Ternura

Llevo varios días leyendo y escuchando por ahí que la ternura está de moda. Pasa lo mismo con la alta sensibilidad, o con otros rasgos de la personalidad, que suelen identificarse popularmente con una manera de ser blandengue, empalagosa o sentimentaloide. Y entiendo esta asociación, especialmente cuando la defienden los que van de duros y canallas. Los que van de. Que no los que son. Debe de ser por si les pillan.

La realidad es que nadie está preparado para la ternura. Nos educan en la fortaleza, porque el mundo es cruel y la vida es dura. Quienes crecimos con personas ariscas, que nunca expresan de viva voz lo que sienten, lo sabemos bien y heredamos esa misma pose. Pero es algo general: nos parapetamos detrás de armaduras espinosas, como las rosas, como los erizos, y no nos fiamos de quien viene a cuerpo descubierto, con la bondad como bandera y el cariño como modo de expresión. Ni siquiera alguien como yo confiaría; para mí, que la ternura es como el agua a dos metros del mar, que a poco que rasques en la arena, brota, es un lenguaje con el que resulte cómodo comunicarme. Todo lo contrario, porque la respuesta pocas veces viene en el mismo código. Escondemos nuestra ternura y nos asustamos ante la ternura de los demás.

Así que no es verdad, no está de moda. Lo afirmo rotundamente porque conozco a más de una tierna que va de bruja, a más de un tierno que va de fiero; gente que, cuando se da cuenta de que ha dejado caer un poquito la muralla que le protege, se asusta y se vuelve a enfundar en ese disfraz impermeable que no permite empaparse de dulzuras ajenas, no sea que le dejen al descubierto. Por otro lado, puede que se diga con tanta trivialidad “te quiero”, que parece haber perdido su color original. Y lo comprendo, que detrás de los significantes hay significados que hay que preservar, porque son sagrados, y al desgastarse con el uso manido, sobeteado, ya no tienen razón de ser.

Por eso mismo, cómo va a estar de moda la ternura si nos afanamos en disimular, cuando ya no ha lugar, cuando ya nos estamos quitando la careta, que en realidad no somos así, por si nos hacemos daño. Que nadie sepa lo que nunca debe saber: que somos vulnerables, blanditos, que nos derretimos si nos quieren, que hay algo en nuestro interior que nos empuja a desnudarnos contra nuestra voluntad. Si desconfiamos, ¿por qué ese impulso? Y si confiamos, ¿por qué nos ocultamos? ¿De qué tenemos miedo? ¿De sentir?

Tal vez en estos tiempos de sarcasmos, de mala leche, de no pedir perdón ni de perdonar, de no conceder oportunidades, de encontrar la paja en ojo ajeno y no ver la viga en el propio, de defender que quien no espabila no merece, y creerse nacido enseñado; en estos tiempos de trazar líneas divisorias, de blanco y negro, de superficialidad, de celeridad y de alarmismos; puede que en estos tiempos de demostrar que no hemos aprendido nada, unirnos en la ternura sea un acto de rebeldía. Revelarse como tiernos para rebelarse. Y salvarse.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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