En tu balcón y en el mío

Era un desecho humano. Y un deshecho también, porque todo lo que había conseguido, se me había ido desvaneciendo entre los dedos de las manos como los restos carbonizados de algo que quieres guardar intacto. Eso es, restos carbonizados, lo que me había quedado. De mi matrimonio, mi trabajo, mi pandilla de amigos, todo. Ni siquiera mi hija me miraba ya a la cara con respeto. Era el típico hombre de las películas, el depresivo que se autocompadecía porque la vida le había dado la espalda; el que se levantaba a mediodía, y bajaba al paki de la esquina a comprar cerveza y comida de microondas, vestido con los pantalones a cuadros del pijama y una sudadera con la capucha puesta. Pero no para que no me reconociera nadie, sino para no verme en los cristales de los escaparates. Era ese tipo que le insultaba a la tele, se arrastraba del sofá a la cama envuelto en el edredón y tenía la casa hecha una porquería. Para no desentonar. Llevaba así un mes cuando empezó la crisis por el coronavirus.

La primera noche de este confinamiento en que ya se halla inmersa toda la humanidad, me despertaron unos gritos. Todo estaba oscuro y apagado, sólo veía las luces de los pilotitos de los aparatos electrónicos de la casa. A los gritos acompañaban aplausos. Me pareció oír silbidos. Seguí el rastro sonoro y salí al balcón. Había gente en otros balcones y en las ventanas aplaudiendo. No podía ver sus caras, pero sus manos quedaban expuestas a la luz de las farolas, y aplaudían. Alguien había rotulado en una sábana «GRACIAS SANITARIOS». Me acordé de mi exmujer, que es pediatra en un hospital, y todavía sentí más repugnancia y vergüenza por mí mismo: no había tenido la decencia de preguntarle cómo estaba. No habíamos terminado bien, pero caray. Toda esa gente que vivía tan cerca de mí estaba ahí. Gritaban «¡Vamos!». Otros decían «¡Bravo!». Otros «¡Gracias!». Y mis manos continuaban en los bolsillos de la sudadera.

Unos aplausos repentinos más cercanos me llamaron la atención. Me asomé disimuladamente y en el balcón de mi derecha vi a una mujer con el abrigo puesto. A sus pies había una bolsa de supermercado con varios productos dentro. Ni siquiera se había detenido a dejar la bolsa en su cocina y quitarse el abrigo; llegó de la compra y salió directa a aplaudir. Por las luces de su salón pude ver que tenía el cabello dorado. Debió sentirse observada porque, de repente, se giró hacia mí, pero me oculté rápidamente entre las sombras de mi balcón y volví al interior de mi casa, dejando a mis espaldas los vítores de mis vecinos. Fui a la nevera, cogí una cerveza y una bolsa de papas, y luego saqué media barra de pan del congelador.

Una hora, tres cervezas, una bolsa de papas y un bocadillo semicongelado de chorizo con queso después, salí al balcón de nuevo. Saqué medio cuerpo para ver si lograba vislumbrar algo del interior de la casa de aquella vecina desconocida que ignoraba que tuviese. Sus plantas de interior me impidieron tener una visión completa, pero pude ver que ponía la mesa con un cubierto. Por un segundo me vi a mí mismo desde fuera, espiando a aquella mujer, seguramente mucho más cuerda y equilibrada que yo, y me sentí ridículo y asqueroso. Me quedé en mi atalaya, mirando al mundo, mirando al cielo, mirándome a mí mismo. Y decidí acabar con ese virus propio que se había apoderado de mi mente convirtiéndome en un victimista lamentable, en un pordiosero emocional, en mi peor enemigo.

A la mañana siguiente, tras levantarme temprano, redescubrí ese objeto cuadrangular y, en ocasiones, antipático por la imagen que nos da, llamado espejo. Y también descubrí que ya tenía edad suficiente para lucir canas en la barba. Parecía un mendigo. Me apliqué una dosis de maquinilla, ducha, crema hidratante, desodorante, colonia y ropa limpia. Abrí las ventanas y el balcón, y subí las persianas. Llovía, pero no importaba, porque de pronto sentí que la casa volvía a respirar. Recogí toda la ropa sucia y la clasifiqué para poner un par de lavadoras. Metí toda la basura que había visto por el piso en diferentes bolsas para reciclar (no quise contar los botellines de cerveza); puse música, agarré la aspiradora y empecé a limpiar. Paré a mediodía, comí, y continué limpiando. A media tarde, mi casa parecía otra. Y yo también. Cuando bajé las bolsas de basura al contenedor, me quedé unos segundos parado en mitad de la acera. Miré a ambos lados. No había nadie. No había más coches que los solitarios que aguardaban, uno tras otro, aparcados junto a las aceras, a que sus dueños los llevasen a algún sitio.

