Todos los días son domingo

Cuando me despierto por las mañanas, apenas oigo el tráfico de la avenida. El canto de un pajarillo atolondrado suele ser el primer signo individual de vida que percibo aún desde la cama. No todo está perdido si todavía queda un ser que canta. Los últimos días ha llovido y los próximos también lloverá, pero hoy hay tregua. Lo sé, porque al levantar la persiana, un sol tímido se asoma entre el manto de nubes grises, y el viento arrecia como un matón que camina de un lado a otro esperando a dar el golpe. De todo este primer escenario, lo único que me inspira confianza es el pajarillo.

Ya en la cocina me preparo el café con leche y le doy vueltas a todo esto que pasa. Me viene a la cabeza el hecho de que tres días antes cancelé mi viaje a Roma, un autorregalo de cumpleaños para finales de abril, y siento una punzadita en el corazón. Me resisto a pensar en todos los demás proyectos, sobre todo los profesionales, que ya nunca serán. Esa punzada es más dolorosa. Así que me centro en no infectarme ahora, porque yo sí pasaría por el hospital, y ya he tenido suficientes hospitales en mi vida. Sin embargo, no tengo miedo; es, más bien, impotencia.

Ayer comencé a leer «La peste», de Albert Camus. Al principio pensé que era una mala idea emprender justo esa lectura en esta situación. Pero a medida que avanzo, me doy cuenta de que puede ser hasta terapéutico. Aunque no sé cuánto tiene de consolador que en 2020 se repita la esencia de una historia ficticia, aunque basada en una real, que se publicó en 1947. Pero, claro, desde cuándo una terapia consiste en consolar o en sentirse consolado. Las terapias sirven para asimilar y aprender; que es algo que se nos da bastante mal, en general.

En uno de los despertares de madrugada, acuciada por las preocupaciones y la contractura que me atenaza el cuello, recordé la frase que encabeza este escrito. Aparece en «El sentido de un final», de Julian Barnes. Al protagonista le nombran una canción con dicho título y él se sonríe porque le recuerda a su época adolescente, en que el tedio todo lo copaba y los años duraban diez veces más, mientras él se encontraba «a la espera de que la vida empezara». Me pregunto si, ahora que todos los días son domingo, lo que esperamos es una reanudación o un nuevo comienzo; cuánto de lo que hasta ahora teníamos, acabaremos perdiendo; y qué ganaremos a cambio. ¿Asimilaremos y aprenderemos algo?

De vuelta al presente, con la jarra del café con leche, ya vacía, junto al portátil, me quedo contemplando los brotes verdes del árbol que se alza junto a mi ventana. Una urraca se posa en sus ramas. Luce su elegante frac. La urraca comparte con el pingüino este tipo de plumaje, negro y blanco, tan distinguido. Me llaman la atención todos los animales cuya genética es tan estricta y exacta a la hora de redistribuir el blanco y el negro. Los dálmatas, las cebras, los collies con su collar blanco.

Cuando vuelvo a fijarme en el árbol, la urraca ya no está. Se ha ido y no he podido decirle cuánto la envidio.

© Vicente Ruiz, 2020

La espada de Damocles

No la vemos. Está forjada con mucha finura, es larga y relumbra. Pero no la vemos hasta que la vida se nos tambalea. Y ahora, que alzamos todos la vista, y vemos su punta afilada rozándonos la frente, es quizás el momento de parar a reflexionar.

Que todos somos importantes. Tengamos la edad que tengamos, hablemos el idioma que hablemos, pensemos lo que pensemos, sintamos como sintamos.

Que todo empieza por uno mismo. El cuidado, el amor, la solidaridad, la empatía, la familia, la amistad, la vecindad, la responsabilidad.

Que fuera de uno mismo, habrá quien esté mejor, pero también habrá quien esté peor. Comprensión.

Que la vida es hermosa. Cuando la vemos terrible, injusta, dura, como ahora, es porque no la podemos disfrutar. Pero es hermoso ver salir el sol de verano en la playa; despertar con el calor de la persona amada; el sabor de las fresas con nata, del vino con queso, del café, de una onza de chocolate derritiéndose en el paladar; la risa de las personas que queremos, la risa descontrolada, las lágrimas de la risa; los senderos de los bosques, el canto de los pájaros, la llamada del agua del río, los rayos entre las hojas de los árboles; los pies rechonchos de los bebés; la manos arrugaditas de los abuelos; un buen disco, un buen libro, una buena película, un buen sofá y una buena manta; bañarse en el mar; dormir con la lluvia de fondo; conversar hasta el amanecer. La vida es hermosa.

