamente como hasta ahora.

Cantaba la Callas en «La mamma morta», recuerda: «Sigue viviendo, yo soy la vida, en mis ojos está tu cielo, tú no estás sola […]. Sonríe y espera, yo soy el amor. […] Soy el dios que desde el cielo desciende a la tierra y hace de la tierra un cielo. Yo soy el amor. Yo soy el amor».

Mírame. Tú sabes quién eres.

© Vicente Ruiz, 2020