Salí a aplaudir a las ocho. Al día siguiente, también. Y al siguiente. Y al otro. Todos los días me levantaba temprano, me duchaba, preparaba un café con tostadas, caminaba por la casa, ponía la lavadora, o limpiaba, o salía a comprar, comía, recogía la cocina, me sentaba a leer, a escuchar música, a buscar alguna película que ver… Y a las ocho salía a aplaudir al balcón. No me asomaba. No buscaba caras. Sólo me detenía en aquellas manos hipnóticas, iluminadas por la luz urbana, que aplaudían en la oscuridad de la noche.

Hasta que llegó el día en que el cambio al horario de verano modificó ese pequeño detalle. Y en mitad del aplauso me emocioné. A plena luz del día, frente a mí, unos abuelitos abrían y cerraban sus brazos; una mamá joven le decía a su hijo, agarrado a ella como un monito, que saludase así, como hacía ella; una familia de cuatro miembros agitaba sus manos; un chaval aplaudía entre risas al ver a su perro ladrar junto a él; tres chicas lanzaban besos entre aplauso y aplauso. Aquellas manos sin rostro pasaron a ser sonrisas con manos; ojos brillantes con manos felices, abiertas y cariñosas. Me eché a llorar como un crío perdido en un centro comercial que, de pronto, encuentra a su madre.

—¡Hola! ¿Estás bien?

La vecina desconocida que ignoraba que tuviese me miraba interrogante. Tenía un aplauso interrumpido entre las manos, las cejas levantadas y un gesto de preocupación.

—Sí, sí —dije con sinceridad, sorprendiéndome a mí mismo. —La verdad es que estoy muy bien. Es que es muy emocionante todo esto. Vivo solo, pero…

—Pero has dejado de sentirte solo.

La miré a los ojos. Los tenía oscurísimos y penetrantes. Había posado sus manos en la barandilla, pero ya no parecía preocupada. Sonreía abiertamente.

—Sí… Algo así. Aunque últimamente me siento menos solo que de costumbre —respondí dubitativo porque esto también me asombraba. —Pero en estas circunstancias todo es más complicado, ¿verdad?

—Sí, un poco más —contestó sonriendo.

—Me llamo Carlos, por cierto —dije tendiéndole la mano.

—Yo soy Esperanza.

—Vaya, bonito nombre. Y muy oportuno ahora mismo.

Se echó a reír. Me pareció tan encantadora que bromeé diciéndole que podríamos volver a vernos al día siguiente a las ocho. Volvió a reírse y dijo que le parecía bien.

Pasada una semana, el ratito de pequeñas charlas de balcón a balcón se fueron convirtiendo en una hora de confidencias, antes de despedirnos y volver a nuestras casas a prepararnos la cena. Así que una tarde salí a las ocho con una copa y una botella de vino blanco. Tras los aplausos, le pedí que sacase una copa suya; sorprendida, pero risueña, fue a por el encargo, y a su regreso, le serví vino y brindamos a distancia. Una tarde me dijo que al próximo aplauso sería ella quien sacara el refrigerio. Unas veces era yo, con el vino blanco; otras veces era ella, con el tinto; yo con mis papas y ella con sus olivas, cada uno en su balcón, con su copa, pero bebiendo de la misma botella. Hasta que un día le dije:

—Deberíamos cenar juntos.

Se le escapó una carcajada, claro. Y la verdad es que me gustaba hacerle reír, aunque había dicho lo de la cena completamente en serio.

—Tú cenas en tu balcón y yo en el mío y hablamos mientras cenamos. ¿Por qué no? Ya hace una temperatura agradable para cenar fuera.

Me miró pensativa sin dejar de sonreír. Por primera vez desde que nos presentamos, fui incapaz de sostenerle la mirada. Y entonces dijo algo que no me esperaba en absoluto:

—Tienes mucho mejor aspecto ahora que antes. Se nota que ya vas estando bien.

Me quedé perplejo. Y como vio que no entendía nada, continuó:

—Nos hemos cruzado por la calle alguna vez. Antes de la crisis. Ibas desaliñado. Parecías estar pasándolo mal.

Seguí en silencio. No me sentía molesto, pero sí desnudo, y no sabía cómo reaccionar. Añadió:

—Me gustas. Y me gusta esto que pasa aquí. Pero no quiero volver a ser la niñera de nadie. Así que, si tienes algo pendiente que hacer para terminar de estar en paz contigo mismo, hazlo.

