Qué es

Entras en una heladería y algo te empuja a un sabor concreto, el de menta con pepitas de chocolate, por ejemplo. No te apetece quedarte en casa, sales y tus manos al volante, tus pasos te encaminan hacia un lugar exacto, un lugar que visualizas instantáneamente en cuanto pisas la calle. Vas a comprarte una camiseta, una chaqueta, unas zapatillas, y sabes cuáles serán desde el momento en que le echas un vistazo a la tienda y las ves. Alguien aparece, de la manera más sorprendente, en el momento más inesperado, y algo en tu fuero interno te dice que quieres a esa persona en tu mundo.

Piensas en darle un giro a tu vida, y entonces recibes una llamada que echa al traste todos tus planes porque lo que te ofrecen es mejor. Alguien te pide dinero para ayudarle a pagar su billete de autobús y en un descuido te birla la cartera donde llevabas la única foto suya que conservabas. Una crisis en la otra punta del planeta te deja sin trabajo, porque la globalización tiene su lado bueno y su lado malo. Sabes de vez en cuando de personas que no quieren saber de ti, y te alegras de que les vaya bien, pero te duele no poder decírselo.

Alguien a quien no ves desde hace un año te pide quedar a comer, y cuando os volvéis a encontrar, es como si os hubieseis visto la tarde anterior. El sol cae al suelo dejando tras de sí un abanico de colores mágicos y luminosos que te hace agradecer poder verlos. Te despiertan los mirlos, a los que se une el canario del vecino. Tu madre bromea contigo, tu padre sonríe al verte, tu hermana está sana (y loca) y parece feliz. La nieta de tu vecina te abraza con fuerza cada vez que coincidís en el rellano.

Hay centímetros que asemejan distancias de años luz, insalvables, imposibles de recorrer, de aquí allí, de allí aquí, duelen, agotan y, a fuerza de no acortarlos, han crecido hacia arriba, como un muro infinito, una cadena montañosa en cuya cumbre mueren congelados todos los buenos propósitos. Y hay corazones a cientos, miles de kilómetros, que laten dentro del tuyo, con el calor de los leños crepitantes en el hogar, una manta sobre las piernas y dos tazas de chocolate humeantes. Hay ojos que no puedes mirar, pero puedes ver, y risas que no puedes oír, pero puedes sentir.

Mientras escribo esto, hay gente cenando en sus casas o fuera, con los colegas; hay trabajadores cerrando sus negocios, conductores echando gasolina al coche y camioneros atravesando la nada en una autovía solitaria; gente muriendo, gente naciendo, médicos y pacientes en hospitales viviendo la vida desde sus engranajes, y familiares recorriendo pasillos o calentando los asientos en las salas de espera; hay niños durmiendo, porque mañana hay colegio, hay padres preocupados por sus cuentas y abuelos preocupados por sus hijos; profesores preparando clases, candidatos preparando entrevistas; gente viendo Telecinco y gente leyendo a Horacio, gente escuchando a Daddy Yankee y gente escuchando a Monteverdi.

A algunos les cambiará la vida mañana. Para otros, los cambios serán imperceptibles. Porque cambiar, como cantaba Mercedes Sosa, todo cambia. Pero qué es eso que hace que cambie. Qué hace que a ella le roben, que él pierda el trabajo, que ellos sufran por su enfermo, que vosotros celebréis seguir juntos, que tú me leas ahora, que yo te quiera.

Un misterio. Un milagro. El destino. Qué es.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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