La espada de Damocles, no queremos verla, pero está ahí. Yo no la miro cada día, pero la siento siempre. No vivo con el miedo que provoca, pero sí con el respeto que impone. Sé que está, que no desaparece, que puede caer en cualquier momento, cualquier día, sin más. Lo sé desde hace mucho. Ha habido momentos que me lo han recordado con mayor brutalidad. No se me olvida, por eso hoy, que me he sentado aquí a escribir no sé bien qué, no puedo sino expresar una emoción muy honda, de magnitud inmensa, y multidimensional, que va desde la alegría que me da ver que los chinos están saliendo, a la tristeza que me produce la despreocupación por aquí de unos cuantos, que causará la propagación de la enfermedad en unos muchos; del alivio que da ver que se puede, a la intranquilidad por lo que todavía nos queda; de la rabia por que todo quede en lo político, a la gratitud por la labor del personal sanitario y por las primeras muestras masivas de solidaridad que empiezan a verse; de la agonía por quienes tienen a sus familiares aislados, a la necesaria desconexión mental que da el sentido del humor. Es una emoción profunda y enorme, que no podría definir, creo yo, sino como amor a la vida, a la propia y a la ajena, a aquello que, en mi escrito anterior me preguntaba qué es, y que hace que estemos todos aquí y ahora. Juntos.

No hagáis como si no estuviera. Está ahí. Siempre está, la espada de Damocles.

© Vicente Ruiz, 2020

Qué es

Entras en una heladería y algo te empuja a un sabor concreto, el de menta con pepitas de chocolate, por ejemplo. No te apetece quedarte en casa, sales y tus manos al volante, o tus pasos, te encaminan hacia un lugar exacto, un lugar que visualizas instantáneamente en cuanto pisas la calle. Vas a comprarte una camiseta, una chaqueta, unas zapatillas, y sabes cuáles serán desde el momento en que le echas un vistazo a la tienda y las ves. Alguien aparece, de la manera más sorprendente, en el momento más inesperado, y algo en tu fuero interno te dice que quieres a esa persona en tu mundo.

Piensas en darle un giro a tu vida, y entonces recibes una llamada que echa al traste todos tus planes porque lo que te ofrecen es mejor. Alguien te pide dinero para ayudarle a pagar su billete de autobús y en un descuido te birla la cartera donde llevabas la única foto suya que conservabas. Una crisis en la otra punta del planeta te deja sin trabajo, porque la globalización tiene su lado bueno y su lado malo. Sabes de vez en cuando de personas que no quieren saber de ti, y te alegras de que les vaya bien, pero te duele no poder decírselo.

Alguien a quien no ves desde hace un año te pide quedar a comer, y cuando os volvéis a encontrar, es como si os hubieseis visto la tarde anterior. El sol cae al suelo dejando tras de sí un abanico de colores mágicos y luminosos que te hace agradecer poder verlos. Te despiertan los mirlos, a los que se une el canario del vecino. Tu madre bromea contigo, tu padre sonríe al verte, tu hermana está sana (y loca) y parece feliz. La nieta de tu vecina te abraza con fuerza cada vez que coincidís en el rellano.

Hay centímetros que asemejan distancias de años luz, insalvables, imposibles de recorrer, de aquí allí, de allí aquí, duelen, agotan y, a fuerza de no acortarlos, han crecido hacia arriba, como un muro infinito, una cadena montañosa en cuya cumbre mueren congelados todos los buenos propósitos. Y hay corazones a cientos, miles de kilómetros, que laten dentro del tuyo, con el calor de los leños crepitantes en el hogar, una manta sobre las piernas y dos tazas de chocolate humeantes. Hay ojos que no puedes mirar, pero puedes ver, y risas que no puedes oír, pero puedes sentir.

Mientras escribo esto, hay gente cenando en sus casas o fuera, con los colegas; hay trabajadores cerrando sus negocios, conductores echando gasolina al coche y camioneros atravesando la nada en una autovía solitaria; gente muriendo, gente naciendo, médicos y pacientes en hospitales viviendo la vida desde sus engranajes, y familiares recorriendo pasillos o calentando los asientos en las salas de espera; hay niños durmiendo, porque mañana hay colegio, hay padres preocupados por sus cuentas y abuelos preocupados por sus hijos; profesores preparando clases, candidatos preparando entrevistas; gente viendo Telecinco y gente leyendo a Horacio, gente escuchando a Daddy Yankee y gente escuchando a Monteverdi.

A algunos les cambiará la vida mañana. Para otros, los cambios serán imperceptibles. Porque cambiar, como cantaba Mercedes Sosa, todo cambia. Pero qué es eso que hace que cambie. Qué hace que a ella le roben, que él pierda el trabajo, que ellos sufran por su enfermo, que vosotros celebréis seguir juntos, que tú me leas ahora, que yo te quiera.

Un misterio. Un milagro. El destino. Qué es.

© Vicente Ruiz, 2020