Caracol

Ella no gustaba. Cuando lo decía, nadie le creía; todo el mundo pensaba que tenía un problema de autoestima o muchas ganas de llamar la atención. Pero ni lo uno, ni lo otro. Se quería lo suficiente como para no entender por qué no gustaba; y su naturaleza le hacía huir de los focos de atención (¿sería ése el problema?). Sólo describía simple y llanamente la realidad: ella no gustaba y punto.

No entraba en los cánones de mujer que suele gustar. No interesaba de ella nada que no fuese una amistad o una relación de cordialidad. Su naturaleza, además, no le llevaba a buscar, no tenía una actitud provocadora, no sabía tener picardía, no entraba en coqueteos ni en juegos de indirectas o dobles lecturas, porque esas cosas le sumaban más inseguridad a la que ya llevaba de serie.

Se había preguntado muchas veces qué había de malo en ella. No era fea. Tenía buena presencia, un físico agradable, su trato, su gesto, su modo de estar era amable y cercano, pero lo cierto era que no suscitaba interés. La amistad era lo único que le había brindado oportunidades, las veces que evolucionó a algo más. Por eso se pasó la adolescencia y la juventud preguntándose dónde estaba el fallo, cuándo le llegaría la oportunidad de verse correspondida por el simple hecho de ser quien era.

Ella no gustaba. Cuando lo decía, nadie le creía, todo el mundo pensaba que estaba bromeando o que exageraba. Por eso ya no lo decía. Llegó a la madurez encerrada en una concha enroscada a golpe de desamores: una vuelta de espiral por cada vez que se había sentido atraída por alguien que pasaba de ella; por cada vez que se había enterado de que la persona querida tenía otra historia por ahí; por cada vez que había sido invisible (a lo mejor era eso).

Y generalmente vivía bien con la concha. Se había acostumbrado a arrastrarla a todas partes. Casi siempre, como reza la canción infantil, sacaba los cuernos al sol e iba adelante por la vida, con su ritmo pausado, preocupada tan sólo en cuidar el equilibrio del funambulismo vital, que consiste en mantenerse pegada al alambre que unen los sueños con las realidades. Salvo cuando se caía. Porque a veces sucede. Y en plena caída se enroscaba dentro de la concha, a salvo del golpe.

Ella no gustaba. Pero a ella sí se gustaba. Era lo único importante, en realidad. Serse fiel, apreciarse, tenerse, cuidarse, sentirse a gusto consigo misma. Si ella no gustaba a los demás, no podía controlarlo, qué le íbamos a hacer. Pero gustarse a sí misma, eso no tiene precio, no es cosa baladí, no puedes ser indiferente a ello. Eso era lo que le hacía salir a trepar hacia el alambre de nuevo. Pase lo que pasare. Porque los caracoles siempre suben hacia el sol.

 

© Vicente Ruiz, 2020

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