Sabía por qué lo decía. Y encajé el golpe con madurez, porque tenía toda la razón del mundo. Le había hablado de algunas cosas relacionadas con mi presente, aunque sin entrar en detalles. Pero ella me veía. No era necesario entrar en detalles con ella. Y tampoco me juzgaba. Y eso me aliviaba. Me daba confianza. Y quise corresponderla.

—Lo haré —afirmé con seguridad.

Continuaron pasando los días. Seguíamos saliendo a aplaudir y a conversar mientras nos tomábamos el aperitivo. El resto del día lo ocupaba como siempre. Cumplía con mis rutinas, leía cada vez más, hacía mis ejercicios, me lanzaba a cocinar platos nuevos… Y una tarde, después de comer, cogí el móvil y llamé a mi exmujer.

—Dime, Carlos.

—¿Molesto? ¿Estás trabajando?

—No, no, estoy recogiendo ropa. Dime.

—Quería pedirte perdón, Sara. —Silencio—. No he estado a la altura. Ni siquiera estos días de cuarentena he sido capaz de llamarte. He salido al balcón a aplaudirte, pero no he tenido valor de decirte que siento no haber sabido…

—Déjalo, Carlos. Ya está.

—Pero…

—Ya está. —Suspiro—. He visto demasiadas cosas en el hospital como para tener fuerzas de guardarte rencor. Ya está.

—¿Estás bien?

—Sí, pero estoy preocupada, deberías venir a por Claudia, por si me infecto. La dejo en casa de mi hermana cuando voy a trabajar. Está bien, pero creo que debe estar con su padre.

—Claro, claro… Voy a recogerla ya mismo.

—Bien. ¿Cómo estás tú?

—Ahora mucho mejor.

—Yo también.

No nos veíamos, pero sabíamos que nos estábamos sonriendo. Y por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a la felicidad. Dos horas después, nuestra hija se instalaba en mi piso, al principio con algo de recelo, pero después, confiada y tierna. Era una niña maravillosa. Le hablé de Esperanza y le pregunté si quería que se la presentara. Me respondió que claro que quería. Y a las ocho salimos a aplaudir. La vecina que ignoraba que tuviese la saludó cariñosa y luego me sonrió. Claudia acaparó la conversación posterior, pero yo estaba encantado escuchando a aquella criatura que me parecía demasiado buena para que yo hubiese contribuido en su existencia.

Entonces, cuando íbamos a despedirnos, Esperanza volvió a sorprenderme:

—¿Os apetece que cenemos juntos?

—¡Ay sí! ¡Aquí en el balcón! ¡Sí, papá! —gritaba entusiasmada Claudia.

—Claro, será un placer —respondí.

—Pues nos vemos aquí en una hora —dijo sonriéndonos mientras entraba en su piso.

Llevamos dos semanas cenando juntos, los tres. Ella en su balcón, nosotros en el mío. Claudia y ella han conectado fantásticamente. Me gusta verlas conversar la una con la otra. Después de la sobremesa nos retiramos, ella a su casa y nosotros a la mía. Algunas noches, cuando mi hija ya está dormida, salgo al balcón de nuevo y espero un rato. Algunas veces, no sale. Otras, aparece y podemos hablar a solas. No es que, en el silencio de la noche, de un balcón a otro, haya mucha intimidad para decirse según qué cosas. Pero también es cierto que llega un momento en que con la mirada es suficiente. Y entonces lo sabes. Sabes aquello que siempre se ha dicho: que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana.

O un balcón.

© Vicente Ruiz, 2020

Recálculo de ruta

Dormitorio. Me despierta la luz que se cuela por debajo y por cada uno de los agujeritos que hay entre los listones de la persiana. Otra mañana más, doy gracias por despertar. Miro el móvil, que lleva cuatro días silenciado. Wasaps en el grupo familiar. Alguna notificación de Twitter. Más notificaciones en Instagram. Dejo el móvil en la mesita de nuevo y me giro, quedando en medio de la cama, brazos y piernas en cruz. Entras en mi cabeza por la puerta grande, pero te empujo hacia la salida por la puerta de atrás. Basta.

Baño. A quién quiero engañar. Planto las manos sobre las baldosas, como si me fuesen a cachear, y dejo la caer la cabeza bajo el chorro de agua de la ducha. Se mezclan las lágrimas con el agua caliente que resbala desde el pelo aplastado contra mi frente hasta la barbilla. No, ahora sí que basta ya. El camino está delante, no atrás.

