La espada de Damocles

No la vemos. Está forjada con mucha finura, es larga y relumbra. Pero no la vemos hasta que la vida se nos tambalea. Y ahora, que alzamos todos la vista, y vemos su punta afilada rozándonos la frente, es quizás el momento de parar a reflexionar.

Que todos somos importantes. Tengamos la edad que tengamos, hablemos el idioma que hablemos, pensemos lo que pensemos, sintamos como sintamos.

Que todo empieza por uno mismo. El cuidado, el amor, la solidaridad, la empatía, la familia, la amistad, la vecindad, la responsabilidad.

Que fuera de uno mismo, habrá quien esté mejor, pero también habrá quien esté peor. Comprensión.

Que la vida es hermosa. Cuando la vemos terrible, injusta, dura, como ahora, es porque no la podemos disfrutar. Pero es hermoso ver salir el sol de verano en la playa; despertar con el calor de la persona amada; el sabor de las fresas con nata, del vino con queso, del café, de una onza de chocolate derritiéndose en el paladar; la risa de las personas que queremos, la risa descontrolada, las lágrimas de la risa; los senderos de los bosques, el canto de los pájaros, la llamada del agua del río, los rayos entre las hojas de los árboles; los pies rechonchos de los bebés; la manos arrugaditas de los abuelos; un buen disco, un buen libro, una buena película, un buen sofá y una buena manta; bañarse en el mar; dormir con la lluvia de fondo; conversar hasta el amanecer. La vida es hermosa.

La espada de Damocles. No queremos verla, pero está ahí. Yo no la miro cada día, pero la siento siempre. No vivo con el miedo que provoca, pero sí con el respeto que impone. Sé que está, que no desaparece, que puede caer en cualquier momento, cualquier día, sin más. Lo sé desde hace mucho. Ha habido momentos que me lo han recordado con mayor brutalidad. No se me olvida, por eso hoy, que me he sentado aquí a escribir no sé bien qué, no puedo sino expresar una emoción muy honda, de magnitud inmensa, y multidimensional, que va desde la alegría que me da ver que los chinos están saliendo, a la tristeza que me produce la despreocupación por aquí de unos cuantos, que causará la propagación de la enfermedad en unos muchos; del alivio que da ver que se puede, a la intranquilidad por lo que todavía nos queda; de la rabia por que todo quede en lo político, a la gratitud por la labor del personal sanitario y por las primeras muestras masivas de solidaridad que empiezan a verse; de la agonía por quienes tienen a sus familiares aislados, a la necesaria desconexión mental que da el sentido del humor. Es una emoción profunda y enorme, que no podría definir, creo yo, sino como amor a la vida, a la propia y a la ajena, a aquello que, en mi escrito anterior me preguntaba qué es, y que hace que estemos todos aquí y ahora. Juntos.

No hagáis como si no estuviera. Está ahí. Siempre está, la espada de Damocles.

 

© Vicente Ruiz, 2020

2 comentarios sobre “La espada de Damocles

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