Recálculo de ruta

Dormitorio. Me despierta la luz que se cuela por debajo y entre cada uno de los agujeritos que hay entre los listones de la persiana. Otra mañana más, doy gracias por despertar. Miro el móvil, que lleva cuatro días silenciado. Wasaps en el grupo familiar. Alguna notificación de Twitter. Más notificaciones en Instagram. Dejo el móvil en la mesita de nuevo y me giro, quedando en medio de la cama, brazos y piernas en cruz. Entras en mi cabeza por la puerta grande, pero te empujo hacia la salida por la puerta de atrás. Basta.

Baño. A quién quiero engañar. Planto las manos sobre las baldosas, como si me fuesen a cachear, y dejo la caer la cabeza bajo el chorro de agua de la ducha. Se mezclan las lágrimas con el agua caliente que resbala desde el pelo aplastado contra mi frente hasta la barbilla. No, ahora sí que basta ya. El camino está delante, no atrás.

Cocina. Me gusta recoger con la cuchara la capa de espuma del café. Siempre hago lo mismo, me tomo a cucharadas esa cremita densa que corona la taza y luego bebo el resto a sorbos. Hacía lo mismo con los grumitos del colacao. Hago lo mismo con la nata que ponen encima de algunos combinados de café o de helado. Tengo esas rarezas. Saco la tabla. Pico tres zanahorias. Una cebolla. Pongo la olla en el fuego. Mientras hago todas estas cosas, no pienso en ti. Me salen buenas las lentejas. Es lo que estoy preparando. Me asalta un recuerdo muy lejano. Una vía en una vena de mi mano. Una mano mucho más pequeña que las de ahora. Mi hermano dice que tengo las manos grandes porque son como las suyas y él mide 12 cm más que yo. Yo le digo que es él quien las tiene pequeñas. Un palmo mío mide 23 cm. No sé, son mis manos, no tengo otras. En cualquier caso, mi mano del recuerdo es mucho más pequeña y está envuelta sobre una placa de metal que está fría. Todo está frío en el hospital. Las placas de los rayos X también. Como el jamón en un sándwich, me ponen allí en medio. Me echo a llorar porque tengo frío y miedo. El pitorro de la olla exprés me retorna al presente.

Salón. Mi madre solía hablar con una chica que había en la zona de juegos de pediatría. Me acuerdo de la alfombra. Tenía dibujos. Allí se estaba calentito y podía ir en pijama. En mi sofá, ahora, con la manta, me siento bien. Abro el libro. Cuando leo tampoco pienso en ti. Nico Rost me lee con mi voz su diario de cuando fue prisionero del campo de Dachau. Me asalta otro recuerdo, bastante más reciente, de cuando estuve en Auschwitz, hace más de cinco años. Pienso en lo que significa perder la libertad. Está casi todo el mundo subiéndose por las paredes porque no puede salir de su casa. La mayoría de ese “casi todo el mundo” tiene cerveza en la nevera y pizza en el congelador. Puede que, hasta un tarro de crema de chocolate untable en la despensa, junto a las magdalenas, el pan de molde y las cajas de galletas. No sabemos lo que tenemos, aun cuando en las peores circunstancias que hemos vivido somos privilegiados.

Estudio. Me siento en mi escritorio porque tengo ganas de escribir. Llevo desde el jueves 12 por la tarde sin salir, sólo para hacer compra o bajar la basura. No recuerdo ni cuándo ni a quién di mi último abrazo. No veo una cara desde hace justo una semana. Empiezo a comprender al personaje de Matt Damon en “El marciano”. Mientras arranca el portátil miro por la ventana. El sol parece estar confinado también. No asoma ni por arte de magia, sólo se ven nubarrones de todas las tonalidades posibles de gris.

Cocina. Me hago pasta carbonara para cenar, porque mira, no se debe cenar pasta, pero me la sopla, llevo dos semanas comiendo y cenando ensaladas, hervidos y menestras con pechuguitas de pollo o de pavo. Para celebrar, no sé el qué, que ha pasado otro día, supongo, me pongo una copa de vino. Cuatro copas de vino después, recojo la cocina y vuelvo al salón. Ya ni me acuerdo de tu cara. Mentira, pero bueno.

Salón. Pongo la tele. Selecciono la guía. Empiezo a barrer, flechita abajo mediante, toda la programación de los 156 canales que mi operador me ofrece, altruistamente, por estas circunstancias especiales de quedarnos en casa todo el santo día. Lo que no he visto ya, no me apetece verlo. Selecciono una película cualquiera, le quito la voz y me pongo a leer. Los vecinos comentan lo que sea que hagan en Telecinco. Otra vez.

Dormitorio. Todas las noches pienso en qué haré cuando acabe esta pesadilla. Irme andando hasta casa de mi madre. Dar abrazos. Celebrarlo. Bañarme en el mar. Sacar en cuanto pueda tres billetes de tren. Celebrarlo otras tres veces. Tomarme, a mi vuelta, una cervecita y unos tramusos en mi bar de toda la vida. ¿Estarán bien Daniel y Fina? ¿Don Miguel? ¿El señor de los crucigramas? Pienso mucho en ellos, son mayores, espero que estén bien. El matrimonio de yayos, que suelen comer en el bar, ¿tendrán quien les haga la comida ahora? ¿Estarán bien? Por favor, que estén bien. Pensando en todos ellos, he dejado de pensar en ti. Hasta ahora. Me meto en la cama. Con todo esto, veo lo necesario que es ir recalculando la ruta de vez en cuando. Es importante saber cuál es nuestro lugar. Ahora ya me ha quedado claro cuál es el mío. Doy gracias por otro día más. Apago la luz. Clic.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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