Cocina. Me gusta recoger con la cuchara la capa de espuma del café. Siempre hago lo mismo, me tomo a cucharadas esa cremita densa que corona la taza y luego bebo el resto a sorbos. Hacía lo mismo con los grumitos del colacao. Hago lo mismo con la nata que ponen encima de algunos combinados de café o de helado. Tengo esas rarezas. Saco la tabla. Pico tres zanahorias. Una cebolla. Pongo la olla en el fuego. Mientras hago todas estas cosas, no pienso en ti. Me salen buenas las lentejas. Es lo que estoy preparando. Me asalta un recuerdo muy lejano. Una vía en una vena de mi mano. Una mano mucho más pequeña que las de ahora. Mi hermano dice que tengo las manos grandes porque son como las suyas y él mide 12 cm más que yo. Yo le digo que es él quien las tiene pequeñas. Un palmo mío mide 23 cm. No sé, son mis manos, no tengo otras. En cualquier caso, mi mano del recuerdo es mucho más pequeña y está envuelta sobre una placa de metal que está fría. Todo está frío en el hospital. Las placas de los rayos X también. Como el jamón en un sándwich, me ponen allí en medio. Me echo a llorar porque tengo frío y miedo. El pitorro de la olla exprés me retorna al presente.

Salón. Mi madre solía hablar con una chica que había en la zona de juegos de pediatría. Me acuerdo de la alfombra. Tenía dibujos. Allí se estaba calentito y podía ir en pijama. En mi sofá, ahora, con la manta, me siento bien. Abro el libro. Cuando leo tampoco pienso en ti. Nico Rost me lee con mi voz su diario de cuando fue prisionero del campo de Dachau. Me asalta otro recuerdo, bastante más reciente, de cuando estuve en Auschwitz, hace más de cinco años. Pienso en lo que significa perder la libertad. Está casi todo el mundo subiéndose por las paredes porque no puede salir de su casa. La mayoría de ese «casi todo el mundo» tiene cerveza en la nevera y pizza en el congelador. Puede que, hasta un tarro de crema de chocolate untable en la despensa, junto a las magdalenas, el pan de molde y las cajas de galletas. No sabemos lo que tenemos, aun cuando en las peores circunstancias que hemos vivido somos privilegiados.

Estudio. Me siento en mi escritorio porque tengo ganas de escribir. Llevo desde el jueves 12 por la tarde sin salir, sólo para hacer compra o bajar la basura. No recuerdo ni cuándo ni a quién di mi último abrazo. No veo una cara desde hace justo una semana. Empiezo a comprender al personaje de Matt Damon en «El marciano». Mientras arranca el portátil miro por la ventana. El sol parece estar confinado también. No asoma ni por arte de magia, sólo se ven nubarrones de todas las tonalidades posibles de gris.

Cocina. Me hago pasta carbonara para cenar, porque mira, no se debe cenar pasta, pero me la sopla, llevo dos semanas comiendo y cenando ensaladas, hervidos y menestras con pechuguitas de pollo o de pavo. Para celebrar, no sé el qué, que ha pasado otro día, supongo, me pongo una copa de vino. Cuatro copas de vino después, recojo la cocina y vuelvo al salón. Ya ni me acuerdo de tu cara. Mentira, pero bueno.

Salón. Pongo la tele. Selecciono la guía. Empiezo a barrer, flechita abajo mediante, toda la programación de los 156 canales que mi operador me ofrece, altruistamente, por estas circunstancias especiales de quedarnos en casa todo el santo día. Lo que no he visto ya, no me apetece verlo. Selecciono una película cualquiera, le quito la voz y me pongo a leer. Los vecinos comentan lo que sea que hagan en Telecinco. Otra vez.

Dormitorio. Todas las noches pienso en qué haré cuando acabe esta pesadilla. Irme andando hasta casa de mi madre. Dar abrazos. Celebrarlo. Bañarme en el mar. Sacar en cuanto pueda tres billetes de tren. Celebrarlo otras tres veces. Tomarme, a mi vuelta, una cervecita y unos tramusos en mi bar de toda la vida. ¿Estarán bien Daniel y Fina? ¿Don Miguel? ¿El señor de los crucigramas? Pienso mucho en ellos, son mayores, espero que estén bien. El matrimonio de yayos, que suelen comer en el bar, ¿tendrán quien les haga la comida ahora? ¿Estarán bien? Por favor, que estén bien. Pensando en todos ellos, he dejado de pensar en ti. Hasta ahora. Me meto en la cama. Con todo esto, veo lo necesario que es ir recalculando la ruta de vez en cuando. Es importante saber cuál es nuestro lugar. Ahora ya me ha quedado claro cuál es el mío. Doy gracias por otro día más. Apago la luz. Clic.

© Vicente Ruiz, 2020