Estar

Una página de libreta de gusanillo, pautada, pegada con celo en la pared de un ascensor, reza en rotulador negro: “Soy la vecina de la puerta 7, si alguien necesita que le haga la compra, que me lo haga saber”. En bolígrafo azul, otra persona ha añadido: “La de la 23 también se ofrece”. Abajo, con lápiz y en mayúsculas, se lee “GRACIAS BONICAS”.

En la puerta del supermercado, una señorita con guantes y mascarilla ofrece a los clientes gel para lavarse las manos, indica dónde tienen que ponerse para guardar la distancia de seguridad y repite a cada grupo de cuatro las normas de seguridad que han de cumplirse en el interior del centro.

De un camión pequeño de suministros aparcado en un vado, un mozo, protegido por una braga deportiva, descarga su contenido en una tienda de alimentación.

Mucho antes de que todo esto pase, en el obrador de un horno de pueblo, un panadero da forma a las masas ya fermentadas que pondrá a cocer en cuestión de minutos. Casi al mismo tiempo, agricultores y pescadores ponen a la venta su género en un macrocentro comercial.

Hasta llegar ahí, un camionero ha cruzado la meseta durante media noche, lleno de luces rojas y blancas, para ser visto en medio de la oscuridad, mientras escuchaba la radio, parando a descansar en cualquier área de servicio, un café y un cruasán, y hala, a seguir.

Un conductor de autobús cruza la ciudad prácticamente solo. El maquinista del metro se limpia las manos en gel, se las enfunda y sigue adelante con su deber.

Las videollamadas son protagonizadas por profesores y alumnos; por jefes de personal y candidatos; por amigos; por primos y sobrinos; por padres e hijos; por personas que están en diferentes países; por personas que están en diferentes continentes; por personas separadas por un océano; por personas. Y punto.

Médicos, enfermeros, celadores, todas y cada una de las piezas que logran que el engranaje de nuestro sistema de salud continúe funcionando en plena crisis sanitaria, todos se dejan la piel entre las cuatro paredes de cada hospital, lleno hasta arriba de enfermos. Familiares, pocos. Están todos confinados. O debieran.

Resulta increíble la cantidad de gente que ha descubierto ahora, ahora que estamos en una desgracia, lo importantes que son TODOS LOS DEMÁS. Todo los que nos cuidan. ¿En serio nos damos cuenta ahora de lo bueno y bonito de nuestra vida libre y en bienestar? No puedo creer que seamos tan cretinos. Tan necios. Tan ignorantes. Tan burros.

Suena un teléfono. Llega un email. Se abre un wasap. “¿Cómo estás?”. Los cómo estás son los nuevos te quiero. Eso leí en alguna parte.

Cómo estás.

Te quiero.

Como le dijo Baymax a Hiro: “Yo siempre estaré contigo”.

Pues eso.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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